Contra el cretinisme moral.

Los niños no son cretinos morales y –por incipiente que sea– tienen capacidad para decidir aquello que les resulta interesante de conocer por sí mismos, sin que tal cosa tenga que determinar necesariamente su sistema de valores (un niño que se divierta «jugando a los médicos» o leyendo historias de piratas no tiene más probabilidades de ser un acosador o un delincuente que otro al que solo permitan lecturas o «juegos educativos» –¡cómo si todos los juegos no lo fueran!–). Por lo mismo, los niños no son «monos de repetición». Usan el lenguaje, la lógica y una imaginación desbordante para interpretar, analizar y hacer preguntas en torno a todo lo que ven y oyen. El problema, aquí, no son los «contenidos», sino la ineptitud o falta de tiempo de los adultos para –en lugar de embutirles la moralina convenida– dialogar con los más pequeños con atención y respeto, fomentando en ellos el juego en torno a las cuestiones morales que suscita cualquier buena historia sabiamente interpretada (y los cuentos tradicionales suelen ser en esto mejores que los planos productos didácticos que se venden con la intención expresa de fomentar determinados valores).
De otro lado, y aunque es loable que los progenitores se ocupen de manera sistemática de la formación moral de sus hijos, no lo es menos que se proteja a los críos de esos «padres-helicóptero» que tienen «control parental» sobre todo –desde lo que se hace en la escuela, al expreso sentido educativo de cada juego y actividad de ocio de sus vástagos–, sin dejarles margen para catar otros valores distintos al de la ortodoxia familiar. Pues justo de esos márgenes fuera de control, y de las contradicciones que en ellos se experimentan, se nutren la autonomía y el pensamiento crítico y se evitan la anorexia y la idiotez moral. Vean ustedes qué cuento prefieren.
Víctor Bermúdez, 'Freedom for' Caperucita, el periodico de extramadura 17/04/2019

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