El passat que mai no va passar.



Lo primero que todo el que aspira al poder intuye, por necio e ignorante que sea, es que para dominar el presente y el futuro necesita dominar el pasado, implantando un relato que justifique o legitime su aspiración; lo de menos es la veracidad de ese pasado: lo esencial es su capacidad para justificar y legitimar. Esto significa que al pasado le cuesta un trabajo enorme pasar, que sigue operando en el presente, que a menudo es de hecho una dimensión del presente sin la cual el presente está mutilado; también significa que el poder —cualquier poder, y no sólo el que menos restricciones tolera, el más autoritario— es ciego y voraz: su esencia consiste en la pura vocación de perdurar. Lo cual no quiere decir, claro está, que todo el que accede al poder, o el que aspira a él, lo haga a costa de amañar el pasado de forma tan grosera ... ; pero la tentación es casi siempre irresistible. 

... el poder trata siempre de imponer una versión fraudulenta del pasado para imponer una ­versión fraudulenta del presente. Y eso sí que es una estafa. 

Javier Cercas, El poder del pasado, El País Semanal 19/05/2019

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