dimarts, 1 de novembre de 2016

La teoria de l'elecció racional tampoc funciona en política (George Lakoff).

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El Roto
Hay otro mito que también procede de la Ilustración, y dice así: Es irracional actuar en contra del propio interés y, por tanto, una persona normal, que es racional, razona sobre la base de su propio interés. La teoría económica moderna y la política exterior se establecen sobre la base de este supuesto.

Este mito ha sido puesto en cuestión por científicos cognitivos como Daniel Kahneman (Premio Nobel de Economía por esta teoría) y Amos Tversky, quienes han mostrado que la gente realmente no piensa de ese modo. No obstante, la mayor parte de la economía se sigue basando en el supuesto de que la gente siempre pensará de manera natural en términos de su propio interés.
Esta visión de la racionalidad se introduce en la política demócrata por una vía muy importante. Se supone que los votantes votarán por sus intereses. A los demócratas les choca y les desconcierta que los votantes no voten así. Los demócratas no paran de preguntarse: «¿Cómo es posible que los pobres voten a Bush cuando les perjudica tanto?» Su respuesta es tratar de explicarles una vez más a los pobres por qué votar demócrata favorecería sus intereses. Pero, a pesar de todas las pruebas en contrario, los demócratas continúan dándose cabezazos contra la pared. En las elecciones del 2000, Gore no dejó de decir que los recortes de impuestos de Bush se aplicarían únicamente al uno por ciento que ocupa la cúspide de la escala —a los más ricos—, y pensaba que todos los demás perseguirían su propio interés y lo apoyarían. Pero los conservadores pobres siguieron oponiéndose a él, porque, como conservadores, pensaban que quienes tenían más dinero —los «buenos»— merecían conservarlo como premio por ser disciplinados. El otro noventa y nueve por ciento de los conservadores votó a favor de sus valores conservadores, y en contra de sus intereses.

Se afirma que el treinta y cinco por ciento de la población piensa que está, o que algún día llegará a estar, entre el uno por ciento de la cúspide de la pirámide, y que ello se explica en función de una esperanza de futuro para sus intereses. Pero ¿qué pasa con el otro sesenta y cinco por ciento que no sueña con conseguir ese recorte de impuestos y que, sin embargo, lo apoya? Está claro que no votan ni por sus intereses ni por una esperanza de futuro para sus intereses.

Un fenómeno semejante ocurrió en California en la segunda convocatoria de elecciones en el año 2003. Los sindicatos invirtieron montones de dinero para demostrar con hechos que las posiciones de Gray Davis favorecían más a la gente —y especialmente a los trabajadores— que las de Arnold Schwarzenegger. En reuniones con grupos de discusión preguntaban a los sindicalistas: «¿Qué posición te favorece más a ti, la de Davis o la de Schwarzenegger?» La mayoría decía: «La de Davis.» Davis, Davis, Davis. «¿A quién votas?» «A Schwarzenegger.»

La gente no vota necesariamente por sus intereses. Votan por su identidad. Votan por sus valores. Votan por aquellos con quienes se identifican. Es posible que se identifiquen con sus intereses. Puede ocurrir. No es que la gente no se preocupe nunca de sus intereses. Pero votan por su identidad. Y si su identidad encaja con sus intereses, votarán por eso. Es importante entender este punto. Es un grave error dar por supuesto que la gente vota siempre por sus intereses.

George Lakoff, No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político (2004), Editorial Complutense, Madrid 2007

Llegiu: ¿Por qué el 30% de los españoles son fieles al PP?
http://cronicaglobal.elespanol.com/pensamiento/por-que-el-30-de-los-espanoles-son-fieles-al-pp_39523_102.html#.WBepgIjpAIQ.twitter