dilluns, 19 de setembre de 2016

Contingència, deliberació i política en Aristòtil (i V).

Resultat d'imatges de sabiduría aristoteles
Aristòtil
Aristóteles exalta al hombre sin divinizarlo. Entregado a sus solas fuerzas por un Dios demasiado lejano, suficientemente visible para ser deseado, pero que se mantiene a distancia como para no ser poseído. (200)

La vida del hombre se mueve entre dos azares: el azar fundamental del nacimiento, que hace que la buena naturaleza no esté igualmente repartida, y el azar residual de la acción, que hace que los resultados no sean jamás del todo previsible. Pero el azar del nacimiento es el azar residual de la acción divina, y la grandeza del hombre consiste, al prolongar mediante la prudencia la acción de una Providencia que falla, a empujar lo más posible los límites de lo imprevisible y de lo inhumano. (201)

La metafísica nos enseña en contra de su voluntad, que el mundo sublunar es contingente, es decir, inacabado. Pero los límites de la metafísica son el comienzo de la ética. (201).

Lo eterno es lo que es objeto de demostración, como por ejemplo, las figuras geométricas que son siempre lo que son. (112)

La intuición fundamental de Aristóteles es el de la separación, la distancia inconmensurable entre el hombre y Dios.

Si la contemplación es “más continua que cualquier otra acción” (EN X, 7, 1177a 21-22), esta continuidad no nunca total en el hombre, afectado por la fatiga (EN X, 4, 1175ª 3-4), sin contar que la vida contemplativa supone la posibilidad del descanso (EN X, 7, 1177b 4-26). (97)

Hay un punto trágico en la vida moral, que consiste en que la unión entre la bondad y la virtud no es, por así decirlo, analítica, como creían los socráticos, sino siempre sintético, porque depende en una proporción irreductible del azar. (97)

Lo trágico en Aristóteles es ciertamente residual, pero en un sentido ontológico, por cuanto consiste en la distancia siempre acortada, pero nunca suprimible, que separa al hombre de la felicidad. (97-98)

Los hombres pueden ser ciertamente felices, pero “como los hombres pueden serlo” (EN I, 11, 1101a 20).

La felicidad verdadera, la de la contemplación autárquica, está por encima de la condición humana (EN X, 7, 1171b 26) (98)

El mundo sublunar de Aristóteles ya no es una copia, su materia ya no es un simple receptáculo moldeable a voluntad por el Demiurgo, es un medio contra el caos y el orden, un orden que es impotente para dominar enteramente el caos. (162-163)

La Metafísica, la ciencia más buscada, es la más elevada y, por consiguiente, la más divina y corresponde a Dios poseerla. (Metafísica A, 2, 983a 3-10)

El hombre debe buscar la sabiduría, y no dejarse limitar en su búsqueda por una restricción previa de su campo. Pero que esta ciencia buscada sea un día poseída por el hombre no es algo asegurado, sino una esperanza y una tarea (…) El saber divino sirve de ideal a nuestra búsqueda; es su principio regulador, no constitutivo. (195)

Contentarse son su condición sería para el hombre pereza, pero no basta quererlo para superarlo, y creerlo sería desmesura. (196)

El filósofo, dice Aristóteles al comienzo de la Metafísica, es “aquel que lo sabe todo tanto como es posible” (Metafísica A, 2, 982a 9). Pero límites de la filosofía no son límites del hombre y de entrada, del mundo en que vivimos: la filosofía no es más que una de las aproximaciones humanas y, más generalmente, sublunares de la inmortalidad, del mismo modo que en un nivel inferior, la sucesión de las generaciones permite a los seres vivos participar en lo eterno, pero solo “tanto como pueden”. (De ánima II, 4, 415ª 29) (196-197)

Pierre Aubenque, La prudencia en Aristóteles, Crítica, Barna 1999 (1963)