dissabte, 17 de setembre de 2016

Nens salvatges.

Amala y Kamala, las dos niñas que fueron encontradas en la selva india en 1920.

Las historias de niños que pierden a sus padres en la selva y son salvados o adoptados por animales, como ocurre en las novelas y cuentos protagonizadas por Tarzán o Mowgly son reales. De hecho, los casos de humanos indefensos que han sido cuidados por mamíferos, principalmente lobos, osos y primates se cuentan por docenas en los últimos siglos. 

Hace un año, escribí sobre algunas de estas fascinantes historias de niños criados por animales, como por ejemplo la de nuestro querido Marcos, quien sobrevivió en Sierra Morena gracias a una manada de lobos durante años. O " chimpboy ", un niño nigeriano nacido con problemas mentales, razón por la que fue abandonado por sus padres pero aceptado y criado por una comunidad de chimpancés. El éxito de aquel artículo fue tan grande que tengo ganas de compartir más casos con todos vosotros y vosotras.

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Por ejemplo, uno de los descubrimientos de la Historia más apasionantes y crueles al mismo tiempo fue el de Kamala y Amala, dos niñas de ocho y dos años de edad respectivamente, halladas en una selva de la India por una expedición liderada por el reverendo Joseph Singh en el año 1920. 

Aquellos misioneros y exploradores ingleses habían escuchado rumores sobre fantasmas que tenía aterrorizados a los nativos. En una salida se encontraron de repente con una lobera en cuyo interior había dos criaturas con forma humana. Pero no entendieron nada porque en nombre de la civilización mataron a su madre loba para llevarse a las dos niñas. Las pequeñas gruñían cuando los humanos se acercaban y caminaban usando las cuatro extremidades como si fueran verdaderos lobos, incluso semanas después del "rescate". Una vez institucionalizadas, la más pequeña murió a los pocos meses y Kamala continuó viva varios años más. Amala aprendió a andar con las piernas y a pronunciar unas cincuenta palabras. Falleció en el mismo orfanato al que le llevaron, en el año 1929.

Otro caso rodeado de misterio ocurrió cuando el psiquiatra George Maranz visitó un asilo para lunáticos en Bursa, Turquía, en 1937. Allí conoció una adolescente que había sido llevada por unos vecinos que la encontraron en un bosque de las montañas cercanas mientras cazaban. El grupo de hombres mató a la hembra que había cuidado de ella y se llevaron a la chica. Sus datos correspondían con la desaparición de una niña, 14 años antes, en una aldea de la zona de Adana. Era humana en su fisonomía pero un oso en cuanto a su psique, voz y hábitos. Nunca aceptaba comida cocinada y dormía en un rincón de la habitación. 

Más recientemente, en la primavera de 1972, en la localidad India de Sultanpur, perteneciente al estado de Uttar Pradesh, se toparon con un niño desarrapado que jugaba con crías de lobo. Le llamaron Shamdeo. Tenía callos en las manos, codos y rodillas debido a que andaba a cuatro patas, como sus hermanos los lobos. La piel se le había vuelto más oscura y las uñas muy largas. Como en otros casos, fue llevado a un orfanato. En concreto al hogar Madre Teresa que se dedica a cuidar de los moribundos. La propia Santa le visitó en varias ocasiones y se fotografió con él. Allí falleció en 1985. 

Y cómo no, los perros. No podían estar ausentes en estos hechos. Después de todo, son los que más empalizan con los humanos. Porque nuestros grandes aliados poseen un instinto de protección hacia los humanos que no conoce límites. Oxana Malaya nació en 1983 en Ucrania. Sus padres, alcohólicos no cuidaron de ella ni le hablaron. Ella escapó hacia un cobertizo con perros cercano, lugar donde creció. No fue localizada por las autoridades hasta el año 1991. La mayor parte de su vida la pasó conviviendo con sus amigos peludos. Las maneras y comportamientos eran los propios de la especie que la protegió. 

Oxean era una más de la jauría. Lamia, olía la comida antes de comerla y su cabeza mostraba posición de alerta ante objetos y personas desconocidos. Su sentido del olfato y oído parecían haberse desarrollado más allá de lo común en los humanos. A veces ladraba y apenas podía comunicarse. La estrategia de Oxana, hasta que fue llevada a una institución resultó perfecta. Había encontrado una familia de referencia y un apoyo emocional mucho más constructiva que la biológica. 

Gracias a estas historias de abandono y posterior protección animal aprendemos qué somos los humanos y hasta qué punto nos diferenciamos de otras especies. Pero también aportan información sobre cómo llegamos a entender el mundo que nos rodea. Porque no hay duda de que los niños y niñas salvajes son unos seres especiales. Intermediarios entre dos mundos enfrentados. Uno que los rechazó, frente a otro que les dio el amor y la protección que los humanos no sabemos darles.

Pablo Herreros, Más historias reales de niños criados por animales salvajes, Yo, mono 17/09/2016