El feixisme i la simbologia de l'esquerra.


Loewenstein no usa el término “ultraderecha” para hablar del fascismo. Tampoco recurre a la distinción entre derecha e izquierda. Pero si de acuerdo con su propuesta se piensa el fascismo no como una ideología, sino como una técnica de movilización de las emociones en la que tanto los conceptos como los símbolos tienden a tener un carácter instrumental, conviene no perder de vista estos conceptos antitéticos. Conviene fijarse, para empezar, en el lugar que pueden ocupar en la técnica fascista los símbolos de la izquierda. Recordar, por ejemplo, que el partido nazi se llamaba Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes. Que su bandera, que después convirtió en la nacional, tenía como base, bajo el disco blanco con la esvástica, una bandera roja, que era el símbolo por excelencia del movimiento obrero internacional. O que Hitler convirtió el primero de mayo, el día de lucha de este movimiento, en fiesta nacional. Estas operaciones de reciclaje simbólico permitían ensanchar y consolidar la base del fascismo reconduciendo hacia nuevas direcciones los sentimientos que estos símbolos despertaban entre aquellos que ideológicamente podían tender hacia el socialismo. Pero el fascismo no sólo reciclaba los símbolos. También reciclaba los conceptos. Como subraya y analiza Franz Neumann en Behemot (1942), el reciclaje del discurso de la izquierda marxista era precisamente uno de los rasgos más característicos del nazismo, que nunca perdía la ocasión de adaptarlo a sus propósitos y de presentarse en público como un movimiento anticapitalista que luchaba contra la “maldita plutocracia” especuladora.
No hay nada tan útil como los antagonismos cuando se trata de movilizar emociones. El primer objetivo estratégico que se plantearon los fascismos históricos era el de la reconducción de la fuerza movilizadora del gran relato de su principal adversario, el marxismo, que convertía la lucha de clases en el más relevante de los antagonismos políticos. La táctica que siguieron era la de separar retóricamente el ideal socialista de los socialismos de los partidos marxistas y persuadir que el socialismo tenía que ser nacional y no internacional porque la lucha entre el poder del dinero y el poder del trabajo no era un combate entre los capitalistas y los proletarios del mismo país, sino un lucha entre naciones. En Alemania, donde se hacía interpretar a Inglaterra y al judaísmo el papel de capitalistas que explotaban la Alemania trabajadora, esta táctica tuvo un éxito indudable y permitió a los nazis coger un impulso que el nacionalismo conservador, con un radicalismo inequívocamente de derechas, nunca habría logrado.
Josep Maria Ruiz Simon, Arqueología de Loewenstein (X), La Vanguardia 23/04/2019

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