dimarts, 18 d’abril de 2017

El cervell humà davant la por.



Existen sobrados peligros al acecho en el mundo en general, aguardando el momento oportuno para dejarnos fuera de combate. Por fortuna, millones de años de evolución previa nos han dotado de un sistema sofisticado y fiable de medidas defensivas con las que responder a cualquier amenaza potencial, coordinadas con admirable celeridad y eficiencia por nuestros maravillosos cerebros. Contamos incluso con una emoción dedicada al reconocimiento de (y la atención particularizada a) las amenazas: el miedo. Esto tiene también un inconveniente, y es que nuestros cerebros tienden inherentemente a priorizar el principio del “más vale prevenir”, lo que implica que muchas veces sintamos miedo en situaciones donde no está realmente justificado. (43)
¿Por qué demonios nos invaden unas reacciones de miedo tan intensas a cosas que son claramente tan inofensivas? Pues porque nuestro cerebro no está tan convencido de que lo sean (inofensivas, digo). Podríamos vivir todos en burbujas esterilizadas y desprovistas de cualquier arista, que, en lo que al cerebro respecta, la muerte podría seguir acechándonos detrás del rincón más cercano y en cualquier momento. Para nuestro cerebro, la vida diaria es como caminar sobre un cable extendido por encima de un gran foso rebosante de cocodrilos y grandes vidrios rotos puntiagudos: un paso en falso y podemos terminar convertidos en un amasijo de carne indescriptiblemente adolorida.

Esa es una tendencia comprensible hasta cierto punto. Los seres humanos evolucionamos en un entorno hostil y salvaje lleno de peligros a la vuelta de cualquier esquina. Aquellos humanos que presentaban unos niveles de paranoia saludables y que se asustaban hasta de las sombras (que, en aquellos momentos, bien podrán haber tenido dientes de verdad) sobrevivían el tempo suficiente para transmitir sus genes a la generación siguiente. Como consecuencia de ello, ante la presencia de cualquier amenaza o peligro mínimamente concebible como tal, el humano moderno evidencia un arsenal de mecanismos de respuesta (mayormente inconscientes) que le permiten reaccionar de forma refleja y, así, lidiar mejor con dicha amenaza. Y esa reacción refleja sigue muy viva en nosotros (como también seguimos nosotros vivos gracias a ella). Dicho reflejo es lo que se conoce como la respuesta de “lucha o huida”, un gran nombre que resume de manera tan concisa como precisa la función de la misma. Ante una amenaza, las personas podemos luchar contra ella o huir de ella. (44)
 
Dean Burnett, El cerebro idiota, Editorial Planeta, Barcelona 2016