Els efectes del conspiracionisme.


Es posible que haya leído en alguna ocasión que los seres humanos no han puesto el pie en la Luna y que las imágenes que hemos visto fueron, en realidad, filmadas en un estudio de televisión. Muchos de ustedes habrán oído hablar del Club Bilderberg y de sus supuestos planes para implantar un gobierno mundial a la medida de sus intereses. Otros habrán leído que el atentado contra las torres gemelas de Nueva York no fue planificado por terroristas islámicos, sino que fue obra de algún servicio secreto de los propios Estados Unidos. Y quizás también les resulte familiar la idea de que muchas de las enfermedades que se han expandido en los últimos años hasta alcanzar la condición de pandemias han sido, en realidad, provocadas por grandes compañías farmacéuticas dispuestas a obtener pingües beneficios vendiendo las medicinas necesarias para combatirlas.

Esas teorías tienen algo en común: que un grupo de personas poderosas se ha puesto de acuerdo para perpetrar un monumental engaño, normalmente con algún propósito malévolo y con la idea de obtener grandes beneficios o de controlar el mundo. Ninguna de esas teorías tiene base real alguna, pero hay muchísima gente que cree en alguna de ellas. Por otro lado, si bien es cierto que la probabilidad de creer en teorías de ese cariz es mayor entre personas con menor nivel de formación, nadie está a salvo; hay personas con sólida formación entre quienes se adhieren a alguna de ellas. Y aunque la ideología de la gente no influye demasiado en la probabilidad de creer en falsas conspiraciones, no todas las teorías son aceptadas en la misma medida por personas de diferente orientación ideológica.

A menudo nos preguntamos cómo es posible que haya tanta gente que crea en teorías carentes de fundamento, y cómo es posible que se mantenga la creencia aunque se carezca de las pruebas necesarias para sostenerlas. Pues bien, la respuesta radica en nuestra psicología, en los factores que han condicionado la evolución de la mente humana. Y es que nuestra mente no ha evolucionado bajo la necesidad de procesar información relativa al funcionamiento de complejas sociedades industriales, al terrorismo internacional o a la extensión de grandes epidemias. Lo ha hecho bajo las presiones selectivas propias de entornos que ahora consideramos salvajes, en los que la adquisición de alimento, el peligro de los depredadores y la búsqueda de pareja reproductiva eran los elementos que más directamente incidían sobre las posibilidades de nuestros antepasados de sobrevivir y reproducirse con éxito.

Por esa razón tenemos una gran propensión a asumir la existencia de factores ocultos, a elaborar historias en las que esos factores juegan un papel determinante; son historias de conflictos en esencia simples, de buenos y de malos, historias que nos permiten dar sentido a lo que nos ocurre u ocurre a nuestro alrededor. Las teorías conspirativas obedecen a esquemas similares (factores ocultos, buenos y malos, imposibilidad personal de incidir en ellas, etc.) y por esa razón nos resultan tan fácilmente asimilables. El problema es que al convertir las intuiciones en hechos incontrovertibles –los esfuerzos de otros por desmentir una de esas teorías se interpretan, incluso, como prueba de su validez- impiden o dificultan sobremanera el debate racional.

Habrá quien piense que esto es algo que no debería preocuparnos, puesto que esas teorías no hacen daño a nadie, pero eso no es cierto, porque son teorías de ese cariz las que han provocado, por ejemplo, la oposición a los programas públicos de vacunación. No es ese el único efecto peligroso de la conspiranoia, pero sí es uno de los que más daño está causando hoy.

Conspiranoia, Cuaderno de Cultura Científica, 17/05/2015

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