El procés de desmaterialització de la moneda Giorgio Agamben).




Existen señales de los tiempos (Mt., 16, 2-4) que, incluso si son evidentes, los hombres que las observan en los cielos no consiguen percibirlas. Se cristalizan en acontecimientos que anuncian y definen la época que viene, acontecimientos que pueden pasar inobservados y no alterar en nada o casi nada la realidad a la que se agregan y que, sin embargo, justamente por eso valen como señales, como índices históricos, semeia ton kairon.
Uno de estos acontecimientos tuvo lugar el 15 de agosto de 1971, cuando el gobierno estadounidense, bajo la presidencia de Richard Nixon, declaró que la convertibilidad del dólar en oro quedaba suspendida. Si bien esta declaración señala, de hecho, el fin de un sistema que había vinculado largamente el valor de la moneda a una base áurea, la noticia, recibida en medio de las vacaciones de verano, suscitó menos discusiones de cuanto fuera legítimo esperar. No obstante, a partir de ese momento, la inscripción que se leía en muchos billetes (por ejemplo en la libra y en la rupia, pero no en el euro): «Prometo pagar al portador la suma de…», refrendada por el gobierno de la Banca central, había perdido definitivamente su sentido. Esta frase significaba ahora que, a cambio de ese billete, la banca central habría proporcionado a quien hubiera solicitado (suponiendo que alguien hubiera sido tan tonto para hacerlo) no una cierta cantidad de oro (para el dólar, un trigésimo quinto de una onza), sino un billete exactamente igual. El dinero se había vaciado de todo valor que no fuera puramente autorreferencial. Tanto más asombrosa la facilidad con la que el gesto del soberano estadounidense, que equivalía a anular el patrimonio áureo de los poseedores de dinero, fue aceptado. Y si, como ha sido sugerido, el ejercicio de la soberanía monetaria por parte de un Estado consiste en su capacidad de inducir a los actores del mercado a emplear sus deudas como moneda, ahora también esa deuda había perdido cualquier consistencia real, se había vuelto puramente papel.
El proceso de desmaterialización de la moneda había comenzado muchos siglos antes, cuando las exigencias del mercado llevaron a acompañar a la moneda metálica, necesariamente escasa y difícil de manejar, con letras de cambio, papel moneda, juros, Goldsmiths’ notes, etc. Todas estas monedas impresas son en realidad títulos de crédito y son denominadas, por esto, monedas fiduciarias. La moneda metálica, en cambio, valía —o habría tenido que valer— por su contenido de metal preciado (sin embargo, como es sabido, inseguro: el caso límite es el de las monedas de plata acuñadas por Federico II, que apenas usadas dejaban que se vislumbrara el rojo del cobre). Sin embargo, Joseph Schumpeter, que vivía, es cierto, en una época en la que la moneda en formato de papel había superado a partir de entonces a la moneda metálica, pudo afirmar no sin razón que, en última instancia, todo el dinero es sólo crédito. Después del 15 de agosto de 1971, se debería añadir que el dinero es un crédito que se funda solamente en sí mismo y que no corresponde a nada más que a sí mismo.

Giorgio Agamben, El capitalismo como religión, Artillería Inmanente 26/05/2018

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