dilluns, 4 de juliol de 2016

Els papers de Panamà i l'anell de Giges.



En una famosa escena de la película Casablanca, el gobernador de la plaza, el capitán Renault (Claude Rains), que recibía sistemáticamente sobornos del propietario del café “Rick’s” mediante manipulación de la ruleta que había en la trastienda, tiene que ordenar el cierre del café por indicación de los nazis alemanes. Rick (Humphrey Bogart) le pregunta que por qué le cierra el café, y el capitán Renault le contesta con todo el cinismo del mundo: “¡Qué escándalo! ¡He descubierto que aquí se juega!”.

Los nuevos capitanes Renault de todo el mundo han descubierto, haciendo grandes aspavientos, que en Panamá se estaban creando sociedades con fines de evasión fiscal. Menudo notición. El asunto mueve a risa porque la gran exclusiva del momento era cosa conocida por cualquiera que tuviese ojos en la cara.


El atractivo de sitios como Panamá es fundamentalmente la opacidad frente a terceros países. Y esta se busca no solo por razones fiscales. El variopinto abanico de personajes que han salido a la luz mediante los “Panama Papers” incluye personas públicas que, presumiblemente, han actuado guiados por muy distintos motivos.

Es enormemente llamativo que los propietarios de sociedades panameñas incluyan tal cantidad de personajes conocidos que podríamos hablar de un fenómeno ampliamente generalizado. Con exclusión, naturalmente, de aquellos que carecen de un patrimonio cuantitativamente relevante y de aquellos cuyos ingresos, por tener un férreo control fiscal en su origen, son de imposible ocultación al Estado.

Esta cuestión del ocultamiento a la mirada pública de rentas, patrimonio, o, hablando en un sentido más general, de actividades o datos privados, no es una cuestión ni mucho menos novedosa. En la civilización occidental hay constancia de esa problemática al menos desde el siglo V a.C. En efecto, Platón, en su diálogo La República, ya narró, con su genial habilidad para plantear los problemas políticos y morales en forma de mitos, el “mito del anillo de Giges”. El sofista Glaucón discute con Sócrates sobre qué es la justicia. Glaucón sostiene que la justicia no es algo bueno en sí, sino un compromiso social; algo intermedio entre lo mejor y lo peor: Al no tratarse de una virtud, los que cultivan la justicia no lo hacen voluntariamente, sino por impotencia de cometer injusticias. Tal vez Glaucón tenga razón, porque, ¿no es cierto que los que tienen sociedades en Panamá lo hacen porque pueden, y los que no las tienen es porque no pueden? Y Glaucón ilustra su tesis mediante la historia del pastor Giges, que encontró un anillo de oro con un extraordinario poder: quien se lo colocaba se volvía invisible. Cuando descubrió ese poder, Giges se introdujo en palacio, sedujo a la mujer del rey y después mató a este, y se apoderó del gobierno.

Glaucón concluye extrayendo la moraleja de que allí donde cada uno se ve capaz de cometer injusticias sin daño alguno para él, las comete. Y si alguien, teniendo el anillo de Giges pudiese cometer injusticias, apropiarse de los bienes ajenos, acostarse con la mujer que prefiriera y matar a quien quisiera o favorecer a quien le diera la gana, lo haría. Y si alguien con tal poder no hiciera estas cosas, los que lo supieran lo considerarían el hombre más tonto del mundo, aunque lo elogiaran en público.

No sé si habría que llegar al punto de suscribir totalmente la tesis de Glaucón. Pero pienso que cualquiera con cierta experiencia en el trato humano se da cuenta de que bastante razón tenía el sofista griego.

Emilio Lledó apunta que el mito de Giges representa el modelo moral de la sofistíca frente al modelo de buen ciudadano propugnado por Platón y Aristóteles: el ideal sofista es hacer en privado una cosa y en público otra. Pero lo cierto es que en las sociedades occidentales el modelo de vicios privados y virtudes públicas parece un elemento de base imprescindible para el mantenimiento de las instituciones democráticas, hasta el punto que el derecho a elegir cada uno su forma de vivir, sin que el poder público se inmiscuya en dicha forma privada de entender el mundo cada cual, se constituye como derecho fundamental de la persona. Si bien no podemos vivir en una sociedad en la que todos llevemos puesto en el dedo el anillo de Giges todo el tiempo, lo cierto es que también resultaría una sociedad de perfiles siniestros e indeseable una donde el ojo del Gran Hermano (otro mito, este más moderno, debido a Georges Orwell) esté siempre observando nuestros movimientos. Si no todo el tiempo, sí tenemos todos necesidad de poder ponernos el anillo de Giges de vez en cuando.

De ahí el motín que se le montó a Carlos III y a su ministro Esquilache, al pretender que los madrileños vistieran capa corta, sin embozo, y sombrero de ala corta. Los madrileños reaccionaron enérgicamente. Es obvio que el discurso de Esquilache era falaz: que todo delincuente se embozara no quiere decir que todo el que se embozara fuese un delincuente. Tal vez el embozado solo quería visitar a su amante sin que todo el barrio se enterase de su relación. Que un atracador de Bancos lleve disfraz para no ser reconocido no significa necesariamente que todo el que va disfrazado sea un atracador de Bancos. Pero la falacia de Esquilache, que no tuvo aceptación en el siglo XVIII, parece haber cuajado en las sociedades occidentales contemporáneas.

Nos encontramos aquí con dos principios básicos de las sociedades democráticas contemporáneas que entran en conflicto. El desarrollo del Estado del Bienestar lleva a considerar un principio fundamental el de la obligación de contribuir a los gastos públicos; ese principio, para hacerse efectivo precisa del acceso de la Administración Tributaria a muchísimos, a ser posible todos, los datos de sus ciudadanos, para evitar que estos se pongan el anillo de Giges fiscal.

Pero, a la vez, se reconoce como un derecho fundamental el derecho a la intimidad personal. ¿Pueden, realmente, conciliarse ambos principios? Posiblemente no. Podemos hablar, con Glaucón, de la justicia como un compromiso entre dos principios incompatibles. Pero será un compromiso inestable, pues la tensión entre ellos siempre tendrá tendencia a inclinarse hacia uno de los lados, en detrimento del otro. En el Estado omnipotente de nuestro tiempo, es notorio que el derecho a la intimidad se está viendo arrasado por las necesidades financieras del creciente gasto público. Si en el siglo XVIII el pueblo madrileño hizo que Esquilache se batiera en retirada, hoy en día Esquilache finalmente ha vencido.

Y, como sostenía Glaucón en el siglo V a.C., todos, en público se echan las manos a la cabeza, criticando acerbamente a aquellos a los que la tijera de Esquilache, recortándoles la capa y el sombrero, ha dejado a cara descubierta en la plaza pública. Pero seguramente Glaucón tenía razón cuando decía que, aunque se afirme eso unánimemente en público, en realidad todo el mundo piensa en privado que si, pudiendo tener una sociedad en un paraíso fiscal, no la tienes, es que eres tonto de remate.

Decía Kant que solo el hombre es un ser moral, porque está siempre a punto de caer en la tentación de dejarse llevar por su interés particular y propio, y no seguir, por tanto, los dictados de la buena voluntad. Dios, que siempre actúa conforme a la buena voluntad y no conforme a un interés contingente y privado, no es un ser moral: es un ser “santo”. Por eso el obrar moral del hombre tiene tanto valor: porque puede elegir entre obrar bien u obrar mal, y eso no es fácil. Pero como no somos “santos”, no hay por qué escandalizarse por la existencia de Panamás en el mundo: lo raro sería que no existiesen, pues indicaría que todos somos santos. Se puede pretender que todos obremos conforme a la moral a fuerza de palo y sanción; pero eso no nos hará santos y, por tanto, siempre se hallará alguna salida para el obrar inmoral. Tanto más cuanto que, acostumbrados a actuar de cierta forma no por amor a la virtud, sino por las sanciones, amenazas y coacciones del poder público, que reglamenta exhaustivamente nuestras vidas, hemos perdido ya el hábito del obrar bien por la propia voluntad.

Jesús M. Morote, El anillo de Giges hallado en Panamá, La galería de los perplejos 04/07/2016

Puntos de apoyo:

Platón: República

Emilio Lledó: “Introducción” a Ética Nicomáquea / Ética Eudemia (edición a cargo de Pallí Bonet, editorial Gredos)

Inmanuel Kant: Kritik der praktischen Vernunft (Crítica de la razón práctica)