dimecres, 5 d’abril de 2017

Raó i emoció inseparables.





“Aun a riesgo de rasgar las vestiduras de quienes acostumbran a refugiarse tras sus emociones y sentimientos para no afrontar la realidad...” La anterior es parte de la frase con la que mi buen amigo Juan Zamora Terrés se cubría recientemente las espaldas ante posibles objeciones a sus argumentadas explicaciones sobre las causas de la colisión entre un pesquero de arrastre y un buque mercante ruso en el puerto de Barcelona, expresadas en un artículo en Naucher Global, excelente periódico on line sobre la marina mercante del que él mismo es responsable principal. Lo cierto con relación a esa frase es que las cosas suelen ocurrir al revés, pues más que refugiarnos tras nuestras emociones y sentimientos solemos negarlos, es decir, no nos tapamos con ellos, los tapamos a ellos. Enseñar nuestras debilidades emocionales no forma parte de lo políticamente correcto. En cualquier confrontación lo que suelen exponer explícitamente las partes son sus razones, no sus sentimientos, aunque estos sean los principales responsables de sus respectivas posiciones. Pero no hace falta mostrar las emociones, pues no necesitan ser muy potentes para manifestarse incluso contra nuestra voluntad.

La escritora Almudena Grandes decía también recientemente en una interesante columna de este mismo diario “no sé lo que puede hacer el (poderoso) aparato (del PSOE) contra la emoción (que puede generar el humilde Pedro Sánchez en su campaña por las primarias), pero me temo que no es mucho”. Hay verdad en esta afirmación de Grandes, pero no toda la verdad, porque aunque las emociones determinen nuestro comportamiento, ellas mismas son casi siempre subsidiarias y servidoras de la razón, que es quien las suele generar en su provecho. Eso significa que los buenos argumentos racionales son capaces de modificar los sentimientos de las personas y ponerlos así de su parte. En realidad, nunca estamos satisfechos con nosotros mismos hasta que nuestros sentimientos encajan en nuestros razonamientos, y viceversa. La relación entre ambos puede explicarse también metafóricamente, como haré a continuación.

Imagine usted al mejor estratega militar del mundo, a un general como Alejandro Magno capaz de concebir racionalmente el mejor modo de conquistar un territorio o de ganar una difícil batalla y derrotar a sus enemigos. ¿Le serviría de algo a su causa tanta inteligencia, tanta racionalidad, si no dispusiese de un ejército suficientemente potente y cualificado para ejecutar sus ingeniosos planes, para hacer posible su hazaña?

Si por pacifista no le gusta el ejemplo anterior, imagine en su lugar a un gran estratega del deporte, a un entrenador de fútbol como Pep Guardiola. ¿Hasta dónde pueden llegar sus ingeniosos aciertos racionales en la organización del juego si no dispone de un Messi, un Iniesta, un Piqué? ¿Cuáles pueden ser sus éxitos sin esa poderosa disponibilidad? Pues eso es precisamente lo que le ocurre a la razón, que perdería su eficacia si no dispusiera de un poderoso ejército de emociones prestas a servirle con extraordinaria rapidez en cualquier momento. La inteligencia y la racionalidad necesitan ejecutores potentes y cualificados para ser efectivas y alcanzar logros. Sin esos ejecutores carecen de eficacia.

Imagine por fin ahora el mejor automóvil del mundo, el más potente y sofisticado, capaz de viajar a increíbles velocidades, pero que no dispusiera de frenos. Sería un peligro y muy posiblemente un desastre. Eso es precisamente lo que muchas veces le ocurre a las emociones, que se desbordan irrefrenables porque esa es su naturaleza ya que fueron concebidas por la selección natural para ser rápidas y proteger a sus portadores. Así fue hasta que con el desarrollo de la neocorteza cerebral apareció la razón y con ella la posibilidad de frenar el comportamiento emocional cuando resulta inconveniente. Pero, ¡ay!, la razón nació con un importante defecto, con un talón de Aquiles, y es que necesita tiempo y no siempre se lo damos. Si lo hiciésemos, triunfaría siempre, o casi siempre. Cuenta hasta diez, solemos decir, antes de actuar en situaciones comprometedoras. La razón sin emociones sería como un general sin ejército. La emoción sin razón sería como un coche sin frenos. Van de la mano, se necesitan, son inseparables.

Ignacio Morgado Bernal, ¿Pueden separarse emoción y razón?, El País 05/04/20