Leon Festinger i la dissonància cognitiva.
Según una tuitera, yo debería haber muerto el 31 de mayo, igual que otros siete mil millones de personas. El mensaje es del 10 de febrero, pero por suerte no lo vi hasta hace unos días porque menudos cuatro meses más malos habría pasado. La tuitera, @maryaamss_, advertía de que las personas vacunadas de covid no llegaríamos a junio. Y daba una fuente: “La BBC lo ha confirmado”.
Recordemos otro fin del mundo a modo de ejemplo: según los cálculos del estadounidense William Miller, la mañana del 22 de octubre de 1844 sería el día de la segunda venida de Cristo y, por tanto, del juicio final. Pero el 23 de octubre se dieron cuenta de que Cristo tenía otros planes. La mayoría renunció a las creencias de Miller, pero algunos se negaron a admitir el error y prefirieron justificarse con la idea de que esa era la fecha en la que Jesucristo había comenzado a juzgarnos. Así fundaron la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que en la actualidad cuenta con más de 20 millones de miembros que creen que el fin está (más o menos) cerca.
El mundo tampoco terminó el 21 de diciembre de 1954, que es la fecha que anunció Marian Keech para una catástrofe mundial de la que se salvaría su grupo de fieles, a quienes rescataría una nave espacial. El psicólogo Leon Festinger decidió seguir a este grupo y el 22 de diciembre constató un comportamiento similar al de los adventistas: los seguidores de Keech más comprometidos con la causa, los que habían vendido sus propiedades confiando en que dejarían el planeta en platillo volante, aumentaron su fe en raptos futuros.
Festinger inició así los estudios sobre la disonancia cognitiva: cuanto más nos comprometemos con una idea, más nos cuesta renunciar a ella por muy evidente que sea nuestro error. Hacemos toda clase de malabares mentales para rechazar los datos que nos contradicen o para reducirlos a excepciones y mentiras.
La disonancia cognitiva no es algo que pase solo a gente metida en sectas o a víctimas de teorías de la conspiración: nos afecta a todos y nos afecta todos los días. Siempre tenemos excusas a mano para justificar nuestro comportamiento, ya sea encender otro cigarrillo o tirar un papel al suelo.
Y en política la cosa es terrible. Un estudio publicado el pasado marzo en el Journal of Social and Political Psychology muestra que tendemos a rechazar o a intentar explicar las acusaciones de corrupción dirigidas a políticos que apoyamos, asegurando que son mentiras, que no tienen importancia o que todos los políticos son iguales. El estudio se hizo con seguidores de Trump. Sí, sé que Trump nos parece a todos un caso especial, y lo es, pero nosotros no lo somos y por eso caemos en estas actitudes y excusamos los errores de los nuestros con alegría mientras condenamos los ajenos sin dificultad.
Jaime Rubio Hancock, Deberíamos estar todos muertos, El País 11/06/2026
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