La inestabilitat intrínseca del capitalisme.
La aplicación de ideas equivocadas ha sido una de las responsables de la Gran Recesión. Dos economistas se salvan de la quema, según el consenso de los textos recogidos aquí: Keynes y uno de sus discípulos, Hyman Minsky. Lo analiza John Cassidy, que suele escribir en The New Yorker y The New York Review of Books, y que intenta demostrar en Por qué quiebran los mercados la lógica de los desastres financieros. A estas alturas es innecesaria, por obvia, la reivindicación de Keynes, imprescindible para explicar por qué la Gran Recesión no ha devenido en otra Gran Depresión. Pero conviene recuperar la obra de Minsky, un economista americano que defendió en el desierto que el capitalismo es intrínsecamente inestable y que la fuente principal de esa inestabilidad son las acciones irresponsables de los banqueros, operadores de Bolsa y otras personas del mundo financiero. Decía Minsky que si el Gobierno dejase de regular con eficacia el sector financiero, el sistema estaría sujeto a derrumbes periódicos, algunos de los cuales podrían arrojar a toda la economía hacia recesiones prolongadas.
En agosto de 2007, nada más apuntar los primeros problemas del mercado hipotecario, un editorial de The Wall Street Journal, periódico nada sospechoso de simpatías reguladoras, quitaba las telarañas a las ideas de Minsky: "La reciente agitación del mercado está sacudiendo a los inversores de todo el mundo. Pero está subiendo la cotización de una persona, un economista poco conocido cuyos puntos de vista de repente han cosechado mucha popularidad: Hyman Minsky". Este era poco conocido por los ortodoxos editorialistas del Journal y sus seguidores, pero los científicos sociales partidarios de una economía crítica y contrarios a la alquimia de la autorregulación (por ejemplo, los economistas de la Monthly Review) llevaban tiempo diciendo, en los aledaños del sistema, que nos encontrábamos "en mitad de un periodo Minsky, rayano en un cataclismo Minsky".
En los textos citados se repiten parecidos interrogantes y se avanzan los primeros esbozos de respuesta: ¿qué elementos determinarán la futura volatilidad de la economía mundial?; ¿volverá esta a gozar de un gran crecimiento o experimentará un largo periodo de estancamiento?; ¿habrá nuevas burbujas de activos que finalmente estallarán?; ¿cómo abordarán los Gobiernos la enorme deuda acumulada: recurrirán a una elevada inflación para eliminar su valor real (lo que se llama monetizar la deuda) o la deflación representará el peor peligro?; ¿es definitivo que el futuro estará representado por China, India, Brasil o Sudáfrica, y Estados Unidos ha comenzado una etapa de lento pero constante declive?; ¿con qué impuestos se financiarán las necesidades crecientes de la población en materia de protección?; después de ello, ¿quedará dinero para luchar contra un cambio climático que en algunas regiones del mundo, por su celeridad, comienza a parecer un salto climático?, etcétera.
Y sobre todo, la gran cuestión: cómo va a reformarse el capitalismo para que pierda parte de esta volatilidad y recupere algunos criterios de equidad como por ejemplo los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Declaraba Keynes en 1933: "El decadente capitalismo internacional, individualista, en cuyas manos nos encontramos después de la guerra no es inteligente, no es bello, no es justo, no es virtuoso y no satisface las necesidades. En resumen, nos desagrada y comenzamos a despreciarlo. Pero cuando buscamos con qué reemplazarlo, nos miramos extremadamente confusos". Setenta y siete años después de esas palabras seguimos con idénticas incógnitas. Alguien dijo que el sistema necesita un infarto para que, si lo supera, afronte los desequilibrios y adopte un estilo de vida más saludable. El infarto ha llegado pero el capitalismo, en vez de protegerse, se ha dado de alta en el hospital y corre a festejarlo con un cartón de Marlboro, una botella de ginebra y un Big Mac con patatas fritas en la mano. El pesimismo de nuestros autores está basado en la sospecha de que no se hayan desprendido las lecciones necesarias ni se tenga la voluntad de corregir los abusos.
Joaquín Estefanía, El tiempo del desconsuelo, Babelia. El País, 02/10/2010
http://www.elpais.com/articulo/portada/tiempo/desconsuelo/elpepuculbab/20101002elpbabpor_9/Tes?print=1
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