dimecres, 6 de juliol de 2016

Diferents formes que adopta el treball filosòfic.



Del mismo modo que la escritura de ficción modifica nuestro modo de entender el mundo a través de los relatos, la ciencia y la filosofía lo hace transformando nuestros conceptos. Hay una tradición filosófica que niega que la filosofía deba tocar nuestras concepciones. Su deber, sostienen sus seguidores, debe limitarse a analizar o simplemente mostrar los conceptos que constituyen nuestro lenguaje cotidiano. Esta tradición se denomina quietismo. Suele venderse en distintos sabores, pero los dos más extendidos son el quietismo analítico, que es una forma de filosofía analítica que explora las condiciones necesarias y suficientes de los conceptos tal como se dan en las intuiciones preteóricas, diarias, y el quietismo expresivista, y en particular una de las modalidades de mayor éxito actual que es la filosofía experimental. Par esta segunda corriente quietista, la filosofía debe limitarse a mostrar cómo los conceptos, en sus aplicaciones cotidianas, muestran lo que la gente piensa cuando los usa. El quietismo filosófico, en cualquiera de las dos modalidades, se opone a que la filosofía, en cuanto tal intervenga con alguna autoridad en nuestros usos cotidianos de los conceptos. Para el quietismo solamente las prácticas científicas o simplemente las prácticas sociales son los lugares donde se transforman los conceptos y el filósofo equivoca su tarea intentando sustituirlas. De entre los muchos autores que se alinean en este bando, Wittgenstein, al menos un cierto Wittgenstein ortodoxamente leído, sería el promotor más importante del quietismo.

El lado de quienes defienden que la filosofía tenga entre sus funciones modificar nuestros conceptos se suele denominar perfeccionismo, pues aspira a modificar positivamente aquellos de múltiples modos y con diversas técnicas y estrategias. A su vez, el perfeccionismo tiene dos grandes modalidades (como en la dicotomía anterior, quizás con diversas mezclas de sabor intermedias): el perfeccionismo teórico y el práctico. El teórico, como se puede imaginar, pretende la transformación de los conceptos a través de un trabajo teórico que se manifiesta, a su vez, en dos estrategias. Una, que solía llamarse “filosofía primera”, es la del trabajo puramente conceptual y aislado de cualquier consideración empírica. La gran tradición racionalista, por ejemplo Descartes y Kant, pertenecen a esta modalidad. Según ella, la filosofía tiene un campo que le es propio en el que su principal tarea es la de proponer definiciones que mejoren otras definiciones anteriores y por tanto las mejore. Por su parte, el perfeccionismo teórico naturalista sostiene que la filosofía es continua con las ciencias y con cualesquiera actividades conceptuales humanas, y está en continuo diálogo y controversia ayudando a perfeccionar lo que a veces son intuiciones confusas que emergen en el trabajo empírico. Quine, en el pensamiento contemporáneo y quizás Aristóteles y Hegel (bajo ciertas lecturas) podrían considerarse también como perfeccionistas teóricos naturalistas.

Disculpas por esta larga introducción porque lo que realmente me interesaba era hablar del perfeccionismo práctico. Concibe esta estrategia la labor filosófica como algo que no es ajeno a las prácticas humanas, sean intelectuales o directamente prácticas. El perfeccionismo práctico concibe pues la filosofía como una forma de práctica humana, donde los aspectos puramente escriturales no son ajenos, no pueden serlo al modo en el que el filósofo se asienta en el mundo a través de sus maneras de mirar, de escribir y hablar, de interactuar como persona en su contexto histórico y, en general, como parte de multitudes, comunidades y sociedades concretas que se mueven transformando el mundo y haciendo lo que llamamos historia.

Se dan también diversas modalidades de perfeccionismo práctico, y en alguna entrada futura trataré de analizarlas. Por ahora solamente citaré algunos filósofos y filósofas que se adscriben a esta estrategia. De entre los más conocidos, Antonio Gramsci, Simone Weil, Albert Camus o Hanna Arendt, ejemplificarían de forma representativa esta manera de entender la filosofía. Para quienes piensan así, la filosofía es continua con las prácticas humanas pero aspira a orientarlas mediante un trabajo que es a la vez conceptual y práctico. Todos los hombres son filósofos, sostiene Gramsci, pero no todos lo son de la misma manera. Hay una forma de filosofía de la praxis que aspira a perfeccionar los conceptos perfeccionando y transformando nuestras prácticas de las que emergen tales conceptos.

El perfeccionista práctico no puede diferenciar el activismo y la teoría. Para estas autoras hay que estar bien asentado en la historia para poder articular los conceptos en un sentido positivo. Los conceptos son las partes del lenguaje donde la humanidad deposita sus categorías y su conocimiento. A diferencia de los nombres o de los lexemas puramente gramaticales, los conceptos son a la vez depósitos de conocimiento e instrumentos de transformación del mundo. La activista, el activista que se integra en la sociedad o en la multitud, entra en controversias, transforma, educa, es educado, y cambia y es cambiado por la historia y profiere juicios como “lo llaman democracia y no lo es” está alterando a la vez los conceptos y las prácticas.

A cada modo de concebir la filosofía le suele ir adjunto una manera de trabajar filosóficamente y también un modo distinto de esperar lograr algo con ese esfuerzo. Hay quienes creen que el éxito académico y el filosófico están necesariamente correlacionados. Hay quienes creen que no. Hay quienes buscan solamente el primero, otros que buscan solamente el segundo (y si acaso el primero como medio de manutención) y están, por último, quienes creen que no hay perfección filosófica sin que haya también mejoramiento de las condiciones en las que habitamos el mundo.

Fernando Broncano, Activismo conceptual, El laberinto de la identidad 03/07/2016