Contra la tecnificació de la ciència.



Con toda razón, Dominique Raynaud distingue la tecnología, o diseño de artefactos, de la ciencia, o estudio de la realidad. Mientras la primera diseña nuevas cosas posibles y busca la utilidad práctica, la segunda busca verdades acerca de lo existente. Pero la tecnología contemporánea, a diferencia de la técnica artesanal, como la que guía la construcción de muros, muebles o vestimentas, hace uso intensivo de la ciencia. Por ejemplo, los computadores habrían sido imposibles sin la física del estado sólido, que a su vez se funda en la mecánica cuántica, henchida de matemática inicialmente pura.

A continuación, Raynaud distingue dos actitudes ante la tecnología: la tecnofobia y la tecnofilia. Y ambas actitudes se adoptan, ya con moderación, ya con fanatismo. Por ejemplo, el teólogo Jacques Ellul era un tecnófobo fanático, ya que no distinguía entre tecnologías buenas y malas. En cambio, el escribidor Martin Heidegger era ambiguo sobre la cuestión, ya que, si bien ensució muchas cuartillas con sus ataques a la tecnología, seguramente admiraba la tecnología militar alemana, desde los misiles hasta los campos de exterminio, ya que fue un fervoroso nazi desde el principio hasta el fin.
Hoy día, los tecnófilos más visibles son quienes sostienen que hay tecnologías capaces de contrarrestar todos los aspectos negativos del progreso tecnológico. Raynaud cita dos casos francamente cómicos. El primero es el de los economistas que hablan de geoingeniería, aún nonata, y de los tres filósofos morales que calcularon exactamente que la crisis del calentamiento global se resolvería con disminuir en un 15% la estatura de la gente, hazaña que podría lograr la ingeniería genética.
El segundo caso de tecnofilia fanática o tecnupidez es la afirmación del famoso matemático John von Neumann de que estamos a punto de alcanzar la “singularidad esencial”, el punto en el que los inventos serían obra de robots, no de personas. El prestigio de Von Neumann era tal que en 2008 inspiró la fundación de la Singularity University, subvencionada por la NASA y por empresas de la talla de Google, Cisco, Nokia y Genentech.
En resumen, Raynaud confirma la tesis de que la tecnología avanzada utiliza ciencia de punta, y no viceversa. Esta conclusión refuta las tesis pragmatistas, en particular marxistas, sobre las relaciones entre conocimiento y acción, y entre ciencia e industria. Más aún, Raynaud califica de tóxica para la propia tecnología la política utilitarista de dar prioridad al “desarrollo” (traducción tecnológica) sobre la investigación básica, ya que todas las innovaciones tecnológicas han utilizado conocimientos básicos.
Raynaud también refuta la difundida afirmación de que los laboratorios Bell fueron una “fábrica de premios Nobel”. Lo cierto es que en ellos trabajaron siete premios Nobel, menos que los que trabajaban en las universidades de California, Stanford y Harvard, tantos como en el MIT y sólo uno más que en Princeton, Columbia y el Lebedev de Moscú. Además, ¿dónde se formaron los Nobel de la Bell y de la IBM, sino en universidades?
Es verdad que Thomas Alva Edison, Bill Gates y Steve Jobs tienen fama de tecnólogos pese a que no ganaron títulos universitarios. Pero ¿es justificada esa fama? Hay quienes argumentan que, lejos de ser grandes inventores, los tres fueron grandes empresarios caracterizados por su astucia, su audacia y su empuje. Este libro suministra argumentos en favor de la política científica que han apoyado todos los investigadores y casi todos los estadistas progresistas: fortalecer la investigación básica, aumentando la inversión estatal en ella, y desoír los consejos de los partidarios del descuido o la comercialización de la ciencia.
Mario Bunge, prólogo al libro ¿Qué es la tecnología? de Dominique Raynaud

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