Cervell i capacitat protèsica.



Nuestra tecnología, hoy más que nunca, nos revela las dificultades de localizar una frontera entre los procesos cerebrales y cognitivos basándonos solo en la clasificación orgánico-inorgánico o interno-externo. El término «protésico» se asocia automáticamente al contexto médico, pero en realidad se puede referir a cualquier extensión de nuestro propio cuerpo, desde la bazuca de un cíborg hasta la piedra tallada de un neandertal, que, añadiendo un apéndice de sílice a su cuerpo, es capaz de hacer, sentir y pensar de forma diferente. Podemos entonces entender por «capacidad protésica», de una especie o de un individuo, cierta capacidad de delegar funciones mecánicas, sensoriales o cognitivas, en elementos externos y ajenos al cuerpo, integrando estos elementos en sus propios esquemas personales. Una capacidad que sería de mucho interés para las atenciones de la selección natural, porque permitiría ir más allá de las limitaciones del cerebro. Nuestra tecnología amplía y potencia nuestras capacidades sensoriales (ver, oír...) y nuestras capacidades mentales (recordar, calcular, mapear, decidir...), que, sin embargo, dependen de estos elementos externos adjuntos.

Curiosamente, un modelo interesante para todo esto son... ¡las arañas! La tela de la araña es algo externo a su cuerpo, hecho por la misma araña, pero el sistema nervioso, sensorial y cognitivo de la araña necesita de la tela para completarse. La araña siente el mundo, entiende el mundo, razona sobre el mundo, y toma decisiones sobre el mundo, a través de un sistema continuo hecho por sus neuronas, sus órganos sensoriales, y sus hilos de seda. La tela es una continuación de su sistema nervioso, fuera del individuo. Sin tela, además, la araña se muere, porque su nicho ecológico y cognitivo depende de ella. Asimismo, nuestra tecnología es nuestra telaraña, pues nuestra cultura y nuestra cognición dependen estrictamente de ella.

El cerebro cabe en un cráneo, una mente puede que no. Siempre hemos pensado que el cerebro se parece a un ordenador, obviando el hecho de que igual la relación es inversa, es decir, que estamos diseñando nuestros ordenadores siguiendo, tal vez instintivamente, las reglas del cerebro. Y es curioso que, aun teniendo en cuenta las hipótesis sobre extensión cognitiva, la vieja analogía del cerebro computadora a lo mejor sigue aguantando perfectamente. Solo que en este caso sería un ordenador que, para funcionar, necesita de recursos adicionales (memorias externas, servidores lejanos y aplicaciones remotas) y puertos de integración de estas piezas adjuntas. La tecnología son los elementos que se quedan fuera de la caja del ordenador, y que de todas formas son partes activas e integradas del sistema informático y electrónico. Los puertos son el cuerpo, nuestras manos y nuestros ojos, interfaz activa y fundamental para organizar los flujos de entrada y de salida de la información. Y dentro de la caja está el cerebro, es decir, un microprocesador con un sistema operativo que establece las reglas. Podría funcionar por sí solo, pero solamente para cumplir con funciones limitadas. Y a la semana ya no estaría actualizado, quedándose incompatible con los cambios del mismo medio que lo ha generado y que, no lo olvidemos, lo sustenta.

Emiliano Bruner, Extendida Mente, Antropológica Mente. Investigación y Ciencia 11/02/2019

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