Voltaire.

Voltaire
Nadie en la historia de la filosofía fue tan vivaracho como el gran Voltaire. Nadie tan ameno ni menos pesado, menos dogmático o académico; pero tampoco nadie fue más ducho en cuanto a conducir la propia vida hacia toda clase de problemas, aunque también supiera dirigirla hacia el logro de una casi cierta felicidad. François Marie Arouet, cuyo seudónimo más frecuente y conocido fue Voltaire (1694-1778), tuvo una agitada existencia enmarcada en lo más granado del Siglo de las Luces francés. Su vida fue plena en muchas facetas: en amoríos galantes y en profundos amores; en pensamiento serio y también socarrón; en toda clase de ciencias y hasta en historia, literatura y poesía. Escribió de todo por vocación de aprender, enseñar y advertir y hasta amonestar; desde panfletos políticos y tratados filosóficos hasta opúsculos de ciencias naturales y gruesos tomos de historia (El siglo de Luis XIV es una obra maestra); compuso obras de teatro de gran éxito en su época y publicó mordaces sátiras y entretenidos cuentos filosóficos que hoy se leen con admiración y que perdurarán entre lo mejor de la literatura universal. Voltaire fue corrosivo, burlón y pesimista -aunque lo animaba una gran alegría de vivir-, por eso fue indigesto para monarcas y religiosos; en París llegaron a quemarse en público sus Cartas filosóficas por republicano y hereje, pues abogaba por la libertad de expresión y la tolerancia religiosa. La Iglesia siempre lo tuvo por su más acérrimo demonio. Y eso que Voltaire no fue ateo, pues creía en el Dios bondadoso que todos llevamos dentro, que nos ayuda a distinguir en nuestro corazón el bien del mal, y cuya invocación nos refuerza en el amor a nuestros semejantes. Jamás tragó a los curas ni a sus hipócritas oropeles. Denunció y satirizó las falacias y abusos de los que se creen poseedores de la "Verdad", sobre todo de cuantos incitaban a matar en nombre de la divinidad. Voltaire odiaba el fanatismo, y luchó contra sus raíces: la superstición y el oscurantismo. Abominaba de las paparruchas con las que los sacerdotes y afines engañan a los ingenuos. Creía que el infierno está en la tierra y que los diablos que atizan el fuego son seres con sotana, cetros y mitras. Confiaba en el pensamiento, la razón y la ciencia; en las "luces" de la inteligencia humana y en el poder de la imaginación; ambas son útiles para propagar el bien y ampliar la libertad de hombres y mujeres. Y, como Sócrates, consideraba que quien más culto es debe dar ejemplo a los demás en coherencia de vida y humildad, pues quien sabe hará el bien.

Con semejantes ideas en la época del absolutismo, siempre anduvo metido en conflictos y polémicas; fue perseguido, desterrado, y atacado por todos los flancos, hasta físicamente; pasó una temporada en la Bastilla, el oscuro penal que al inicio de la Revolución Francesa las propias ideas de Voltaire contribuirían a arrasar. Pero aunque incendiario e inspirador de la Revolución, ya no viviría para ver rodar las cabezas de los nobles; y es seguro que también hubiera entrado en conflictos con los líderes revolucionarios echándoles en cara sus excesos, pues allá donde reinase la injusticia se alzaba su voz. Poseedor de una gran fortuna personal -hijo de familia acomodada-, Voltaire tuvo la suerte de poder retirarse durante largas temporadas a su bella finca de Ferney, un paraíso rural junto a Ginebra; allí, entre campesinos, pudo dedicarse al cultivo de sus fructíferos campos y llevar una vida placentera alejada de los tráfagos cortesanos, consagrada al estudio y la filosofía. Esta última fue para él "sabiduría de vivir"; al hombre le otorga Dios escasos años de vida, mas en su ineptitud los malgasta en absurdas vanidades o en mortales guerras y crueles asesinatos, mientras se olvida de sí mismo. "Hay que cultivar el huerto", termina asegurando Cándido: lo demás puede esperar. Del mismo modo quiso proceder el sabio Voltaire al ver que las injusticias del mundo, fruto de la necedad humana, eran inextinguibles. Lo consiguió sólo a medias, pues su vehemente talante lo llamaba cada dos por tres a polemizar y a luchar contra las infamias; así, hasta su muerte.

Luis Fernando Moreno Claros, El demonio de las luces, Babelia. El País, 04/12/2010
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