Consciència i cervell social.




La percepción es una descripción, construida por el cerebro, de la realidad. Constructo que se explica, en parte, por la miríada de formas que pueden alejarse de la realidad. La ventriloquia nos ofrece un ejemplo elocuente: el ventrílocuo habla mientras mueve la boca del muñeco, produciendo la impresión de que es el guiñol quien conversa. Pero el muñeco no puede emitir palabras. Ahora bien, si el ardid del ventrílocuo funciona en nuestro cerebro, entonces sabemos que lo que es verdad se aleja de lo que percibimos como tal. En Consciousness and the social brain, Michael S. A. Graziano sostiene que la consciencia es un constructo perceptivo: el cerebro atribuye consciencia a otras personas, de manera muy parecida a como atribuye el habla al muñeco del ventrílocuo.

Por definición, la consciencia da fe de la exclusividad de los pensamientos, emociones y sensaciones del sujeto. Unas experiencias que percibe en cambio constante. ¿Cuál es la base cerebral de semejante flujo de experiencia consciente? A tres principales se resumen los criterios esenciales. En primer lugar, la capacidad de seleccionar un estado de entre infinitos posibles; es lo que permite distinguir entre un sensor de luz y un ser consciente. En segundo lugar, una capacidad de conocer que conoce; en epistemología eso se llama metacognición y representaciones de segundo orden. Por fin, una capacidad de asignar un sentido personal al estado.

Para mayor concreción, atendamos a las diferencias fundamentales entre sensibilidad (no consciente) y consciencia. La sensibilidad reposa sobre la representación de primer orden; la consciencia descansa sobre la de segundo orden. La sensibilidad solo requiere capacidad para responder de forma específica a determinados estados de cosas, mientras que la consciencia demanda del agente saberse sensible a ellos. Además, esta última atiende de preferencia a un determinado estado de cosas. Para mayor claridad: una cámara no es consciente; solo es sensible a la luz, dato que ignora. Podríamos convertir en consciente a la cámara si dotáramos a esta de un mecanismo de segundo orden que pudiera coordinar el momento de registro de luz con una memoria de registros de luz en el pasado, así como su preferencia para ese momento particular de sensibilidad a la luz y trazas de recuerdos. El mecanismo en cuestión pudiera ser un contador del tiempo. Para que operase dicho mecanismo, cada canal de inputs tendría que tener su propio reloj, de suerte que todos pudieran sincronizarse para formar una representación del presente, del ahora.

Teorías sobre la consciencia las hay a docenas. De acuerdo con la teoría del esquema de la atención de Graziano, nuestra propia consciencia es un constructo perceptivo y único que emerge cuando el cerebro aplica, recursivamente, la misma atribución perceptiva a sí mismo. Concedemos consciencia a los demás como parte de nuestro modelo perceptivo de aquello a lo que están prestando atención (una inferencia útil para predecir su comportamiento). Graziano se propone construir la suya sobre dos pilares: base científica y coherencia lógica. Acude a la anatomía y fisiología del cerebro y recoge innúmeros datos (psicológicos y clínicos) con el fin de aportar una explicación biológica de la consciencia. El cerebro humano contiene unas cien mil millones de neuronas que interaccionan entre sí. Conocemos, a grandes rasgos, redes de neuronas la información.

De acuerdo con la teoría de Graziano, la consciencia es un relato descriptivo sobre un fenómeno real. La tinta con que se escribe el relato (la actividad neural) es real; también lo es el fenómeno físico descrito por el relato (la atención). Pero lo mismo que en el caso del muñeco parlante, lo que no es real es el relato. Famoso por su trabajo sobre la corteza motora, Graziano es un recién llegado a la investigación sobre la consciencia.

Quienes buscan en el cerebro el apuntalamiento de la consciencia investigan la circuitería compleja que ha elaborado y capacita al hombre para ser socialmente inteligente. Una función de esa circuitería consiste en atribuir consciencia a los otros: inferir que la persona Y es consciente del fenómeno X. En la teoría de Graziano, la maquinaria que atribuye consciencia a los demás es la que nos permite a nosotros tener consciencia. El daño ocasionado a esa circuitería repercute en nuestra consciencia. Algo aparentemente escondido en nuestro cerebro nos hace conscientes de nuestro yo y del mundo que nos rodea. La consciencia es la ventana a través de la cual comprendemos.

La primera exposición científica que relacionaba el cerebro con la consciencia se lo debemos a Hipócrates, en el siglo V a.C. Creía que la mente, creada por el cerebro, iba muriendo paso a paso, a medida que se degeneraba el órgano. Los hombres deben saber, expuso, que del cerebro y solo del cerebro surgen nuestros placeres, alegrías, tristezas, dolores y lágrimas. Dos mil años después de Hipócrates, en 1641, Descartes, en Meditationes de prima philosophia, propuso una explicación, de enorme repercusión, de la consciencia. Para Descartes, la mente constaba de una sustancia etérea, un fluido que se almacenaba en un receptáculo del cerebro. A ese fluido lo llamó res cogitans. Cuando diseccionó un cerebro en busca de la sede del alma, advirtió que la mayoría de las estructuras de un hemisferio se repetían en el otro. Pero el alma era una entidad única e indivisible, por consiguiente no podía instalarse en dos lugares. Por fin encontró una ubicación singular, en el centro del cerebro, la glándula pineal, y dedujo que tenía que residir allí el alma. (Hoy sabemos que la glándula pineal se limita a producir melatonina.)

Inmanuel Kant, en la Crítica de la razón pura, publicada en 1781, avanzó la tercera hipótesis. En el kantismo, la mente descansa en las formas a priori, capacidades e ideas que poseemos antes de todas las explicaciones y a partir de las cuales se sigue todo lo demás. A propósito de la consciencia, Kant tiene una respuesta tajante: nos es dada por un acto divino. La fenomenología vinculó la consciencia con la experiencia del tiempo. Franz Brentano y Sigmund Husserl sostenían que la experiencia del cambio acontece en estados conscientes momentáneos.

Uno de los primeros cambios de rumbo en el ámbito de las teorías de la consciencia fue propuesto en 1990 por Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN, y Christof Koch. Para estudiar la consciencia hay que centrarse en el descubrimiento de sus correlatos neurales (NCC). Crick y Koch sugerían que, cuando las señales eléctricas del cerebro oscilan, causan la consciencia. Las neuronas se comunicarían información; esta se mantendría con mayor eficacia en breves períodos de tiempo, si las señales eléctricas de las neuronas oscilaran en sincronía. En breve, la consciencia podría venir causada por la actividad eléctrica de muchas neuronas que oscilan juntas.

Ahora bien, se objeta a la tesis de Crick y Koch, que las oscilaciones neuronales podrían constituir una condición previa, pero no una explicación genuina de la consciencia. No explicita de qué modo unas oscilaciones eléctricas pueden causarla, lo que no obsta para aceptar que las oscilaciones neuronales incrementen la fiabilidad del procesamiento de la información. ¿Por qué la información del cerebro —cualquiera que fuere la intensidad con que se potenciara la señal o su integración entre zonas cerebrales— debería asociarse a una experiencia subjetiva?

Muchos estudiosos se muestran pesimistas sobre la posibilidad de que algún día podamos llegar a saber qué es la consciencia. David Chalmers lo expuso en 1995 de una forma que se ha convertido en canónica. Dividía la cuestión de la consciencia en dos problemas. Por un lado, el problema blando consistía en explicar de qué modo el cerebro computa y almacena información; por otro, el problema duro, cuya solución requería aclarar de qué modo surge la consciencia de los fenómenos desarrollados en el cerebro. El problema duro no es otro que desentrañar la naturaleza de la consciencia, que no parece que pueda identificarse con algo físico porque es, por definición, privado, y, en cuanto tal, inabordable desde el punto de vista científico.

La neurociencia busca identificar los NCC mínimos. Por tales hemos de entender los sistemas neurales que cartografían los estadios de cada sistema mínimo como estados de consciencia, dadas determinadas condiciones. En 2012, dos grupos, dirigidos respectivamente por Aru y de Graaf, dividieron, cada uno por su cuenta, los correlatos neurales de la consciencia en sustrato del correlato neural de la consciencia o NCC propiamente dicho y precursores/prerrequisitos y consecuencias de NCC (de menor interés). Muchos científicos participan hoy de la idea de que la consciencia emerge cuando la información se integra en unidades complejas que abarcan regiones cerebrales muy dispares.

El cerebro es una máquina de procesamiento de información. No toda la información que maneja ni todos los procesos cerebrales son perfectos. Cuando un individuo se introspecciona, su cerebro aporta los datos internos. Si estos son erróneos o no realistas, el cerebro arribará a una conclusión errónea o irreal, aunque podría asignarle un alto grado de certeza. El nivel de certeza surge después de todo un cálculo que, como todos los cálculos, puede ser erróneo.

Una de las pocas verdades sobre la consciencia que podemos conocer con certeza objetiva es que la poseemos. Aunque no podamos relatar todas nuestras experiencias conscientes, dadas las propias limitaciones del lenguaje, sí podemos afirmar que somos conscientes de esto o aquello, y, por ende, aprender algo sobre la consciencia. El cerebro es, después de todo, una máquina procesadora de información. Para que un mecanismo procesador de información comunique que tiene una experiencia subjetiva, interior, debe contener en su seno información al respecto. La máquina cognitiva puede entonces tener acceso a esa información, leerla, resumirla lingüísticamente y aportar un relato verbal al mundo exterior. Propio de la consciencia será conjugar los distintos inputs (color, forma y movimiento, por ejemplo) en una misma representación. Tal es la base de la teoría de la consciencia conocida como teoría de la información integrada. A medida que la información se va entretejiendo de formas muy dispares de complejidad creciente se llega a la consciencia. Por supuesto, siempre dentro de un marco escuetamente neurobiológico, incapaz de resolver todavía el problema duro de Chalmers.

Luis Alonso, Consciencia, Mente y Cerebro, Mayo/Junio 2015

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