Treball i identitat.

<p>Miya Tokomitsu, en una imagen reciente.</p>
Miya Tokumitsu Foto Ashley Grider

Miya Tokumitsu tiene algo en común con Steve Jobs: se dedica a algo que le apasiona. Para el fundador de Apple, ese era el secreto de la felicidad y la autorrealización. Tokumitsu no lo tiene tan claro. En su libro Do What You Love (Regan Arts, 2015), la académica estadounidense se propone desmontar uno de los pilares ideológicos que sostienen las sociedades modernas: Esfuércese, cultive su pasión en la vida, y le lloverán éxitos. Si no es así, es que algo está haciendo mal. Tokumitsu responde a CTXT sobre ‘el mito del amor al trabajo’, su vínculo con la ética protestante, y cómo iconos como Jobs sirven para propagar la cultura del narcisismo, a costa de la solidaridad.

¿A qué se dedica?

Soy profesora de Historia del Arte en la Universidad de Melbourne.

Empieza el libro citando una carta del artista renacentista Miguel Ángel, en la se queja amargamente del enorme esfuerzo de trabajar en la bóveda de la Capilla Sixtina. ¿Qué ilustra esa anécdota?

Pone de relieve todos los mitos que rodean al trabajo. La Capilla Sixtina es, por supuesto, una de las grandes obras de arte de la cultura occidental, y Miguel Ángel ocupa un lugar en el panteón de los artistas. Su carta, llena de quejas sobre lo mucho que detestaba trabajar en la capilla, es un ejemplo de que, incluso cuando uno cree en su trabajo, el proceso de completarlo puede resultar odioso.

Describe el Do What You Love (dedícate a aquello que amas) como un mito, o una serie de mitos. ¿Qué le lleva a esa conclusión?

La connotación es que si uno ama su trabajo no hay nada desagradable en él ni cuesta esfuerzo hacerlo. Ese es el mito. Uno puede dedicarse a algo que realmente le apasiona, como Miguel Ángel, o como me sucede a mí con la enseñanza, pero eso no quiere decir que resulte fácil todo el tiempo. El ‘Do What You Love’ nos dice que, si uno halla el trabajo adecuado para sí mismo y se ‘autocultiva’, no encontrará dificultad, ni aburrimiento, ni penurias económicas, sino un estado de éxtasis perpetuo. Eso es rotundamente falso.

Los mitos tienen un propósito social. ¿Qué papel juega este en nuestra cultura?

El propósito, parafraseando a Kathi Weeks, es hacer que los trabajadores acepten su propia explotación y precariedad. La clave del ‘trabaja en aquello que amas’, es el énfasis en el tú. Si el trabajo produce frustración o dificultad, es tu culpa, y no se debe a las leyes laborales o al mercado de trabajo injusto. Al convertir cada frustración en un problema personal, la respuesta es la autosuperación en lugar de la acción colectiva o política.

Alude en su trabajo a otro mito, que es el que equipara la virtud al capital. ¿A qué se refiere?

Tiene su origen en Max Weber y la ética protestante del trabajo. Hoy en día tenemos la idea de que, si uno se esfuerza y se mantiene en el camino profesional correcto, le acompañará la riqueza material. Eso está muy ligado a cómo justificamos los niveles masivos de desigualdad en EE.UU.. Si alguien tiene mucho más que la mayoría, la respuesta es: “me lo he ganado”, o “he construido todo ese imperio”. De nuevo, todo vuelve al plano individual, obviando el hecho de que nuestro trabajo siempre depende de que otros hagan el suyo.

También existe un imperativo social a ‘amar aquello en lo que trabajamos’, y no solo a ‘dedicarnos a lo que amamos’. ¿No le parece?

Por supuesto. Si los profesionales liberales no paran de repetir: ‘Me dedico a aquello que amo’, o ‘¡Dedícate a lo que te gusta!’, ¿en qué lugar deja eso a los que trabajan en un McDonald’s o como conserjes de un edificio? Si esos trabajadores tuvieran el respeto y reconocimiento que se merecen, además de sueldos y horarios dignos, les sería mucho más fácil encontrar satisfacción en el trabajo.

Volvamos por un momento a la ética del trabajo. En el libro, habla de una evolución de ese concepto hasta el actual, que aúna el placer y la riqueza. ¿En qué consistió esa evolución?

En su origen, la ética del trabajo no tenía mucho que ver con la diversión o el placer, sino que estaba ligada al sacrificio. El premio se reservaba para el más allá. Hoy en día el placer y la virtud se han fusionado. Lo que sucedió en EE.UU. a partir de la Segunda Guerra Mundial, como ha señalado Tom Wolfe, es que hubo una enorme redistribución de riqueza, y emergió una clase media robusta. Se alcanzaron condiciones de confort material nunca vistas, y una masa crítica comenzó a disfrutar de tiempo libre y lavadoras en sus casas. Esta combinación les permitió ocuparse de sí mismos un poco más, lo cual es obviamente positivo. Se desarrollaron conceptos como el gusto personal. El trabajo se mezcló en todo eso, porque es el lugar donde la gente pasa la mayor parte de su vida. La gente pasó de pensar ‘¿qué me hace feliz?’ a ‘¿cómo puede hacerme feliz mi trabajo?’ El atractivo es obvio: si al encontrar lo que a uno le proporciona placer se logra además ser rico y feliz, ya no es necesario el sacrificio.

Usted menciona figuras muy reconocidas, como la de Oprah Winfrey o Steve Jobs, que actúan como iconos de la conexión entre el amor por el trabajo y el éxito material.¿Qué papel juegan esos testimonios en nuestra sociedad?

Oprah Winfrey, Steve Jobs, o incluso Bill Clinton tienen en común que son personas ‘hechas a sí mismas’, fabulosamente ricas, pese a haber nacido en la pobreza casi extrema. Además de representar industrias tan poderosas como los medios, la tecnología o la política, se convierten en instituciones ‘hipervisibles’, que se nos presentan como el espejo en el que mirarnos, el ejemplo de aquello a lo que aspirar. Su ‘visibilización’ hace invisibles a otros trabajadores, o a nuestros propios colegas. Si Oprah Winfrey no se presenta en el trabajo mañana, mi vida no se vería afectada. Si el conductor de mi autobús falla, lo noto y mucho.

Su libro puede leerse como una réplica al famoso discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford en 2005, y que sigue siendo todo un hit en YouTube. Hay mucha gente en todo el mundo que sigue encontrando inspiración en él. ¿Qué pasan por alto?

Lo que nos lleva a trabajar, que son razones muy complejas. Jobs habla del ‘amor’ y la satisfacción personal como motivación, y es verdad que es uno de los factores que nos motiva. Pero quienes tenemos que trabajar para comer, lo hacemos por un salario, que es una forma de coerción. Eso no significa que el trabajo sea algo malo o que deba ser desdeñado, pero ignorarlo es poco honesto. Hay una frase en el discurso que me molesta particularmente: “La única manera de ser bueno en el trabajo es amar aquello a lo que uno se dedica”. Creo que eso no es cierto. Incluso cuando uno se dedica a algo que le apasiona, no disfruta de todas las facetas del trabajo. Como docente, detesto solicitar becas, pero forma parte de mi trabajo. Por otro lado, hay mucha gente capaz de realizar un trabajo de calidad sin tener por qué ‘amarlo’.

Menciona además todo el trabajo necesario para que alguien como Jobs disfrute del suyo, desde los obreros en las fábricas chinas a los diseñadores de Apple…

Claro. Se presenta delante de todos esos recién licenciados a hablar sobre sí mismo y su historia personal, pero no podría haber hecho nada él solo. Creo que la gente como Steve Jobs, esas figuras públicas que hablan sobre su trabajo, tiene una obligación de reconocer el esfuerzo de otra gente en el que se basa su éxito.

Escribe: ‘¿Qué nos separa de la diversión, el placer y la riqueza?’ Si no es dedicarnos a lo que amamos: ¿Qué es?

(Ríe). En resumidas cuentas, el capitalismo. Somos criaturas del mercado que nos obliga a estar en constante competencia entre nosotros. Eso lleva a situaciones esperpénticas, como la subida de precios de los títulos universitarios, porque la gente está dispuesta a pagar incluso lo que no tiene por una vida decente y un buen trabajo. Esto hace que se dispare el endeudamiento estudiantil o que gente con doctorados a sus espaldas acepte trabajar gratis.

Hay quien señala a los jefes o la cultura empresarial como el motivo por el que no somos capaces de disfrutar del trabajo. Las librerías están llenas de alegatos a favor del trabajo autónomo o el emprendimiento como soluciones, que usted descarta en su libro. ¿Por qué lo hace?

Incluso si uno no tiene jefe, ni trabaja para una gran corporación, sino para ‘uno mismo’, sigue estando sujeto a la disciplina del mercado. Eso no cambia, se trabaje para Apple o una gran universidad, como yo, o se sea monitor freelancede yoga. Existe la idea de que la flexibilidad es la respuesta, pero en realidad es una espada de doble filo. Si uno es autónomo, quizá no tenga que ‘fichar’, pero tiene un montón de tareas añadidas, como asegurarse de cobrar por su trabajo. A menudo, esas labores se hacen a costa del tiempo de uno, incluso en fines de semana. Y, sin un Estado del bienestar fuerte, ser freelance o emprendedor conlleva un riesgo enorme. Viví dos años en Dinamarca y allí hay muchas pequeñas empresas y emprendedores. Los subsidios de desempleo, sanidad pública o permisos de paternidad pagados por el Estado aportan mayor libertad para emprender.

También hace referencia a la importancia de las credenciales. ¿Para qué sirven?

Son ante todo una manera de preservar ciertas relaciones de clase y de excluir a cierta gente de algunas industrias ‘glamurosas’, como las artes visuales, la moda o la editorial. La retórica del ‘Do What You Love’ propone que si uno siente pasión por algo lo alcanzará y triunfará en su ámbito. En realidad, las credenciales y las redes de contactos son extremadamente importantes para penetrar esos ámbitos, y funcionan como filtros en un mercado hipercompetitivo.

Dedica un pasaje del libro a la experiencia, odiosa y conocida por muchos, de ‘lidiar’ con los ‘servicios de atención al cliente’, en especial a la hora de darse de baja de un servicio. Se pregunta qué haría falta para que los que ‘atienden’ en dichas situaciones tuvieran la libertad de dedicarse de verdad a ayudar al cliente. ¿Qué tendría que cambiar para que viviéramos en un mundo así?

Dios mío. (Suspira). Haría falta una verdadera revolución en la manera de pensar en el trabajo y su papel en la sociedad. Porque es posible que la persona al otro lado del teléfono quiera ayudar. Pero como está sujeta a su jefe, y lo está porque necesita su trabajo para pagar el alquiler, tiene que seguir un guión que dificulte al cliente darse de baja. Si pudiéramos cubrir las necesidades de la gente sin que mediasen el afán de lucro o la necesidad del salario, se abriría la puerta a una nueva manera de relacionarnos socialmente, e incluso a una reinterpretación de la frase ‘dedícate a lo que amas’.

¿Por dónde propone empezar?

Desligar el trabajo del ingreso, a través de la Renta Básica, es fundamental. Otra reforma tiene que ver con la infancia. La manera en la que nos ocupamos de los niños está vista como una responsabilidad privada e individual. No tiene por qué ser así. Impulsar objetivos políticos como la baja por paternidad pagada o la financiación pública de la educación preescolar puede normalizar la idea de la responsabilidad para con las generaciones venideras.

Al arrancar esta conversación, le he preguntado a qué se dedica, y me ha respondido haciendo referencia a su trabajo. ¿Qué le sugiere eso?

Que incluso quienes no somos Oprah Winfrey, Steve Jobs ni Bill Clinton nos sentimos obligados a encarnar nuestro trabajo, que se convierte en nuestra identidad. Cuando salimos a la esfera pública, en Internet o en la vida real, nos ‘ponemos’ nuestro trabajo como si fuera ropa, y así nos presentamos al mundo. Nos sentimos obligados a ser nuestra propia ‘marca’, porque estamos siempre bajo presión.

Álvaro Guzmán Bastida, entrevista con Miya Tokomitsu: "Nos sentimos obligados a encarnar nuestro trabajo, que se convierte en nuestra identidad", Ctx 01/02/2017

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