L'enemic intern de la democràcia (José Luis Pardo).






Los temores despertados por la llegada a la presidencia estadounidense de Donald Trump, después del sorprendente triunfo del Brexit en el referéndum de Reino Unido, y la inquietud que provoca el exitoso resurgimiento de formaciones políticas neofascistas y neocomunistas en toda Europa me han hecho recordar las observaciones de Umberto Eco acerca de esos momentos anómalos de la cultura popular, en los cuales, en lugar de identificarse con el héroe restaurador de la justicia y protector de los indefensos, el público se identifica con los grandes criminales de ficción, como ocurrió con la aparición de las aventuras de Fantomas, el personaje creado por Marcel Allain y Pierre Souvestre. Es como si ahora, como quien se siente confundido por un relato de ficción cuyo desenlace no es el previsto, nos estuviéramos todos preguntando: “¿Por qué ganan (en las urnas) los malos?”.

Pero no está claro que tengamos derecho a hacer esa pregunta: a diferencia de lo que ocurre en la ficción, en la historia, como en la guerra y en las elecciones, no hay buenos ni malos, sino únicamente vencedores y vencidos. Para que los hubiera tendríamos que situar una instancia moral o religiosa por encima de la soberanía popular, y eso ya lo hemos probado con resultados catastróficos. Como mucho, podemos hablar de buenos y malos en un sentido político inmanente a los regímenes democráticos de derecho: los buenos serían entonces los que respetan las reglas del juego, y los malos, los que quieren superar la democracia. Así pues, y únicamente en este sentido, los Fantomas de nuestra historia reciente han sido los Estados totalitarios fascistas y comunistas. Pero esto no quiere decir que en los regímenes democráticos reine la bondad moral o que en los no democráticos todo sea maldad y perversión. Por el contrario, las dictaduras totalitarias están llenas, como las guerras, de ejemplos de santidad, heroísmo, buenas intenciones y conductas ejemplares, mientras que las democracias son compatibles con un alto grado de mediocridad moral, malas intenciones, vicio, corrupción e indiferencia. Y las elecciones no son un seguro a todo riesgo contra esos males.

Pero como sucede que, en esa historia reciente, aquellos grandes malos fueron derrotados por las democracias liberales occidentales, hemos podido tener la sensación de que la historia había terminado y de que la habían ganado los buenos, que mira por dónde éramos nosotros, y de que el nuestro era el reino definitivo del bien moral tras la caída del muro de Berlín, que a partir de ese momento se extendería a todo el planeta —el bien es difusivo, decía el Doctor Angélico— gracias a la desaparición de las fronteras nacionales para la circulación del dinero y de las personas. Los atentados del 11-S fueron un aviso de que Fantomas no había muerto con la derrota de Hitler y la desaparición de la Unión Soviética (y de que se aprovechaba de la difuminación de las fronteras políticas y económicas para sus planes), y las invocaciones teológicas con las que se gestionó esta amenaza (“el eje del bien” contra el “eje del mal”) indicaron también el grado de confusión imperante entre la moral y la política.

Hoy, la crisis económica ha alimentado en Europa y en EE UU el crecimiento electoral de opciones políticas antipáticas con respecto a la democracia de derecho (cuyos límites, sin embargo, respetan, aunque no sea de muy buena gana). Y aunque el parentesco de estos líderes malencarados con los malos fantomásicos del siglo pasado parece ser sobre todo estético (del tipo del que Marilyn Manson tiene con Charles Manson), es un síntoma de que el mal antidemocrático no está definitivamente vencido ni únicamente “fuera” del sistema. El remedio democrático contra este mal es bien conocido: las democracias se distinguen de otros regímenes políticos precisamente porque están acostumbradas a que el enemigo está siempre dentro, como adversario en el Parlamento, y debe ser derrotado en las urnas por el consenso mayoritario de los representantes del pueblo.

Pero esta medicina es precisamente la que parece estar dejando de funcionar, como esos antibióticos que pierden eficacia porque las bacterias y microorganismos se vuelven resistentes a ellos. Aplicada a algunos países iberoamericanos, y a otros de los llamados “islámicos” que tomaron el relevo del enemigo soviético después de 1989, el fármaco da como resultado que, allí donde desaparecen los regímenes autoritarios vigentes desde la descolonización, tienden a ganar las elecciones los islamistas radicales y los caudillos populistas. Y ahora empieza también a fallar en el centro del sistema, en donde las urnas se inclinan una y otra vez a favor de los “antipáticos”, con el consiguiente desconcierto de los partidos socialdemócratas y conservadores que erigieron el Estado de bienestar, que no se explican por qué han perdido el favor de un pueblo que vota a los “malos” menos por simpatía hacia sus inspiradas consignas que por no perder la oportunidad, hasta ahora casi inédita, de votar contra los “buenos”. Porque en las democracias la pregunta “¿por qué ganan los malos?” solo tiene una respuesta posible: porque les votamos, de la misma manera que Fantomas escapaba siempre de las garras del detective Juve porque el público esperaba verle de nuevo en la siguiente aventura.

Pero el triunfo de estos “neo-malos” no son solo sus resultados electorales: sus victorias de hoy en las urnas les ponen en crisis tanto como sus derrotas de ayer les confirmaban en su superioridad moral. Su triunfo consiste, sobre todo, en que a los “buenos” no se les ha ocurrido mejor solución para salvarse de la quema en los comicios que volverse, aunque sea de mentirijillas, un poco “malos” para atraerse a los votantes descontentos, con lo cual, en lugar de ganar adeptos, ahuyentan a los pocos que les quedan, desorientados por su calculada pero escandalosa ambigüedad: en los países deudores de la UE, los socialdemócratas se vuelven un poquito neocomunistas, y en los acreedores los conservadores se vuelven un poquito neofascistas, pero ambos se guardan muy mucho de tomar alguna postura comprometida en asuntos de circulación de personas o de capitales, mientras que la posición de los “malos” en estos puntos es clarísima: que el dinero se quede dentro y los extranjeros fuera (o viceversa), aunque nadie sepa cómo van a convencer a los ricos y a los pobres para que se estén quietos.

Y de esta estrategia ya no se puede culpar al pueblo casquivano: ¿cómo evitar que los comicios se conviertan en tómbolas plebiscitarias si los “malos” acuden a las urnas disfrazados de “buenos” y los “buenos” disfrazados de “malos”? Lady Beltham, la amante de Fantomas, obligada a elegir entre la pasión que sentía por el hombre y el horror que le provocaba el criminal, encontró la solución: se suicidó en 1910.

José Luis Pardo, Cuando ganan los malos, El País 24/02/2017

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