divendres, 25 de novembre de 2016

A qui s'adreça l'esquerra?

Resultat d'imatges de ¿A quién se dirige la izquierda?

Hillary Clinton llamó a la mitad de los votantes de Trump “un cesto de desperdicios”. En todas las discusiones que he tenido con “izquierdistas” estadounidenses, se me ha explicado que los seguidores de Trump en su mayoría son hombres blancos poco educados. Sin embargo, soy lo bastante viejo para recordar una era en la que todos los partidos de izquierdas, socialistas o comunistas, e incluso demócratas estadounidenses, estaban basados en los trabajadores, en la “clase trabajadora” o en el “hombre común”. Nadie pensaba en averiguar si tenían licenciaturas universitarias o en investigar si sus opiniones eran o no políticamente correctas en temas como racismo, sexismo u homofobia.

Lo que definía a los trabajadores como objetos del progresismo era su condición común como explotados y no algún tipo de ortodoxia ideológica o pureza moral.

Hacia fines de los años 70 tuvo lugar un gran cambio dentro de los partidos de izquierdas. Fueron dominados cada vez más por académicos y su ideología cambió radicalmente con respecto a la izquierda clásica.

Lejos de intentar establecer alguna forma de socialismo, o meramente de justicia social, la izquierda pasó a ser la campeona de la lucha por la igualdad de oportunidades, en contra de la discriminación y los prejuicios y –con el auge de la globalización– la apertura de los mercados.

El héroe más o menos mítico de la izquierda ya no era el proletariado sino el marginal, el inmigrante, el extranjero, el disidente o el rebelde –incluso si se trataba de un fanático religioso con el que nada tendría que ver un intelectual de izquierdas. Uno recuerda cómo se mofaba Jean-Jacques Rousseau de aquellos que pretenden amar a los tártaros para evitar amar a sus vecinos.

Poco a poco se formó una nueva alianza de clase: el uno por ciento como se la llama, o de forma más realista el rico diez por ciento que se beneficia de la globalización está aliado con la intelligentsia de clase media para vendernos la globalización en nombre de la “apertura a los otros” y que agitan el espectro del racismo el sexismo para atraer a minorías y ciertas feministas (puesto que aunque las mujeres no son una minoría, ciertas demandas feministas son similares a las de las minorías).

Pero esta alianza era extremadamente antinatural en términos socio-económicos, porque las principales víctimas de la globalización son los trabajadores menos cualificados, a menudo mujeres o miembros de minorías.

El sesgo a favor de la globalización de la izquierda fue extraviándose paso a paso. Primero renunció a hacer ningún esfuerzo para regular la economía, conformándose con que iban a compartirse justamente los frutos del crecimiento si se asegura la “igualdad de oportunidades”. Pero en el mundo real, las desigualdades crecieron más que la economía.

También imaginaron que podía ser abolida la ley internacional, y que cierta “comunidad internacional” –en la práctica los Estados Unidos y sus aliados– podría mantener el orden mundial con medios militares. De nuevo, en el mundo real esto sólo creó caos, refugiados y resistencia al orden estadounidense. De hecho, a largo plazo, la población estadounidense misma se vino abajo con un extraño desorden: “fatiga de guerra”. Excepto para una minoría de ideólogos, casi nadie en los Estados Unidos estaba dispuesto a sufragar los costos del Imperio (ver para un lúcido análisis de estos costos)

Se hubo de tratar con las protestas de las víctimas de la globalización. El truco consistió en emplear la ideología de la tolerancia: cualquier objeción a la globalización se etiquetaba como racismo y xenofobia. Los intelectuales se tomaron con entusiasmo “la lucha contra el racismo”, con un ojo en la preservación de sus propia posición social privilegiada, a salvo de las tormentas económicas de la globalización. En los Estados Unidos, bastaba con estigmatizar los malos pensamientos; en Europa, se ocupaban los tribunales.

Tenía que explotar antes o después, del mismo modo que se vino abajo el muro de Berlín y colapsó la URSS por las mismas razones: una élite auto-satisfecha pero bastante incompetente, aislada de las realidades sociales, que afirma hacer lo que es mejor para la gente pero sin consultarles, y que finalmente no consigue cumplir sus promesas, termina provocando una religión contra sí misma.

Primero el Brexit, ahora Trump. Podemos pensar cualquier cosa de este individuo, pero las peores cosas que le han dicho los “izquierdistas” estadounidenses sólo han valido para mostrar la enormidad de su derrota. Tras años de corrección política y sermones sobre feminismo y antirracismo, ¿qué puede ser más humillante que la elección de alguien tan demonizado por feministas y antirracistas como Trump?

Para los fervientes defensores de la Unión Europea, la globalización y las guerras humanitarias, la victoria de Trump ha tenido un efecto comparable a las huelgas de los trabajadores polacos bajo el régimen del partido comunista, al poner de manifiesto el descontento dentro incluso del proletariado que teóricamente ejercía la dictadura. La elección de Trump muestra la revuelta de la población estadounidense en la fortaleza misma de los mercados libres y el imperialismo.

Está por ver si Trump cumplirá los aspectos progresistas de su programa; el proteccionismo y la paz con Rusia. Estos son aspectos que enfurecen a la oligarquía, mucho más que sus comentarios groseros y contradicciones. Estos son los aspectos que requerirán mayor inteligencia y determinación si se piensa llevarlos a cabo. Una izquierda que se atreve a reconocer sus errores del pasado debería hacer todo lo que pueda para empujar a Trump en esa dirección, más que alienar a la población aún más de nuevo cabalgando sobre el caballo de su superioridad moral y vendiendo su alma a los líderes del Partido Demócrata responsables de su propia derrota (1)

Jean Bricmont, La victoria de Trump: la arrogancia derrotada, cultura 3.0 25/11/2016

(1) Sanders parece ir en esa dirección: “En la medida en que el Sr. Trump persigue seriamente sus políticas para mejorar las vidas de las familias trabajadoras de este país, yo y otros progresistas estamos dispuestos a trabajar con él”.