divendres, 18 de novembre de 2016

Isaiah Berlin: la necessitat d'escapar de les síntesis totalitzants.

Resultat d'imatges de zorros y erizos

A Berlin le gustaban las metáforas, así que en algún momento, aplicando la imagen a una comparación entre Tolstói y De Maistre, redujo las diferencias entre los muchos ejemplares de la fauna intelectual a dos arquetipos, el erizo y el zorro, la especie de quienes lo someten todo a una visión única o a un valor supremo y aquélla que sabe de las dificultades para contentar a los dioses caprichosos del panteón politeísta. «El zorro sabe muchas cosas; el erizo sólo una, aunque grande», es como lo decía Arquíloco, de quien está tomada la imagen. A mi entender, toda esa filigrana primorosa de la erudición berliniana se propone tan solo desarrollar esa idea, que seguramente le asaltó ya al comienzo de su carrera intelectual: (...) la necesidad de escapar de las síntesis totalizantes.

Según él, el hito decisivo en la historia del pensamiento occidental es la aparición de la mente romántica. Hasta entonces, toda la actividad intelectual se había orientado a la filosofía perenne, es decir, a la convicción de que todos los problemas básicos que se refieren a la naturaleza y el propósito de la vida tienen solución. En definitiva, el pensamiento occidental o la tradición judeocristiana pueden resumirse en lo siguiente: a) que todas las preguntas tienen una respuesta pues, si no la tienen, no son verdaderas preguntas; b) que esas respuestas pueden ser conocidas, y c) que las respuestas han de ser compatibles entre sí, pues, de otro modo, se generaría el caos. Los defensores de esta tradición, los erizos, dominaron el panorama intelectual hasta finales del siglo XVIII y sus sucesores se cuentan todavía hoy entre nosotros. Berlin les pone muchos nombres.

Con el movimiento romántico, los zorros entraron en ese gallinero y no dejaron títere con cabeza. (...) Así se cerraba una tarde de eso que los ociosos reputamos como lo más cercano a la felicidad: el descubrimiento de una nueva manera de ver las cosas, aunque no acabe de convencernos cabalmente.

El romanticismo no se fía de los erizos. La versión de la filosofía perenne que los zorros románticos tenían más a mano, la de la Ilustración, si acaso, les erizaba los cabellos. Con los ilustrados, ese grupo de convicciones arriba resumido había encontrado una expresión particular y compacta. Las respuestas a nuestras preguntas básicas existen, pero no pueden encontrarse en la revelación o en la tradición. Sólo la razón humana puede hallarlas, ya sea al modo deductivo de las matemáticas, ya al inductivo de las ciencias naturales. Los ilustrados iban aún algo más allá. Esos mismos métodos eran también de general aplicación a todas las cuestiones morales y políticas, las de cómo vivir y de cómo gobernarnos, cosas que tradicionalmente habían dado muchos quebraderos de cabeza a quienes se proponían contestarlas. Pero, sométaselas a la razón, aplíqueseles el método científico y, hale hop, los problemas más arduos se deshielan y se hacen maleables.(...)

Los erizos han demostrado una gran capacidad para generar y alentar regímenes políticos opresivos, en los que toda discrepancia era severamente perseguida. Opresividad que se ha acrecentado con el aumento de la solidaridad mecánica y la tecnificación de la vida social para llegar a convertirse en tiranía en el caso de los regímenes que se legitimaban con el marxismo. A los románticos les debemos cosas como la idea de la irrenunciable equivocidad de los fines, o la de la libertad del artista y, en definitiva, de todos los humanos individualmente considerados, o la de que no puede existir una misma respuesta para todos los problemas humanos, que los valores son plurales y aun incompatibles, como bien sabían los gnósticos. En fin que, como resumiría Billy Wilder, nadie es perfecto. Frente a las aspiraciones a una verdad eterna, incluso en esa versión moderna de la ingeniería social que igual vale para un roto que para un descosido; frente a la quimera de que todos habremos de concurrir en los mismos valores, la hora de los zorros llegó como una bocanada de saludable aire fresco. O al menos, eso es lo que sostiene Berlin. «El resultado del romanticismo, pues, es liberalismo, tolerancia, decencia y comprensión de las imperfecciones de la vida; un sí es, no es de superior autoconciencia racional» (Las raíces del Romanticismo, pág. 147).

Berlin convierte a su filosofía de la historia en una celebración del dualismo. A un lado, sin duda el de los réprobos, están los erizos; al otro, los zorros cuya mera existencia nos recuerda lo saludable de la tolerancia. Algo similar sucede con sus dos conceptos de la libertad, el negativo o la libertad en cuanto ausencia de coerción y el positivo o la libertad como deseo de ser dueños de nosotros mismos. Mientras que la segunda, por vericuetos que han de ser ahorrados, acaba por desembocar en un monismo ericeño, la primera, con su recurso al individualismo parece más reconfortante.

Julio Aramberri, El zorro, el erizo y la vieja Europa, Revista de Libros 01/12/2001