Organitzacions paramilitars i efecte mobilitzador.


En La democracia militante y los derechos fundamentales (1937), la prioridad de Loewenstein es reflexionar sobre cómo pueden prevenir las democracias liberales la llegada al poder de quienes usan esta técnica. Y, por ello, se fija sobre todo en los procedimientos seguidos por los movimientos fascistas cuando querían lograr este resultado. Uno de estos procedimientos era la formación de organizaciones paramilitares. Como se señala en el artículo, estas organizaciones, que en general nacían con el pretexto de la autodefensa, tenían como primer objetivo poner en escena una fuerza que, incluso sin necesidad de recurrir a la violencia física, actuaba como fuente de intimidación o de tensión emocional. Pero su principal efecto movilizador lo conseguían por medio de la explotación de los conflictos que resultaban de sus episodios de desobediencia a las autoridades, unos episodios que sí solían degenerar en situaciones violentas y se usaban para alimentar los sentimientos de persecución, traición, martirio y heroísmo.
Como recuerda Amadeu Hurtado en Quaranta anys d’advocat, este método, que desgraciadamente se había revelado tan eficaz en otros lugares de Europa, también llegó a España hacia 1933. Fue entonces cuando se fundó Falange Española. Pero, según Hurtado, este no fue un hecho aislado y en Catalunya, “donde los fascistas se mostraban más confiados en hacer progresos”, era en Estat Català. El líder de sus Juventudes, Josep Dencàs, que estaba obsesionado con la idea de que en Catalunya hacía falta un partido único y que entonces era conseller de la Generalitat, recicló los Escamots, fundados años antes, para organizar, con Miquel Badia, el célebre “capità collons”, una milicia de combate que, entre otras cosas, se dedicaba a intimidar a los periodistas críticos con su partido y a amenazar a quienes se habían mostrado “poco adictos en conversaciones de peñas y cafés”. La influencia de esta corriente llegó a su punto álgido durante los Fets d’Octubre de 1934, que acabaron con todo el gobierno de la Generalitat, menos Dencàs, en la prisión, unos hechos que, según Hurtado, dieron a quienes querían cargarse la República un empujón decisivo.
En Quaranta anys d’advocat se da una visión del fascismo como técnica parecida a la de Loewenstein. La imagen que se presenta de Estat Català ofrece un nuevo horizonte desde donde observar tanto el fenómeno del fascismo histórico como el de sus posibles reflejos históricos o contemporáneos. Desde este horizonte, cabe preguntarse cómo afecta al sistema político en general y a los movimientos que recurren a él en particular el recurso a esta técnica o a métodos que se pueden interpretar como aplicaciones o versiones de esta técnica.
Josep Maria Ruiz Simon Arqueología de Loewestein (IV), La Vanguardia 11/03/2019

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