dimarts, 10 de maig de 2016

Democràcia vs institucions de la Unió Europea.

by Sequeiros

En ocasiones, un rostro se convierte en un símbolo no de la potente individualidad de su portador, sino de las fuerzas anónimas que tiene detrás. Con su estúpida sonrisa, ¿no era el rostro de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, el símbolo de la presión brutal de la UE sobre Grecia? Recientemente, el TIPP [Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión] adquirió un nuevo símbolo: el rostro impasible de la comisaria de Comercio Cecilia Malmström, quien, preguntada sobre cómo era capaz de seguir promocionando el TIPP frente a la oposición generalizada de la opinión pública, respondió sin que se le cayera la cara de vergüenza: "Yo no he recibido mi mandato de los europeos". En un insuperable acto de ironía, su apellido es una variación de la palabra inglesa maelstrom [en español, torbellino].

Ahora ha surgido un tercer rostro anónimo: el de Frans Timmermans, primer vicepresidente de la Comisión Europea, quien en diciembre de 2015 regañó al Gobierno polaco por la adopción de una nueva ley que subordina el Tribunal Constitucional al Ejecutivo. Por otra parte, Timmermans ha condenado la nueva ley de medios que aprobó a toda prisa el Parlamento polaco recientemente: la ley permitirá que el Parlamento despida a todos los ejecutivos de las empresas públicas de radio y televisión del país y designe a sus sustitutos. El partido en el poder lo justificó por la necesidad de reprimir las críticas injustas a sus actos, mientras que la oposición la denuncia como una grave limitación de la libertad de la prensa. A modo de réplica fulminante y sin miramientos, la parte polaca advirtió a Bruselas que "se conduzca con más moderación cuando en el futuro llame la atención y amoneste al parlamento y al gobierno de un estado soberano y democrático".

Desde el punto de vista típico de la izquierda liberal, es inapropiado, por supuesto, poner estos tres nombres en el mismo plano: Dijsselbloem y Malmström personifican la presión de los burócratas de Bruselas (sin legitimación democrática) sobre los estados y sus gobiernos democráticamente elegidos, mientras que Timmermans intervino para proteger las instituciones democráticas básicas (independencia de los tribunales, prensa libre...) de un Gobierno que se ha excedido en el ejercicio de sus poderes. Sin embargo, aunque pueda parecer obsceno comparar la brutal presión neoliberal sobre Grecia con las críticas justificadas a Polonia, ¿es que la reacción del Ejecutivo polaco no ha dado también en el blanco? Timmermans, un miembro de la Administración de la UE sin ninguna legitimación democrática clara, ejerce presión sobre un Gobierno democráticamente elegido de un Estado soberano.

¿No nos encontramos con un dilema similar en la Alemania de hoy? Cuando recientemente respondí a las preguntas de los lectores del diario Süddeutsche Zeitung sobre la crisis de los refugiados, la cuestión que atrajo de lejos la mayor parte de la atención se refería precisamente a la democracia, pero con un sesgo de populismo derechista: cuando Merkel hizo su famoso llamamiento público en el que invitaba a cientos de miles de refugiados a Alemania, ¿cuál era su legitimación democrática? ¿Qué le daba derecho a dar un giro tan radical a la vida de los alemanes sin una consulta democrática? Mi propósito en este punto, por supuesto, no es apoyar a los populistas contrarios a los inmigrantes sino señalar claramente los límites de la legitimación democrática. Lo mismo ocurre con los que abogan por la apertura radical de las fronteras: ¿son conscientes de que, puesto que nuestras democracias son democracias de Estado nación, su demanda equivale a dejar en suspenso la democracia? ¿Debería permitirse que un cambio de tamaña magnitud afecte a un país sin una consulta democrática a su población?

¿Y no es esto mismo de aplicación a los llamamientos a la transparencia de las decisiones de la UE? Puesto que en muchos países la mayoría de la opinión pública estaba en contra de la reducción de la deuda griega, hacer públicas las negociaciones con la UE llevaría a que los representantes de estos países abogaran por medidas aún más duras contra Atenas... Nos encontramos aquí con el eterno problema: ¿qué ocurre con la democracia cuando la mayoría se inclina a votar por leyes racistas y sexistas? En mi opinión, una medida política liberadora no debería estar condicionada a priori por procedimientos democráticos formales de legitimación. Con frecuencia, el pueblo no sabe lo que quiere o no quiere lo que sabe, o quiere algo injusto. En esto no hay atajos y nos podemos imaginar una Europa democratizada, con ciudadanos más comprometidos, en la que la mayor parte de sus gobiernos estén formados por partidos populistas contrarios a los inmigrantes.

Y así, izquierdistas críticos con la UE se encuentran a sí mismos en una situación extraña: mientras que deploran "el déficit democrático" de la UE y proponen planes para hacer más transparente la toma de decisiones, apoyan al Gobierno de Bruselas, nada democrático, que ejerce presión sobre formaciones neofascistas (legitimadas democráticamente). El contexto de estos callejones sin salida es el lobo feroz de la izquierda europea: la amenaza de un neofascismo encarnado en un populismo de derechas contrario a los inmigrantes. Este espantapájaros se percibe como el principal enemigo contra el que todos deberíamos unirnos, desde la izquierda radical (quede de ella lo que quede) a los demócratas liberales mayoritarios (incluyendo a los representantes de la UE como Timmermans). Europa queda retratada como un continente en regresión hacia un neofascismo que se alimenta de miedo y odio paranoicos hacia el enemigo étnico-religioso externo (principalmente musulmanes). Aunque este neofascismo es predominante en algunos países poscomunistas de Europa del Este, también se está volviendo cada vez más presente en muchos otros donde la opinión es que la invasión de refugiados musulmanes plantea una amenaza a la tradición europea.

Ahora bien, ¿este fascismo lo es verdaderamente? El término fascismo se utiliza con demasiada frecuencia como excusa para evitar un análisis de lo que efectivamente está sucediendo. El político holandés populista de derechas Pim Fortuyn, asesinado en 2002 -dos semanas antes de las elecciones en las que se esperaba que obtuviera una quinta parte de los votos-, era un populista de derechas cuyas circunstancias personales e incluso la mayoría de sus opiniones eranpolíticamente correctas casi a la perfección: era homosexual, mantenía buenas relaciones personales con muchos inmigrantes, disponía de un sentido innato de la ironía, etcétera. En resumen, era un buen liberal, muy tolerante, excepto con los inmigrantes fundamentalistas por su rechazo de la homosexualidad o de los derechos de la mujer. Lo que él encarnaba era por tanto la intersección entre un populismo de derechas y una corrección política liberal. La prueba viviente de que la oposición entre populismo de derechas y tolerancia liberal es falsa, la prueba viviente de que tenemos que vérnoslas con las dos caras de la misma moneda.

Por otra parte, parece que muchos liberales de izquierdas (como Habermas) quejosos con la continua decadencia de la UE idealizan su pasado: la "democrática UE" cuya pérdida lamentan no ha existido jamás. La política comunitaria reciente no es más que un intento desesperado de poner Europa en forma para un nuevo capitalismo global. La acostumbrada crítica de la izquierda liberal a la UE (que básicamente está bien, sólo que con un déficit democrático) revela la misma ingenuidad que la de los críticos de los países ex comunistas, que básicamente los apoyaban, sólo que se quejaban de su falta de democracia: en ambos casos, el déficit democrático era una parte necesaria de la estructura global.

Como es obvio, la única manera de contrarrestar el déficit democrático del capitalismo global debería de haberse llevado a cabo mediante alguna entidad transnacional. ¿No fue ya Kant quien, hace más de 200 años, vio la necesidad de unorden legal transestatal-transnacional ante el auge de la sociedad global?

Pero eso nos lleva a lo que es la contradicción principal del Nuevo Orden Mundial: la imposibilidad estructural de encontrar un orden político mundial que se corresponda con la economía capitalista. ¿Qué ocurriría si, por razones estructurales y no sólo por limitaciones empíricas, no pudiera haber una democracia mundial o un Gobierno mundial representativo? El problema estructural del capitalismo global reside en la imposibilidad (y, al mismo tiempo, la necesidad) de un orden sociopolítico que se adecúe a él: la economía global de mercado no puede organizarse directamente como una democracia global liberal con elecciones a escala mundial. Vuelve a aparecer en política lo que en la economía global está reprimido: obsesiones arcaicas, identidades sustanciales concretas (étnicas, religiosas, culturales). Esta tensión define nuestra situación actual: la libre circulación mundial de mercancías se acompaña cada vez más de compartimentaciones en el ámbito social. Mientras que las mercancías circulan cada vez con más libertad, a las personas se las mantiene separadas por nuevos muros.

Slavoj Zizeck, Las caras del déficit democrático, el mundo.es 10/05/2016

Slavoj Zizek, filósofo, es profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Su última obra es Contragolpe absoluto. Para una refundación del materialismo dialéctico (Akal).