dijous, 25 de febrer de 2016

És quan dormo que hi veig clar.



Si usted duerme nueve horas al día y puede pasar sin mirar el móvil una semana, este artículo no le quitará el sueño y le ayudará a continuar con esa rutina. Si su vida cotidiana no se rige por esas pautas, tal vez le venga bien para cerciorarse de que el sueño, esa placentera necesidad fisiológica, se está convirtiendo en un acto de resistencia natural amenazado.

A estas alturas de siglo XXI, salvo dormir, casi todas las necesidades del ser humano (hambre, sed, sexo, amistad, trabajo) están sincronizadas y a expensas del mercado, las pantallas, las redes de información. El neoliberalismo no consigue frenar y le encantan las luces encendidas, los nativos digitales, la disponibilidad que brinda Internet para comprar cualquier cosa desde cualquier lugar a cualquier hora, embotellar el agua potable para atajar su acceso universal y que los domingos sean sábados. Cada producto nuevo se anuncia como imprescindible y las fronteras entre el tiempo privado y el profesional se desvanecen.
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Me enfrento así al ensayo de Jonathan Crary 24/7. El capitalismo al asalto del sueño (Ariel) y descubro que desde hace cinco años, en la Universidad de Madison (Wisconsin, Estados Unidos), el Departamento de Defensa realiza estudios y experimentos con la actividad cerebral de gorriones de corona blanca –variedad de ave que puede estar despierta siete días– para adquirir conocimientos y, a la larga, poder aplicarlos a seres humanos y reducir su ración de reposo.

Según Crary, sería un paso más en la implantación del modelo 24/7 (24 horas, los 7 días de la semana), una de las grandes ilusiones del capitalismo. En esa temporalidad, el sueño no cuenta y la idea de trabajar sin pausas es normal. Pero el sueño siempre chocará con las exigencias de ese universo. El tiempo que pasamos durmiendo, libres de necesidades “aparentes”, pervive como una afrenta a la voracidad del consumo.

Así las cosas, todavía hay quien cree que dormir es una pérdida de tiempo y que los fármacos permitirían “vivir al máximo”. Por eso advierte Crary de que “el ataque al sueño es inseparable del proceso de desmantelamiento de la protección social. Se crean condiciones de insomnio para que el sueño se compre”. Las estadísticas hablan: a principios del siglo XX, en Estados Unidos se dormía una media de 10 horas al día. Ahora son 6,5. Cada vez aumenta más el número de personas que se levantan en mitad de la noche para mirar mensajes (de trabajo). Sólo en 2010 se recetaron hipnóticos a 50 millones de estadounidenses.

El sueño sigue en la linde entre lo social y lo natural, pero la percepción que se tiene de él ha cambiado. Para Cervantes era “el alivio de las miserias para los que las sufren despiertos”. Descartes, Hume y Locke lo menospreciaron en el siglo XVII, era una acción inútil que impedía instruirse en el conocimiento. Nietzsche vio en la recompensa del amanecer “la luz de la razón”. Y ahora, en plena era digital y de veneración del confort, parece que el cuidado de su calidad disminuye por motivos ajenos al ocio, al espíritu de los insomnes y a la bohemia, que tan fértiles han sido y seguirán siendo para la creatividad y para nuestra felicidad.

Desvelado, termino el libro de Crary. Apago la lamparita y me abordan los versos del poema És quan dormo que hi veig clar, de J. V. Foix (“cuando duermo veo claro, / loco de un dulce veneno, / con perlas en cada mano, / vivo dentro de una cáscara”). Y sin remedio vislumbro un pulso entre el sueño y el mundo 24/7.

Mientras una voz me dice “no duermas, inútil, trabaja”, otra replica “duerme, libérate”. Asustado, escribo a mi amiga Laura, médico que está de guardia, y ella me calma: “Tranquilo, duerme, nunca nos podrán arrebatar el sueño. Es imprescindible para la reparación neuronal”.

Use Lahoz, El sueño y el capitalismo, El País semanal 21/02/2016