El pensament i els signes.

Como una categoría trascendental, la semiótica fundadora de nuestro mundo, tiene su esencial fundamento en la comunicación, en ese convivir en sociedad que define al ser humano, parlante y simbólico. Pero es un a priori del conocer y el sentir: “Toda cognición es posible si –y solo si– se da en el seno de una cierta comunidad de interpretación”, es decir, dentro de un contexto de relaciones y respectividades intersubjetivas. Y la comunicación, entonces, no se da a posteriori, como vehículo de lo antes pensado, sino que es la condición de posibilidad del pensamiento, el conocimiento y la vida –entendida en su más grávido e histórico sentido–. Este “primado de la semiosis y el verbo” lleva a replantear algunas premisas de las ciencias sociales, una “nueva prima philosophia”, en palabras de K. O. Apel, según los autores, y “es la médula del giro semiolingüístico” aquí propuesto, un “cambio de paradigma” como antes dijeron pensadores como J. Simon, G. Colli y el ya citado Apel. (Luego se apuntan otros más lejanos precursores, como Schopenhauer y Nietzsche y Mac Luhan y H. Blumenberg). Y, desde luego, el conocido maestro de la semiótica C. S. Peirce, que ya sentenció: “Todo pensamiento debe estar necesariamente en los signos”. O, como diría Gadamer: “El ser que puede ser comprendido es lenguaje”. 
C. S. Pierce

Esta concepción del mediático existir humano se acompaña de una consecuente teoría del conocimiento que rechaza cualquier realismo o naturalismo simplista. Es a través de la comunicación por signos y símbolos como la imaginación –en un sentido muy amplio que comprende una cultura y una crítica– se representa y expresa el mundo. De modo que “no se da entre cosas y palabras, por lo tanto, ningún vínculo de reproducción y de adecuación, sino una “transustanciación” semiótica, lingüística y estética, al cabo. Porque cualquier posible conocimiento parte por fuerza de la sensación (aísthesis), que luego el psiquismo transforma, por este orden, en perceptos, palabras y conceptos. Y porque, además, el lenguaje hace posible algo que no puede facilitar ningún otro códice ni cauce semiótico”. Con alguna referencia a Peirce, e incluso a antiguos sofistas, a Gorgias especialmnete, se nos presenta la verdad no como adecuación del pensar al ser, sino como una interpretación de los datos y los signos, invocando muy a tiempo a Nietzsche. “A la vez lingüístico y retórico, el doble giro de Nietzsche pone patas arriba las premisas de la metafísica dogmática, y también sus derivadas nociones del ser y la realidad, por un lado, y de los límites y posibilidades de su intelección, por otro. Trae consigo, en suma, una corrosiva inversión de la metafísica parmenídea...”.

Carlos García Gual, La condición y la comunicación humana, Claves de razón práctica, noviembre/diciembre 2012, nº 225
http://www.elboomeran.com/nuevo-contenido/405/la-comunicacion-y-la-condicion-humana/

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