Les xarxes socials són com els enxampa-somnis.









Abunda en internet el pensamiento mágico: en teoría basta con desear intensamente algo para conseguirlo. Según el chamanismo, las redes atrapasueños filtran las pesadillas dejando pasar los anhelos. Las redes sociales, por el contrario, atrapan, tejen y dan consistencia a nuestras pesadillas. Están hechas con las mimbres de nuestra intolerancia y nuestros miedos, con lo peor de cada casa y de cada mente. Densas y enmarañadas, sólo dejan pasar aquella información que se ajusta a la forma de su rejilla, sobre la que cada cual se construye su cárcel de pensamiento.

Cuando todo el mundo ansía encontrarse solo con los suyos, cuando impera el deseo inmoderado de aprobación y de homogeneidad, de cursis complicidades y no de contrapunto, hay que sospechar de quienes exigen diálogo solo con los suyos, de quienes ven "el mal" más claramente que nadie, solo que siempre en los otros.

Nadie escucha la proverbial advertencia de tener cuidado con lo que se fantasea porque puede convertirse en realidad. Nadie se responsabiliza de echar a volar las quimeras. No me refiero a mutilar nuestra capacidad de soñar, sino a meditar qué forma y consecuencias tendrá para todos algo cuando de verdad traspase la frontera de lo real. Pensar qué implica en realidad cada imaginario político.

En cada ensueño de calidez comunitaria y tradicional se embosca hoy un furioso deseo de seguridad frente a los bárbaros, que siempre obviamente son los otros. Como advierte Bauman, este imaginario de seguridad y homogeneidad expresa el anhelo de protección y regresión a un paraíso perdido y un miedo colectivo ante la intemperie helada de la globalización. Proponer un imposible regreso a comunidades imaginadas es lo contrario a abrir los ojos y reconocer lo que hoy nos caracteriza: una interdependencia compartida, una común vulnerabilidad y una potencial política solidaria construida sobre esa fuerte fragilidad.

En los sueños construidos sobre la base del miedo se insinúan los contornos de las pesadillas por venir.

Alicia García Ruiz, Sueños y pesadillas, El País 22


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