Avorriment i revolta.



Recordemos que una de las reivindicaciones que están en el origen de la insurrección es el acceso de los estudiantes a las residencias femeninas en el campus de Nanterre. Y que, con carácter general, el protagonismo de los estudiantes no puede pasarse por alto. En una conferencia impartida en Ginebra en 1969, recién publicada en España con el título de La libertad, ¿liberal o libertaria? , Raymond Aron señala que «los estudiantes, por su número mismo, por su modo de vida al margen de la sociedad y de sus obligaciones, conservan una especie de disponibilidad». El filósofo político francés, quien subrayaría más tarde el papel del tedio gaullista en la génesis del 68, añadía que esos mismos estudiantes estaban ya educados en unos valores liberales que facilitaban la rebelión en su propio nombre. En los Souvenirs de la revolución de 1848, Alexis de Tocqueville parece, por su parte, prefigurarlos al escribir que «son los mozuelos de París los que, por lo general, emprenden las insurrecciones, y suelen hacerlo alegremente, como escolares que se van de vacaciones». Más tarde, en los años setenta, Richard Löwenthal describiría el movimiento estudiantil alemán como una «recaída romántica», suerte de rechazo del exceso de racionalidad denunciado por Herbert Marcuse y demás miembros de la Escuela de Fráncfort: demasiado orden. Nada sorprendente si pensamos que el idealismo político, por razones elementales, es patrimonio de los jóvenes; son ellos, en fin de cuentas, quienes, al desconocer aún la vida, pueden proyectar sobre ella un ideal que alguien más experimentado se cuidaría mucho de sostener.
Hablamos, por tanto, del atractivo existencial de la revolución. Sería éste más primordial que muchas de sus causas aparentes. En el caso del Mayo francés, el ímpetu revolucionario puede denotar un anhelo por lo extraordinario en una era de desencantamiento representada por De Gaulle y el traje de corbata. Algo que, dicho sea de paso, ha sido también visible en la insurrección del nacionalismo catalán, desempeñando la república independiente el papel de «utopía disponible» (en expresión de Marina Subirats) para los descontentos de todas las familias ideológicas. Se pone de relieve con esto la importancia que tiene la dimensión afectiva de los fenómenos colectivos. De nuevo Tocqueville: «Las revoluciones nacen espontáneamente de una enfermedad general de los espíritus, llevada, de pronto, al estado de crisis por una circunstancia fortuita que nadie ha previsto». En propiedad, el aburrimiento no sería exactamente ni una emoción ni un sentimiento, sino un estado de ánimo: la sensación de que la realidad que tenemos a mano ha agotado sus posibilidades. Más o menos lo que debían sentir quienes, declarada la Primera Guerra Mundial, salieron a las calles a celebrarlo, depositando así en la contienda la esperanza de una revitalización del espíritu por medio de la acción; un eco, acaso, del fascista «vivir peligrosamente».
Que el aburrimiento puede llevar a la revolución, o que la revolución puede tener como fin acabar con el aburrimiento, es la hipótesis explorada por el politólogo norteamericano Aristide Zolberg en «Moments of Madness», artículo aparecido en 1972 en la revista Politics & Society. Zolberg trata ahí de responder a una pregunta que nuestra época ‒todas‒ encontrará de la máxima urgencia:
Si la política es «el arte de lo posible», ¿qué hacer de esos momentos en que los seres humanos que viven en sociedades modernas creen que «todo es posible»? [...] Acontecimientos en los que cae el muro que separa lo instrumental de lo expresivo.
 En todos estos episodios históricos, sugiere Zolberg, parece confirmarse la plausibilidad de la queja de Marx contra los socialistas utópicos. Éstos, empeñados en acabar con el aburrimiento mediante un cambio en la forma de vida del individuo, perdieron de vista que la democracia daba a la historia un fastidioso aire escolar. Por el contrario, la historia es drama ‒a la manera hegeliana‒ y el arte no basta para hacer la revolución. Esta tensión es la misma que existe entre la política y el arte, es decir, entre los aspectos instrumentales y expresivos de la vida contemporánea. Por ello, sugiere Zolberg, quizá la mala prensa de los «momentos de locura» propios de la revolución no esté del todo justificada. Es verdad que el entusiasmo político suele provocar una represión burguesa que, a su vez, desemboca tarde o temprano en la restauración del aburrimiento. Sin embargo, Zolberg cree que eso no desacredita el utopismo como estrategia de cambio social y político; por el contrario, puede hacernos olvidar que los logros políticos más duraderos puedan alcanzarse quizás únicamente «a través de la suspensión de la incredulidad en lo imposible que caracteriza los momentos de locura». En ellos surgen nuevos conceptos e ideas, anclados en las redes de nueva creación que se forman durante su desarrollo, hasta terminar por institucionalizarse como objetivos sociales a largo plazo. ¡Bendito aburrimiento! Zolberg sintetiza así su tesis:

Estos momentos no acaban con la distancia entre el presente y el futuro, como desearían aquellos que los experimentan. En ese sentido, momentos como la locura parisiense y otros similares son siempre un fracaso. Pero todos ellos acortan radicalmente esa distancia; en ese sentido, son milagros exitosos. Tal vez sean necesarios para la transformación política de las sociedades, especialmente una vez que han quedado establecidos los fundamentos de la modernidad.
No tengo aquí espacio para comentar por extenso esta atractiva y problemática idea. Atractiva debido a su carácter cuasiapocalíptico, que parece convalidar las tesis de la izquierda académica sobre el tiempo paulino como momento de revelación de lo extraordinario en lo ordinario. Y problemática porque la revolución no puede cumplir el mismo papel contra los gobiernos no democráticos que dentro de las sociedades democráticas. Tal como se ha dicho antes, el entusiasmo político es un sentimiento que puede arrastrarlo todo a su paso, movido como está por su impulso inicial. Escribiendo sobre la fenomenología de la revolución, John Lejeune ha advertido sobre esta inerradicable ambigüedad, reparando en la línea tan delgada que separa el entusiasmo moral del fanatismo abstracto y destructivo. No olvidemos que el acelerador de la historia puede atascarse fácilmente cuando se aprieta demasiado a fondo.
En sociedades democráticas que establecen mecanismos razonables para su transformación ordenada, pues, la revolución no puede ser sino un accidente: quizás un hermoso accidente. Y ello por comprensible que sea la atracción que ejercen los «momentos de locura» sobre quienes ven el fracaso de las utopías modernas como la institucionalización de la frustración política. Es decir: como la confirmación de que, por mucho que deseemos que las cosas sean «otras» y creamos que «todo es posible», ni todo lo es, ni podemos dar la vuelta a la sociedad como a un calcetín. Aunque nos aburramos.
Manuel Arias Maldonado, Revolución y aburrimiento, Revista de Libros 23/05/2018






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