Un poder sense límits.
Albert Camus escribió su drama Calígula entre 1938 y 1942 cuando la Wermacht extendía sus tentáculos por Europa. (...)
Camus no simplifica el carácter de emperador obsesionado por atrapar la luna con sus manos. Por el contrario, le presenta como un hombre de extrema cordura, que quiere demostrar el absurdo de la existencia y la precariedad de las ilusiones humanas. Más allá de su crueldad y su arbitrariedad. Calígula es un nihilista que desdeña todos los valores, coherente con su perfidia.
Cuando el poder se ejerce sin límites, desemboca en un nihilismo cuyo único sentido es la negación de todo principio o valor. El yo se coloca por encima de cualquier obstáculo o limitación. Y su gratificación exige dosis crecientes de autocracia. "¿De qué me sirve tan tremendo poder si no puedo hacer que el sol se ponga por el este o que los seres humanos no mueran!", se lamenta el emperador.
Hay líderes políticos que quieren cambiar el curso del sol sea por vanidad o por inconsciencia. Su nihilismo los lleva a despreciar el valor de la vida. Anteponen la lógica del poder a la fuerza de los principios. Y gustan de reafirmarse en la humillación para demostrar su superioridad. Lo que ignoran es el destino de un Calígula apuñalado por sus cortesanos cuando se miraba al espejo. "Todavía estoy vivo", fueron sus últimas palabras. Ya estaba muerto.
Pedro García Cuartango, Calígula, ABC 14/03/2025
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