En estos tiempos científicos en los que el ojo clínico ha sido
sustituido por burocráticos protocolos médicos de obligado cumplimiento, la
sensación de tener una individualidad invisible para el médico (por lo demás un
profesional respetuoso) y ser para él sólo un caso despersonalizado, me dominó
en todo momento. Siendo lo peor de todo que la mayoría de nosotros, en esas
circunstancias, nos comportamos de modo que merecemos el dictado de “pacientes”,
pues quienes sólo unos minutos antes estábamos ebrios de nuestra mismidad, basta
una bata blanca para que nos rindamos ante la autoridad facultativa con la
mansedumbre del cordero que va al matadero.
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