Política: la frontera entre la moral i la norma.







Si entendemos la política no solo como la organización de los poderes públicos, sino como aquello que nos permite vivir juntos, sabremos que sin política no hay convivencia posible. Hannah Arendt lo sintetizó diciendo que la política es lo que ocurre entre nosotros. No es una propiedad del individuo, sino el espacio que se abre cuando actuamos y hablamos en común. Por eso su sentido último, recordaba ella, es la libertad. Si solo queda desconfianza, ese espacio se cierra. Uno me sostiene la escalera mientras cambio la bombilla. Otro me cede el asiento en el autobús cuando me ve embarazada. Nos pueden fallar Zapatero, Rajoy o el alcalde de Almería, pero no podemos concluir que “todos son iguales”, porque esa frase acaba reconociendo, sin querer, que “todos somos iguales”. Que no hay diferencia entre servir y servirse, entre cumplir y abusar. Hemos de ser críticos e implacables con quienes ensucian con apaños la confianza depositada en ellos. Sin duda. Pero déjenme ser ingenuo y sostener, aunque sea porque no queda otra, que necesitamos seguir creyendo en que hay otra manera de hacer política.

El componente ético es imprescindible, y conviene no confundir sus planos. Max Weber distinguió la ética de la convicción, aquella que juzga la pureza de las intenciones y los principios, de la ética de la responsabilidad, la que responde por las consecuencias de las decisiones tomadas en nombre de todos. Pero Weber añadió que conviene diferenciar quien vive para la política de quien vive de la política. Quien se sirve del cargo para enriquecerse, o para enriquecer a los suyos, cruza esa frontera. Cuando aparece la fotografía de unas joyas, los planos se nos mezclan. Se confunde el Zapatero persona con el Zapatero presidente. Se confunde la sospecha sobre cómo se gestionó la frontera entre lo privado y el cargo con el balance del dirigente que impulsó normas y políticas que muchos siguen considerando beneficiosas para el país. No es lo mismo. La ética de la convicción interpela a las acciones individuales. La de la responsabilidad nos permite juzgar las acciones colectivas que, en un momento dado, encarnó quien fue elegido para representarnos. Lo que nos falla es justamente la delimitación de esos dos espacios, y la constante confusión entre conductas, resultados e instituciones.

Aquí Norberto Bobbio resulta un guía precioso. Definió la democracia como “el gobierno del poder público en público”. El poder legítimo es el que se ejerce a la vista de todos. La corrupción es exactamente lo contrario, la reaparición de ese poder invisible que Bobbio señalaba como una de las promesas incumplidas de la democracia, con decisiones públicas tomadas en la sombra de las que alguien extrae un beneficio privado. Por eso conviene separar bien los registros. Los casos de corrupción tienen, sin duda, connotaciones morales, pero su persecución no deriva de un juicio sobre la virtud de nadie, sino de la ilegalidad de unas decisiones de las que se obtuvo provecho propio o para allegados. Son cosas distintas, con campos de enjuiciamiento distintos, y mezclarlas nos incapacita para entender qué nos está pasando.

Es ahí, en la frontera entre la moral y la norma, donde creo que deberíamos concentrar el esfuerzo. Porque el reproche moral, por sí solo, ni previene ni resuelve. Lo que hace es alimentar el ruido y, a la larga, el “todos son iguales”. Hay mucha indignación pero falta delimitación. Tenemos vacíos que la confusión llena de sospecha. ¿Qué estatuto regula a la pareja de quien ocupa la presidencia? Hoy, prácticamente ninguno; y ese vacío permite tanto el posible abuso como la persecución indiscriminada ¿Qué derechos y qué obligaciones acompañan a la condición de expresidente? No faltan modelos de los que aprender. Francia, que hasta 2016 fijaba los privilegios de sus expresidentes mediante una simple carta, los reguló por decreto para someterlos a transparencia y a límites temporales ¿Qué ocurre con los obsequios que se reciben en el ejercicio de un cargo? En los regalos la distinción es vieja y sencilla en otros lugares. En el Reino Unido el regalo protocolario pertenece a la institución, no a la persona, y debe registrarse, valorarse y depositarse.

No se trata de moralizar la ley ni de juridificar la conciencia. Se trata de lo contrario: de dotarnos de normas específicas, sobrias y exigibles, precisamente para liberar al juicio moral de aquello que puede y debe resolver una regla clara. Cuando hay norma, hay también un criterio público que nos protege a todos. La indeterminación, en cambio, solo beneficia a quien quiere pescar en río revuelto. Nos jugamos mucho en esto. Necesitamos más y mejor política. Reivindicar la política hoy es reivindicar la posibilidad de la libertad. La política sigue teniendo sentido precisamente por la experiencia acumulada que nos dice que la antipolítica solo conduce a la aniquilación de la posibilidad de vivir en libertad y en comunidad. Distinguir, delimitar, dar reglas es una forma muy concreta de seguir confiando en que hay otra manera de hacer política.

Joan Subirats, ¿Tiene la política todavía algún sentido?, eldiario.es 15/06/2026 


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