Gomá Lanzón: l'interès reflexiu i la civilització.

Tocqueville
El camarero, con gesto airoso, me presenta un plato y me dice: “Sus calamares, caballero”. Ya sólo los camareros me llaman caballero y sospecho que reservan ese tratamiento para un entorno en que nadie puede tomárselo en serio, pues, lejos de haberme apeado de mi caballo o de tener porte caballeresco, me hallo en un ruidoso y concurrido bar de tapas gratamente retornado, tras una intensa jornada literaria, a esa medianía sin relieve en la que siempre me siento tan a gusto. Otro entorno posible para ese apelativo mayestático, he observado, es el del pícaro al que le pitan las alarmas de seguridad cuando trata de salir furtivamente del supermercado; se acerca con cachaza el guardia de seguridad y lo interpela, impecable en el cumplimiento de su deber: “Caballero, ¿me permite mirar dentro de su bolsa?”, maliciándose que contiene productos no pagados, pero sin prejuzgar, y de ahí esa corrección formal.



¡Qué importantes son estos miramientos! Recuerdo a un magistrado del Tribunal Constitucional susurrándome en confidencia que los derechos fundamentales están ideados para proteger a los chorizos (esa fue su expresión) porque la gente honrada no los necesita. Lo cual es una evidente exageración, pero señala una gran verdad: la democracia, que presume a sus ciudadanos libres y legales, reconoce en éstos una dignidad innata a la que se anudan tratamientos que nunca declinan y que subsisten incluso cuando dichos ciudadanos se comportan de forma muy indigna, como ejemplifica la respetuosa actitud del guardia de seguridad en el supermercado. El hombre durante la evolución de la especie perdió garras y cuernos que sirven a los animales para la lucha, pero a cambio fue dotado de inteligencia con la que puede producir armas incluso más poderosas que las de los brutos, pero también puede hacer algo mejor: renunciar a la lucha violenta. El Estado de derecho es ese principio de justicia en virtud del cual los ciudadanos permutamos la venganza privada entre individuos o grupos por un uso tasado y mínimo de la coacción estatal, acordado por agentes independientes siguiendo un procedimiento objetivo, neutral y general al servicio de la paz social y política. 

Tiene algo de prodigio antinatural —contrario a los instintos polémicos de destrucción que Freud supo discernir en nuestra alma— ese abandono voluntario y colectivo de las armas en beneficio de una impersonal ley coercitiva. En cuanto antinatural, a contracorriente de las inclinaciones más elementales, el ciudadano consentirá en obedecer la ley en primer lugar por miedo a la coacción prevista contra las infracciones o, con más frecuencia, por una inclinación prevalente motivada por una costumbre general de cumplimiento. Pero una sociedad será tanto más madura cuanto más respete la ley por convicción íntima de sus ciudadanos y por un asentimiento privado a su legitimidad, necesidad y conveniencia. Y esto requiere una educación sentimental sobre lo que Tocqueville llamó “interés reflexivo” del ciudadano, ese que no niega el egoísmo individual, sino que lo civiliza para armonizarlo con el bien común. En realidad, todo el proceso de civilización estriba en la domesticación de la espontaneidad instintiva mediante mediaciones simbólicas (la cultura) que inhiben y disciplinan un despliegue demasiado libre del yo salvaje. Prefiero la vulgaridad legal (a la que tiende una libertad sin instrucciones de uso) a la ausencia de legalidad, pero a las dos prefiero el buen gusto que nace de la educación del corazón. En una sociedad de personas con buen gusto, algusentidos que actúan como si todo les fuera debido sin tener en realidad derecho a nada, los padres les enseñamos con insistencia a dar siempre las gracias. Pero incluso cuando tenemos derecho a algo, es de buen gusto afectar que el servicio lo recibimos por la bondad del prestador y no porque esté obligado a ello. Volviendo a nuestro camarero de marras, quien recibe el plato de calamares, si de verdad es un caballero, se apresurará a darle las gracias. Ese “muchas gracias” significa decirle al camarero: tú me has prestado un servicio, pero no eres mi servidor, sino un ciudadano como yo y, ya que contribuyes a mi bienestar, aunque te pague por ello, tienes mi agradecimiento.

Esta meditación final sobre la gratitud me allana el camino para despedirme de los lectores de Babelia, pues suspendo sine die la sección de Todo a mil donde he venido poniendo mis desmayadas cogitaciones a un ritmo de una cada tres semanas. Nadie en el periódico me ha señalado la puerta; al contrario, sólo tengo reconocimiento por el exquisito trato que he recibido en este tiempo. Han sido tres años de colaboración sin tregua, cincuenta y cinco microensayos: el primero, sobre l a necesidad de ganarse l a vida; el último, sobre l a i mportancia de agradecerla. No lo dejo por ninguna razón en particular. Parece inteligente irse de la fiesta cuando mejor te lo estás pasando. O, como decía mi abuela: conviene levantarse de la mesa con un poco de hambre. Yo no estoy saciado y confío en que los lectores no lo estén tampoco del todo. Se trata por mi parte de un acto de desasimiento destinado a encarar durante una temporada un horizonte sin libros ni artículos en el telar y volver a escuchar demoradamente el rumor del corazón. A ver qué dice.

Hasta más ver. Gracias y gracias.

Javier Gomá Lanzón, Gracias, Babelia. El País, 13/04/2013

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