La ciència o com navegar entre incerteses.




Ciencia no es lo que sabes, sino cómo lo sabes. Las ciencias no son meros sistemas de representación de conocimientos sino, ante todo, conjuntos de restricciones metodológicas para producirlos. La técnica es mucho más antigua que la ciencia: constituye, como expone Gilbert Simondon, el modo en que los seres humanos (y, de forma más general, los seres vivos) nos relacionamos con el mundo. La tecnología actual —un conjunto de técnicas que han ampliado extraordinariamente esa capacidad de relación— ha sido progresivamente informada por la ciencia, pero buena parte de su aplicación práctica continúa —y continuará— requiriendo de individuos, colectivos o máquinas, la toma de decisiones en circunstancias en las que no se dispone de suficiente información para estimar siquiera la probabilidad de un resultado. La ciencia no es un remedio contra la incertidumbre, sino un modo práctico y eficiente de usar la incertidumbre a nuestro favor.

Esa necesidad de asumir la incertidumbre interfiere a menudo con el deseo de explicar la influencia del trabajo científico. No basta con hacer un resumen de “cosas que se saben”, es preciso comunicar al mismo tiempo el aparentemente contradictorio aviso de que en realidad no “se saben”: se experimentan de un modo que, en mayor o menor medida, es siempre impreciso y provisional. Convertir el conocimiento en una colección de recetas o fórmulas lo despoja automáticamente de su carácter científico, aun en aquellos casos en los que la aplicación práctica de estos conocimientos pueda tener una gran utilidad. Un conocimiento estático, implementado por defecto —automatizable— puede ser, en efecto, conveniente por su eficiencia práctica, pero, al mismo tiempo, puede interferir en el desarrollo de conocimiento nuevo, reduciendo los saberes a su componente estratégico.

“Creer” en la evolución de las especies es más técnico, pero no más “científico” que creer el relato del Génesis. La creencia en cualquier tipo de narración es problemática si no va acompañada de un germen de escepticismo, de la sólida convicción de que cualquier relato es criticable, modificable, mejorable y sustituible. Una relación saludable y fructífera con el conocimiento no supone “creer” en teorías científicas —sólo la religión exige fe—, sino confiar en la eficacia de las técnicas fundamentadas en ella. Cuando las instituciones científicas, por evidente interés estratégico, se dejan enredar en el juego de las creencias y tratan de reducir la “sensación de incertidumbre” que naturalmente provoca la correcta práctica de su actividad, significa que estas instituciones, habiendo adoptando el discurso del adversario, ya han perdido una guerra cultural en la que probablemente jamás deberían haber entrado.

Cuando ya no nos sentimos capaces de continuar navegando en la incertidumbre nos aferramos a la engañosa precisión del cálculo de los “expertos” o las máquinas, transformamos aquellas convicciones que corroboran nuestros deseos o hipótesis en dogmas, y a aquellos que las cuestionan en herejes. Convertimos la tecnología —expresión contingente y provisional del proceso científico de producción de conocimiento— en una religión. El objetivo de la ciencia nunca ha sido explicar lo evidente ni resolver problemas, sino sacar monstruos a la luz: de-mostrar relaciones previamente inimaginables entre las cosas. La ciencia debe asumir este riesgo, o dejar de serlo.

Todo científico es un científico loco pues está obligado a poner en riesgo su juicio, en ocasiones a sobrepasar los límites de aquello que sus contemporáneos son capaces de soportar. Pero quizás, como escribió Rimbaud, este atroz escepticismo ya no pueda ponerse en práctica y estemos entregados a nuevas inquietudes. Quizás el tiempo de la cultura científica haya pasado y ahora sea el turno de la estrategia, de regresar a la comodidad intelectual de una pura casuística de la cultura técnica. Quizás no estemos a la altura del legado de la modernidad. Quizás es la hora de religiones nuevas, adaptadas a las nuevas creencias en cuyo interior fosilizan viejos deseos. Quizás es el momento de ignorar al mensajero que regresa a la ciudad para avisar de que no hay bárbaros. 

Aunque, por si alguien todavía escucha, haberlos no los hay.

Germán Sierra, No hay bárbaros, ctxt.es 17703/2017

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