Filosofia: "no estimar el viure, sinó el viure bé".


Sócrates pedía a sus jóvenes interlocutores que todas las opiniones, antes de erigirse en referencia, fueran puestas en tela de racional juicio. Ahora bien, el restaurado régimen democrático de Atenas estimaba que el análisis crítico no debía jamás extenderse a determinados valores y jerarquías considerados como soporte del entramado social. En consecuencia, dicho régimen condenó a Sócrates, juzgando que minaba en los jóvenes la firmeza irreflexiva que garantizaría su condición de buenos ciudadanos. Más que por delito de opinión, Sócrates es, pues, reo por la búsqueda de la verdad; reo por aspirar a que el orden social se sustente en principios genuinamente democráticos, es decir, asumibles porque la razón común los revela en cada uno y no por el simple hecho de que la mayoría ya está apuntada a ellos (con mayor o menor dosis de escepticismo). Reo, en suma, por resistencia a la pesimista convicción -hoy, como entonces, imperante- según la cual el orden social sólo puede mantenerse en base a principios y jerarquías en sí contingentes pero que todo el mundo ha de interiorizar como si no lo fueran, dada la renuncia a luchar por principios auténticamente incuestionables.

(...) El filósofo apunta a poner de relieve que incluso las máximas de comportamiento que tienen valor objetivo carecen de valor subjetivo y moral cuando resultan de un mero contagio y no del ejercicio crítico para el que estamos capacitados por el mero hecho de ser seres de razón. Quien renuncia a esta mediación crítica, diga lo que diga, está asimismo enunciando un prejuicio, y una persona cuyas máximas de comportamiento se sustentan en prejuicios es tan manipulable como potencialmente peligrosa. Sócrates apunta, en suma, a señalar que, si el abuso del débil caracteriza al canalla, la adscripción a la opinión del fuerte es marca de oportunismo. Y si la opinión defendida tiene rasgos de nobleza, ello servirá tan sólo de pretexto para evitar algún tipo de confrontación. Así, en su caso, algo tan noble en sí mismo como la exigencia ética de velar por sus hijos hubiera sido -de seguir el consejo de Critón- oportuna coartada a fin de sacrificar la dignidad a la subsistencia. Y como bien indica Sócrates a Menon ("no estimar el vivir, sino el vivir bien"), la singularidad absoluta de la vida humana, lo que convierte en grotesca toda tentativa de homologarla con la mera vida animal, reside en el hecho de que vivir es para los hombres una condición subordinada a unos fines y en modo alguno a un objetivo en sí mismo. (...)

Sócrates constataría (hoy en día)) que muchas de las batallas patrióticas, deportivas, económicas o de reconocimiento entre las que nos consumimos constituyen en realidad falsos problemas... Constataría todo ello y convencido de que la función de la filosofía no es apuntalar los prejuicios (por útiles que sean para el sostén del edificio social), sino contribuir a desmantelarlos, negaría radicalmente que España (o Europa, o el mundo) va bien y sostendría como un niño que los velos que cubren la pretendida majestad no sirven quizá para tapar la desnudez.

Víctor Gómez Pin, La auténtica muerte del filósofo, El País, 14/01/1998
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