dimarts, 10 de maig de 2016

Terrorisme i teatre.

by Raúl Arias

Como indica el significado literal de la palabra, el terrorismo es una estrategia militar que aspira a cambiar la situación política expandiendo el miedo más que causando daños materiales. Quienes adoptan esta estrategia son casi siempre grupos muy débiles, incapaces de causar muchos daños materiales a sus enemigos. Por supuesto, toda acción militar extiende el miedo. Pero en la guerra convencional el miedo es un producto añadido a las pérdidas materiales, y normalmente resulta proporcional a la fuerza que inflige las pérdidas. En el terrorismo, el miedo es el elemento esencial, y hay una asombrosa desproporción entre la fuerza real de los terroristas y el temor que logran inspirar.

No es fácil cambiar la situación política por medio de la violencia. El primer día de la batalla del Somme, el primero de julio de 1916, murieron diecinueve mil miembros del ejército británico y cuarenta mil resultaron heridos. Cuando la batalla terminó en noviembre, ambos lados habían sufrido más de un millón de bajas, entre las que se encontraban trescientos mil muertos. Pero esta carnicería inimaginable apenas cambió el equilibrio político en Europa. Fueron necesarios dos años más y millones de bajas adicionales para que algo se rompiera.

En comparación con la ofensiva del Somme, el terrorismo es poca cosa. La mayoría de los ataques terroristas matan a poca gente. En 2002, en el momento más duro de la campaña terrorista palestina contra Israel, cuando autobuses y restaurantes sufrían atentados cada pocos días, el número de víctimas mortales israelíes ascendió a 451. El mismo año, 542 israelíes murieron en accidentes de coche. Algunos atentados terroristas, como el del vuelo 103 de Pan Am en Lockerbie, matan a cientos de personas. El 11-s estableció un nuevo récord, al matar a casi tres mil personas. Pero incluso eso empequeñece ante la guerra convencional: si sumamos a toda la gente muerta y herida en Europa por ataques terroristas desde 1945 –incluyendo a las víctimas de grupos nacionalistas, religiosos, de izquierda y de derecha–, todavía son muchas menos víctimas que las que se produjeron en numerosas batallas poco conocidas de la Primera Guerra Mundial, como la tercera batalla del Aisne (250 mil bajas) o la décima batalla del Isonzo (225 mil bajas).

¿Cómo pueden aspirar a tanto los terroristas? Después de una acción terrorista, el enemigo tiene el mismo número de soldados, tanques y barcos. Su red de comunicaciones, sus carreteras y sus ferrocarriles permanecen en buena medida intactos. Sus fábricas, puertos y bases militares apenas están afectados. Sin embargo, los terroristas esperan que, aunque apenas pueden hacer mella en el enemigo, el poder, el miedo y la confusión harán que el enemigo utilice mal sus fuerzas. Los terroristas luchan como los maestros del taichi: aspiran a vencer al rival con el poder del rival.

Así, en la Argelia de los años cincuenta a los franceses no los derrotó el fln, el Frente de Liberación Nacional, sino su errónea reacción al terrorismo del fln. Las debacles estadounidenses en Iraq y Afganistán fueron el resultado del mal uso que hicieron los estadounidenses de su inmenso poder, no de que Al Qaeda flexionara sus diminutos músculos.

Los terroristas calculan que, cuando un enemigo airado usa un poder enorme contra ellos, eso generará una tormenta militar y política mucho más violenta que la que podrían crear los propios terroristas. En todas las tormentas ocurren cosas inesperadas. Se producen errores, se cometen atrocidades, la opinión pública vacila, se hacen preguntas, los neutrales cambian de posición y el equilibrio de poder cambia. Los terroristas no pueden prever cuál será el resultado, pero tienen muchas más oportunidades pescando en un río revuelto que cuando las aguas están en calma.

El terrorismo es una estrategia militar muy poco atractiva, porque deja todas las decisiones importantes en manos del enemigo. Como los terroristas no pueden infligir daños materiales graves, todas las opciones que el enemigo tenía antes del ataque terrorista quedan a su disposición y es libre de elegir entre ellas. Por lo general, los ejércitos intentan evitar una situación de ese tipo a cualquier precio. Cuando atacan, no tratan de provocar la respuesta del enemigo, sino más bien reducir su capacidad de contraataque y, en particular, eliminar sus armas y opciones más peligrosas. Por ejemplo, cuando los japoneses atacaron la flota de Estados Unidos en el Pacífico en Pearl Harbor en diciembre de 1941, podían estar seguros de una cosa: cualquiera que fuese la decisión que tomaran los estadounidenses, no podrían enviar una flota al sureste de Asia en 1942.

Provocar la acción del enemigo sin eliminar ninguna de sus armas u opciones es un acto de desesperación al que solo se recurre cuando no existe otra manera. Si causar daños materiales está al alcance, nadie abandona esa posibilidad a cambio del mero terrorismo. Habría sido una locura que, en diciembre de 1941, los japoneses hubieran lanzado un torpedo contra un barco de pasajeros para provocar a Estados Unidos y hubieran dejado la flota del Pacífico intacta en Pearl Harbor.

Quien recurre al terrorismo lo hace porque sabe que no puede entablar una guerra y opta por producir un espectáculo teatral. Los terroristas no piensan como generales del ejército sino como productores teatrales. La memoria pública de los ataques del 11-S es una prueba de ello: si le preguntas a la gente qué ocurrió el 11 de septiembre de 2001, probablemente responda que Al Qaeda destruyó las torres gemelas del World Trade Center. Pero el atentado no solo fue contra las torres, sino que incluyó otras dos acciones, en particular un ataque exitoso al Pentágono. ¿Por qué es algo que pocas personas señalan? Si la operación del 11-S hubiera sido una campaña militar convencional, el ataque al Pentágono habría llamado más la atención. En este ataque, Al Qaeda logró destruir parte del cuartel general del enemigo, y mató e hirió a comandantes y estrategas importantes. ¿Por qué la memoria pública considera más relevante la destrucción de dos edificios civiles, y el asesinato de contadores y agentes de bolsa?

Esto se debe a que el Pentágono es un edificio relativamente plano y modesto, mientras que el World Trade Center era un tótem alto y fálico cuyo desmoronamiento creó un inmenso efecto audiovisual. Nadie que haya visto las imágenes de su colapso las olvidará. Entendemos intuitivamente que el terrorismo es teatro, y por tanto lo juzgamos por su impacto emocional en vez de material. En retrospectiva, es probable que Osama bin Laden hubiera preferido estrellar el avión que alcanzó el Pentágono contra un objetivo más pintoresco, como la Estatua de la Libertad. Es cierto que poca gente habría muerto y que no se habrían destruido activos militares, pero habría sido un gesto teatral extraordinariamente poderoso.

Como los terroristas, los que combaten el terrorismo deberían pensar más como productores teatrales y menos como generales del ejército. Si queremos luchar contra el terrorismo de manera efectiva debemos darnos cuenta de que nada de lo que hacen los terroristas nos derrota. Somos los únicos que podemos derrotarnos a nosotros mismos, si reaccionamos de modo excesivo y erróneo a las provocaciones terroristas.

Los terroristas afrontan una misión imposible: cambiar el equilibrio de poder político cuando apenas tienen capacidad militar. Para alcanzar ese objetivo, presentan al Estado un desafío imposible: demostrar que puede proteger a todos sus ciudadanos de la violencia política, en cualquier lugar y en cualquier momento. Los terroristas esperan que, cuando el Estado intente realizar esa misión imposible, baraje las cartas políticas y les entregue un as inesperado.

Es cierto que cuando el Estado reacciona al desafío de proteger a sus ciudadanos de la violencia política, a menudo consigue aplastar a los terroristas. En los últimos decenios, varios Estados han eliminado cientos de organizaciones terroristas. En 2002-2004, Israel demostró que la fuerza bruta puede acabar con una campaña terrorista. Los terroristas saben perfectamente que en un enfrentamiento de ese tipo las probabilidades están en contra suya. Pero, como son muy débiles, y carecen de otra opción militar, no tienen nada que perder y mucho que ganar. De vez en cuando la tormenta política creada por las campañas antiterroristas beneficia a los terroristas, y esa es la razón por la que la apuesta tiene sentido. Un terrorista se parece a un jugador que tiene cartas especialmente malas e intenta convencer a sus rivales para que vuelvan a barajar. No puede perder nada, pero puede ganarlo todo.

¿Por qué debería el Estado barajar las cartas de nuevo? Puesto que los daños materiales que causa el terrorismo son desdeñables, en teoría los Estados podrían no hacer nada, o tomar medidas fuertes pero discretas lejos de las cámaras y los micrófonos. De hecho, con frecuencia hacen exactamente eso. Pero de vez en cuando los Estados pierden la calma y reaccionan de manera demasiado contundente y pública, y juegan del modo que les conviene a los terroristas.

¿Por qué son tan sensibles a las provocaciones de los terroristas? Porque la legitimidad del Estado moderno se basa en su promesa de mantener la esfera pública libre de violencia política. Un régimen puede soportar catástrofes terribles, e incluso ignorarlas, siempre que su legitimidad no se base en evitarlas. Sin embargo, un régimen puede derrumbarse a causa de un problema menor si se considera que este socava su legitimidad. En el siglo xiv la peste negra mató a entre un cuarto y la mitad de la población europea, pero ningún rey perdió su trono por ello, aunque ninguno hizo grandes esfuerzos por superar la peste. En aquellos tiempos nadie pensaba que prevenir las plagas fuera parte del trabajo de un rey. En cambio, los gobernantes que permitían que la herejía religiosa se extendiera en sus dominios se arriesgaban a perder la corona, e incluso la cabeza.

Hoy, un gobierno puede mirar hacia otro lado cuando se producen altos niveles de violencia política y sexual, porque no socavan su legitimidad. En Francia, por ejemplo, se denuncian más de mil violaciones anuales, y hay miles de casos más que no se denuncian. Los violadores y los maridos maltratadores, sin embargo, no se perciben como una amenaza existencial para el Estado porque, históricamente, el Estado no se construyó sobre la promesa de eliminar la violencia sexual. En cambio, los casos, mucho menos frecuentes, de terrorismo se ven como una amenaza letal, porque a lo largo de los últimos siglos los Estados occidentales modernos han construido su legitimidad gradualmente sobre la promesa explícita de eliminar la violencia política dentro de sus fronteras.

En la Edad Media, la esfera pública estaba llena de violencia política. De hecho, la capacidad de utilizar la violencia era el boleto de entrada al juego político, y quien carecía de esa capacidad no tenía voz política. No solo numerosas familias nobles tenían fuerzas armadas; también las tenían ciudades, gremios, iglesias y monasterios. Cuando fallecía un abad y se producía una disputa por la sucesión, las facciones rivales –formadas por monjes, hombres poderosos de la zona y vecinos afectados– usaban a menudo la fuerza de las armas para decidir el asunto.

El terrorismo no tenía sitio en un mundo como ese. Quien no fuera lo bastante fuerte como para provocar daños materiales sustanciales era irrelevante. Si en 1150 unos pocos extremistas musulmanes hubieran asesinado a un puñado de civiles en Jerusalén, exigiendo que los cruzados abandonaran Tierra Santa, la reacción habría sido más parecida a la risa que al terror. Si querías que te tomasen en serio, más te valía apoderarte de un par de castillos fortificados. El terrorismo no molestaba a nuestros antepasados medievales porque tenían problemas más graves.

A partir de la Edad Moderna, los Estados centralizados han reducido poco a poco el nivel de violencia política en sus territorios, y en los últimos decenios los países occidentales han logrado reducir la violencia política casi a cero. Sus ciudadanos pueden luchar por el control de ciudades, empresas, organizaciones e incluso el gobierno sin ninguna necesidad de emplear la fuerza bruta. El control de cientos de miles de millones de euros, cientos de miles de soldados y cientos de barcos, aviones y misiles nucleares pasa de un grupo de políticos a otro sin que se dispare un solo tiro. Los ciudadanos se han acostumbrado rápidamente a esta condición y la ven como un derecho natural. En consecuencia, actos esporádicos de violencia política que matan a unas pocas docenas de personas se consideran una amenaza mortal a la legitimidad e incluso a la supervivencia del Estado. Una moneda pequeña en un gran tarro vacío puede hacer mucho ruido.

Eso es lo que hace que el teatro del terrorismo tenga tanto éxito. El Estado ha creado un enorme espacio libre de violencia política. Este enorme espacio actúa como caja de resonancia y amplifica el impacto de cualquier ataque armado, por pequeño que sea. Cuanta menos violencia política haya en un Estado concreto, mayor es la conmoción pública ante el acto de terrorismo. Matar a diecisiete personas en París atrae mucha más atención que matar a cientos de personas en Nigeria o Iraq. Paradójicamente, por tanto, el éxito de los Estados modernos en la prevención de la violencia política hace que sean particularmente vulnerables al terrorismo. Un acto terrorista que habría pasado inadvertido en un reino medieval puede hacer que Estados modernos mucho más fuertes se estremezcan.

El Estado ha señalado tantas veces que no tolerará la violencia política dentro de sus fronteras que no tiene otra alternativa que ver cualquier acto terrorista como intolerable. Por su parte, los ciudadanos se han acostumbrado a la ausencia de violencia política, y el teatro del terror les provoca un miedo visceral a la anarquía, que les hace sentir que el orden social está a punto de desmoronarse. Tras siglos de luchas sangrientas, hemos salido del agujero negro de la violencia, pero tenemos la impresión de que el agujero negro sigue allí, esperando pacientemente para volver a tragarnos. Unas cuantas atrocidades horripilantes e imaginamos que volvemos a caer.

Para mitigar esos miedos, el Estado tiende a responder con su propio teatro de seguridad. La respuesta más eficiente al terrorismo puede ser un buen servicio de inteligencia y acciones clandestinas contra las redes financieras que alimentan el terrorismo. Pero eso no es algo que los ciudadanos puedan ver en televisión. Cuando los ciudadanos han visto el drama de la caída del World Trade Center, el Estado se ve obligado a representar un drama opuesto e igualmente espectacular, con más fuego y humo todavía. En vez de actuar con calma y eficiencia, desata una gran tormenta, lo que cumple los sueños más felices de los terroristas.

Pero ¿qué hay del terrorismo nuclear o del bioterrorismo? ¿Y si los profetas del fin del mundo tienen razón, y las organizaciones terroristas adquieren armas de destrucción masiva, que pueden producir amplios daños materiales, comparables al de una guerra convencional? Si esto sucede o, más bien, cuando esto suceda, el Estado tal como lo entendemos ahora será cosa del pasado. Por otra parte, el terrorismo tal como lo entendemos en la actualidad también habrá dejado de existir, como un parásito que muere con su huésped.

Si unas organizaciones minúsculas que representan a un puñado de fanáticos pueden destruir ciudades enteras y matar a millones de personas, ya no habrá una esfera pública libre de violencia política. La política y la sociedad sufrirán transformaciones radicales. Es difícil saber cómo se desarrollarán las disputas políticas, pero sin duda serán muy distintas a las campañas terroristas y antiterroristas de comienzos del siglo XXI. Si en 2050 el mundo está lleno de terroristas nucleares y biológicos, sus víctimas mirarán el Occidente actual con un anhelo teñido de escepticismo: ¿cómo era posible que la gente llevara vidas tan seguras y al mismo tiempo se sintiera tan amenazada? 

Yuval Noah Harari, El teatro del terror, Letras Libres Julio 2015
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Traducción del inglés de Daniel Gascón.

Publicado originalmente en The Guardian.

© Guardian News & Media Ltd 2015.