La veritat compartida.






Contrario a lo que podría pensarse frente al avance de las pseudociencias, los rumores y los procesos de desinformación, a la sociedad contemporánea le atrae el conocimiento. Saber las posibles causas y consecuencias, estar enterada del estado de las cosas, encontrar explicaciones a los hechos y fenómenos que nos rodean y de los que formamos parte. Saber y creer que tenemos la razón nos satisface. Y esta satisfacción no es ajena a la demanda social y la necesidad de creer en algo, de encontrar sentido a lo que ocurre, principalmente en una época en que los grandes volúmenes de información a los que tenemos acceso han derivado en escenarios de incertidumbre.

El problema es que esa atracción o interés está siendo satisfecha por saberes que no son necesariamente verdaderos, entendido este último concepto como aquello que se ajusta de forma racional a la realidad y que tiene correspondencia comprobada con alguna pregunta específica. Esta sabiduría popular o conocimiento convencional –como lo nombró John Kenneth Galbraith en The affluent society (1958)– se refiere a creencias comunes que son cómodas para la sociedad y que también se convierten en barreras ante la exposición de datos que podrían evidenciar su inexactitud o su llana falsedad. Dichas creencias forman parte de un cúmulo de elementos y experiencias que simplifican la explicación de un hecho, cosa o fenómeno y que pueden ser difundidos con mucha facilidad no solo por la sencillez de su composición, sino por su relación con los valores compartidos.

En su libro Denying to the grave. Why we ignore the facts that will save us, Jack y Sara Gorman, psiquiatra y especialista en salud pública respectivamente, exploran a través de diferentes investigaciones cómo las personas sentimos placer y satisfacción cuando procesamos información que coincide y reafirma conocimientos previos. Según ambos autores las personas podríamos incluso experimentar descargas de dopamina, un neurotransmisor relacionado con la motivación y la recompensa. Saber que otros están de acuerdo con algo que creemos verdadero produce satisfacción.

Por ende, compartir creencias que consideramos conocimiento, así sea del tipo convencional, refuerza nuestra pertenencia de grupo, un elemento que ha sido necesario a nivel evolutivo para el desarrollo de la humanidad. Estar de acuerdo nos concilia y nos acerca, lo mismo creer que sabemos algo en común y que lo aceptamos como verdadero, aunque no pueda ser comprobado. Para los Gorman, aferrarnos a pensamientos y creencias que podrían implicar severos daños a nosotros mismos en lo individual y lo colectivo –la resistencia a la vacunación, por ejemplo– podría ser parte de un proceso adaptativo y podría responder a esa necesidad humana de integrarnos a un grupo y poseer elementos y saberes en común.

Por irónico que parezca, esa capacidad de comunicarnos y compartir información entre individuos para generar seguridad entre nosotros y garantizar mayores posibilidades de supervivencia se ha convertido en años recientes en una amenaza para nuestras sociedades.

Luis R. Castrillón, Rumores, falacias y simplificaciones, Letras Libres 02/05/2019




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