dijous, 8 de setembre de 2016

Protágoras explicado a los niños (César Rendueles)

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Prometeu
El año pasado, desde el periódico del colegio de primaria en el que estudian mis hijos me pidieron que les escribiera algún artículo. Hoy un tweet de @Klinamen_libros me ha hecho recordar aquel texto Esto fue lo que les envié. 

Los niños, la democracia y los dioses del Olimpo

Una leyenda griega cuenta que los dioses del Olimpo crearon los animales mezclando tierra y fuego. A la hora de decidir cómo iba a ser cada especie, pusieron mucho cuidado en repartir equitativamente las fortalezas y debilidades. Fabricar todos aquellos bichos era un trabajo duro y no querían que unos pocos animales poderosos se zamparan a todos los demás en un par de días. A unos les dieron garras y colmillos, a otros cuerpos ligeros y piernas veloces. A algunos los hicieron grandes y feroces, a otros escurridizos y capaces de resguardarse en pequeños rincones. No olvidaron que los animales tenían que sobrevivir al frío, la lluvia y el sol, así que cubrieron sus cuerpos de pelo, plumas o escamas.

Los dioses griegos eran un poco despistados. Cuando acabaron con el resto de animales y, finalmente, le tocó el turno a las personas se dieron cuenta de que habían calculado mal el reparto y no quedaba nada para ellas . Allí estaban aquellos bichos alargados y flacos, en pie sobre sus dos patas, sin alas ni pezuñas ni pelo suficiente para protegerse del invierno. Un desastre. A uno de los dioses, Prometeo, le dio pena y le robó a Atenea un poco de conocimiento y se lo regaló a los humanos. De esa manera fueron capaces de construir casas, usar el fuego y fabricar ropa o armas para resguardarse y defenderse.

Desgraciadamente, no era suficiente. Como los seres humanos vivían aislados los unos de los otros, eran presa fácil para el resto de animales. De vez en cuando probaban a agruparse pero eran incapaces de ponerse de acuerdo y se peleaban todo el rato. Así que Zeus, el rey de los dioses, tuvo que tomar cartas en el asunto para evitar que la gente se extinguiera. Les daría el sentido de la justicia para que así pudieran organizarse y vivir juntos.

Zeus tuvo que tomar una decisión importante. Prometeo no había repartido los conocimientos por igual. Creyó, con razón, que no hacía falta que todo el mundo fuera bueno en música, en medicina, en deportes o en matemáticas. Un solo médico puede curar a mucha gente, un solo cómico divertir a un auditorio entero. ¿Tal vez, pensó Zeus, pasaba lo mismo con el sentido de la justicia? No, decidió. No habría expertos en justicia. Todas las personas tendrían la misma capacidad para distinguir entre lo justo y lo injusto.

La leyenda aparece en un libro de Platón titulado Protágoras. Lo que nos dice no es exactamente que todas las opiniones individuales valgan lo mismo sino algo más extraño y que es la base de la idea de democracia. La única manera que tenemos de saber que las normas que nos gobiernan son justas es asegurarnos de que las hemos elaborado entre todos, contando incluso con gente cuyas ideas no apreciamos o a la que nunca pensamos que merecía la pena escuchar, y aceptando las dificultades que conlleva ese proceso. Un poco como en una orquesta: puedes ser buenísimo tocando el clarinete o el arpa, pero interpretar una sinfonía es algo que sólo puedes hacer con los demás, toquen bien o mal sus instrumentos.

El otro día me vino a la cabeza esta historia porque recordé que cuando estudiaba EGB, el equivalente aproximado de la primaria actual, formé parte del consejo escolar de mi colegio. No hace tanto, en este país, los niños de 12 o 13 años participaban en los órganos de gobierno de sus escuelas. Hoy mucha gente lo ve como una ocurrencia pintoresca e ingenua. ¿Qué puede saber un niño de 12 años? Yo no estoy tan seguro. Por ejemplo, lo que siempre han pensado los niños sobre los deberes –que son una lata aburrida y sin sentido– coincide con la opinión de la mayor parte de los pedagogos contemporáneos. Y lo mismo ocurre más allá del ámbito educativo. Por ejemplo, se calcula que en la ciudades actuales dedicamos a los coches –entre carreteras y plazas de aparcamiento– más del 60% del espacio público disponible. Tal vez nuestras calles serían un poco más racionales si los responsables de los planes urbanísticos tuvieran que tener en cuenta la opinión de personas pequeñas que ni conducen ni pueden conducir, que están hartas de esperar en pasos de cebra que ningún coche respeta y a las que les gustaría tener mucho más espacio para usar sus patinetes o jugar al pilla pilla.

De hecho, se puede ver al revés. Si incluso los niños pueden participar, en la medida de sus posibilidades, en el gobierno de las escuelas, entonces a lo mejor eso significa que es posible llevar la democracia participativa a lugares que hoy nos parecen incompatibles con ella, como los centros de trabajo, las instituciones culturales o los mercados financieros. Si incluso los niños pueden intervenir, en la medida de sus posibilidades, en las instituciones públicas, entonces no deberíamos dejar que ningún experto nos trate a todos como a niños decidiendo sobre nuestras vidas.

César Rendueles, Protágoras explicado a los niños, espejismos digitales 08/09/2016