El relat com categoria epistemològica.



En realidad, el relato, en la acepción del término que ha terminado por generalizarse en casi todos los ámbitos de nuestra sociedad, viene a constituir, en síntesis, una versión de los hechos que, aunque pueda contener elementos de apariencia explicativa, apunta en una dirección distinta a la de la explicación propiamente dicha. Así, cuando alguien, pongamos por caso, describe los antecedentes de una situación presente en términos de persistente y prolongada humillación, explotación, opresión o cualquier otro vocablo equivalente, resulta obvio lo que pretende: está colocando tales premisas para convertir en poco menos que inevitable o incluso justificada una respuesta que legitime acabar con el orden presuntamente provocador de todo ello.

No cabe llamarse a engaño al respecto. En esa manera de emplear el término relato hoy comúnmente aceptada importa mucho menos la explicación (que remite a causas) que la interpretación (que se vincula con el sentido, siempre tan lábil).

Y es que, abandonada la antigua pretensión de constituir una simple versión de los acontecimientos, una descripción posible o incluso una narración con pretensiones de veracidad, el relato de nuevo cuño se ha convertido en el objeto (ideológico) del deseo para muchos. Este relato, del que se han apropiado la sociología y la ciencia política modernas, es utilizado ahora para designar algo más (mucho más, en realidad) que una narración ordenada y novelada de los hechos: constituye una narración que tiene una inequívoca finalidad política, a saber, la de fijar como innegables en el imaginario colectivo unos determinados hechos, precisamente aquellos que mejor sirven para justificar la posición de dominio de un determinado sector o grupo. Precisamente por ello, no cabe considerar como una casualidad que se hable tanto de relato en tiempos en los que también se habla mucho de posverdad y de fake news, en cierto modo, categorías complementarias.

En realidad, si queremos plantear el asunto en términos de pregunta por la novedad que aporta, habría que responder que lo que de nuevo tiene este uso del concepto de relato tan frecuente en nuestros días no es propiamente el contenido del mismo, ya conocido de antiguo. Lo nuevo reside en que, por formular la respuesta en la jerga filosófica que nos resulta más propia, haya dejado de constituir una categoría epistemológica, relacionada con el conocimiento, para convertirse en ontológica y, sobre todo, política. Estamos, pues, ante un relato que, de alcanzar la hegemonía, dibuja el marco no solo de lo que hay, sino, mucho más importante, de lo que nos es dado pensar y, sobre todo, del sentido que debe adoptar nuestro obrar. Un relato, por formularlo de manera sintética, de obligado cumplimiento.

Manuel Cruz, Mentiras de obligado cumplimiento, El País 16/04/2019

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