La modernitat i la ruïna.

 
Nosotros, los hombres modernos, no podemos experimentar nada de lo que la antigüedad nos ha legado de otro modo que como ruina. Ello no se debe solamente al mucho tiempo transcurrido, al deterioro de los soportes materiales de la transmisión o al descuido de quienes tenían encomendada su custodia. Aunque se hubiese conservado intacto hasta nuestros días, ese legado está simplemente situado al otro lado de un abismo que nosotros ya no podemos volver a cruzar, es testimonio de un mundo que se ha venido definitivamente abajo y que ya no podrá nunca volver a erigirse. Si algo caracteriza precisamente a la modernidad es la voluntad de estar constantemente reinterpretando —y a veces burdamente manipulando— su pasado. Pero, aunque también hayamos hecho y hagamos de la antigüedad el objeto de nuestras relecturas, hay un límite más allá del cual cosas tales como el busto de Nefertiti, la muralla de Ishtar, la Metafísica de Aristóteles o la puerta de Mileto se repliegan sobre sí mismas y rechazan todos nuestros intentos de manipulación más o menos interesados, refugiándose en su alteridad impenetrable. La antigüedad es justamente esa clase de pasado “perfecto” o “acabado” que nos señala la frontera de lo que ya nunca podrá volver a ser, de lo que nosotros ya nunca podremos ser. Y la diferencia entre nuestro pasado imperfecto, sobre el que una y otra vez volvemos para reconstruirlo o reanimarlo porque aún forma parte de nuestro presente, y ese otro pasado ya irreversiblemente perdido no es en absoluto cuantitativa: es la misma diferencia que hay entre estar enfermo (aunque sea de gravedad) y estar muerto.

Pero esto está lejos de significar que lo antiguo sea para nosotros algo liquidado, desaparecido, aniquilado. Por el contrario, llamamos ruina justamente a aquello que no podemos reconstruir (porque si lo hacemos lo destruimos como testimonio del pasado, lo convertimos en un adefesio ridículo o en una aventura catastrófica), pero que, sin embargo, tampoco podemos del todo destruir, reducir a nada (y por ello nos tomamos muchas molestias para conservarlo). La referencia a la antigüedad es para nosotros tan esencial que es solamente merced a ella que nos decimos (y sentimos) modernos, o sea, porque ya no podemos ser antiguos. Del hecho de ser moderno forma parte el que yazca ante nosotros, como una lengua muerta, esa antigüedad que es obviamente una posibilidad humana, y lo es hasta el punto de que alguna vez fue real, pero que se ha convertido en una misteriosa posibilidad que ya no podemos aprovechar, de la que no podemos obtener más rendimientos que los que da el turismo (que es una curiosa institución típica de la modernidad, puesto que los antiguos no tenían en absoluto “antigüedades”). 

Tan vieja como la propia modernidad y, por tanto, como esa sensación que nos es tan conocida de caminar de vez en cuando entre ruinas que nos hacen sentir que no estamos en nuestra casa y a la vez experimentar una extraña admiración por los enigmas que encierran, una extraña querencia hacia su diferencia irreductible; tan vieja, digo, es la sospecha de que alguna vez a nuestros objetos, destinados en cambio a la caducidad casi inmediata por el frenético sucederse de las modas en la lógica industrial, y a nuestro entero mundo les sucederá lo mismo, que se convertirán en residuo arqueológico y en un significante cuyo significado estará algún día irreparablemente perdido. Los antiguos, a menudo, soñaban con un imperio de mil años. Una aspiración llena de soberbia, pero, sin embargo, insignificante en comparación con la pretensión de los modernos, la de sucedernos a nosotros mismos, la de asistir a nuestra propia decadencia y a la conversión de todo nuestro entorno en pieza de museo, y a la vez poder vivir el nacimiento de ese otro tiempo, el futuro que se nos presenta como aún más incognoscible y más otro que la antigüedad, pero que, sin embargo, aspiramos a conquistar, a poseer en virtud de ciertos “monumentos” llegados del porvenir (frecuentemente artilugios técnicos, pero a veces también ideas o, como se dice, actitudes). Es más: no se trata únicamente de una sospecha, sino de un deseo irrefrenable, de una pasión dominante de sobrevivir a nuestra propia muerte como individuos y como civilización. 

De ahí los constantes avisos, las constantes noticias e indicios de que “ha llegado la hora”, la hora del cambio, la hora del cambio de hora: el final de la cultura analógica, la muerte del libro, el ocaso de la democracia parlamentaria, el crepúsculo del arte, la mutación biológica de la tecnología, la metamorfosis virtual de los negocios, la transformación ecológico-global del mundo. No se trata de los ideales revolucionarios de otro tiempo, ni de las utopías regulativas de las que se servían los renacentistas o los ilustrados para denunciar las injusticias o las mezquindades de su presente, sino de una genuina hambre de destrucción de nuestro mundo, con el bien comprensible propósito de conjurar nuestra finitud, de perpetuarnos más allá de todo límite y realizar el sueño eterno de la inmortalidad. 

Esta hubris, tan propia de la modernidad, choca, sin embargo, con una limitación tan irrebasable como la que nos hurta los secretos de la antigüedad. No es posible a la vez cavar en el tiempo un abismo infranqueable y alcanzar el otro lado del precipicio a tiempo para ponerse a salvo. Como les sucede a las pirámides de Egipto, también el futuro, más allá de cierto punto, escapa enteramente de nuestros intentos de colonización y de nuestras ilusiones de capitalizarlo, precisamente porque es de verdad porvenir y, por tanto, esencialmente desconocido. Quizá por ello todos esos anuncios e ilusiones de la inminencia de una novedad absoluta acaban, como los spots publicitarios, en la frustración y en la decepción, también tan típicamente modernas, en la sensación de que en lugar de lo otro tenemos más de lo mismo, por muy hastiados que estemos de ello y por muy averiado que se encuentre. Y es aquí donde la antigüedad, junto con la belleza de sus ruinas, nos puede dar aún una lección de humildad: la de que para los humanos la única salvación posible no se encuentra más allá de los tiempos o al otro lado de nuestra época, sino justamente en este ruinoso, averiado y tan oscuro tiempo nuestro, aunque no sea fácil saber exactamente en cuál de sus horas.

José Luis Pardo, La ilusión de un porvenir, Babelia. El País, 06/07/2013

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