Max Weber i l'agonisme polític.





Abundan las apelaciones a la responsabilidad de los políticos y los columnistas más doctos acompañan sus análisis con la inevitable mención a Max Weber. Es comprensible porque la contraposición weberiana entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad se ha hecho justamente famosa para pensar las complicadas relaciones entre ética y política. Conviene notar, sin embargo, el uso polémico que generalmente se hace de esta distinción. Quienes recuerdan la tipología de Weber no solo sostienen la superioridad de la ética de la responsabilidad, sino que utilizan la expresión “ética de la convicción” como una etiqueta reprobatoria. El político que se guía por esta aparece como un ingenuo, o en el peor de los casos un fanático, obsesionado por la pureza de sus ideales, pero ciego a la complejidad de lo real e incapaz de atender a las consecuencias de sus actos. La ética de la convicción sería la pauta de conducta del político irresponsable; el buen político, por el contrario, solo puede adoptar la ética de la responsabilidad.

El uso polémico acaba por convertir la distinción de Weber en un cliché que simplifica indebidamente las densas páginas finales de Politik als Beruf [La política como vocación], donde traza el contraste entre las dos éticas. Una lectura atenta ofrece motivos para poner en duda el cliché. Por ejemplo, inmediatamente después de formular por primera vez la distinción, Weber nos previene contra el malentendido al que pueden dar lugar ambas etiquetas: “No es que la ética de la convicción sea idéntica a la falta de responsabilidad o la ética de la responsabilidad a la falta de convicción. No se trata en absoluto de esto.” Y, al cerrar la discusión, Weber deja claro que no cabe determinar si debemos obrar de acuerdo con una u otra ética: “No se puede prescribir a nadie si hay que actuar según la ética de la convicción o según la ética de la responsabilidad, o cuándo según una y cuándo según la otra.” Weber no parece suscribir que estamos ante una ética buena y otra mala, por así decir, ni da por sentado la superioridad de una sobre otra.

El texto de La política como vocación (o como profesión) es una versión más extensa de la conferencia que pronunció Weber ante una asociación de estudiantes en el Múnich revolucionario de 1919. Tras el armisticio, las circunstancias no podían ser más convulsas en una Alemania derrotada y desgarrada por el conflicto civil. Días antes de la conferencia los líderes espartaquistas Luxemburg y Liebknecht habían sido asesinados en Berlín durante la segunda intentona revolucionaria y en Múnich se había proclamado la República soviética de Baviera. Muchos estudiantes e intelectuales conocidos de Weber tomaban parte en las actividades revolucionarias. Las páginas finales van dirigidas a ese público estudiantil y el texto conserva la viveza y el apasionamiento con los que Weber interpela a su audiencia. Weber culmina su reflexión sobre el político de vocación, el que vive para la política y no solo de la política, abordando el sentido moral de esa vocación.

Unas páginas antes de referirse a las dos éticas, Weber plantea la cuestión de un modo indudablemente clásico, preguntándose por las cualidades que debería reunir quien se dedica a la política. Para él la política requiere pasión en primer lugar, pues consiste en la entrega a una causa y a los ideales que la inspiran. Pero esa pasión responde a la importancia real de una causa y presenta fines objetivos, sin nada que ver con la “excitación estéril” a la que tan dados son los intelectuales. Debe ir acompasada con el sentido de la responsabilidad, que es lo que echa en falta en no pocos de los colegas y estudiantes envueltos en el torbellino revolucionario. “Es ese un ‘romanticismo de lo intelectualmente interesante’ que gira en el vacío, desprovisto de todo sentido de la responsabilidad objetiva.” El lector no puede por menos que conectar esta segunda virtud del buen político con la ética de la responsabilidad de la que hablará después. Pero aquí afirma que convicciones y responsabilidad han de confluir en el político de talla: “La pasión no convierte a un hombre en político si no está al servicio de una ‘causa’ y no hace de la responsabilidad con respecto a esa causa la estrella que oriente su acción.” De modo similar a como pensaban los clásicos, las tres virtudes de las que nos habla Weber se necesitan y refuerzan unas a otras. La tercera es la cualidad que el alemán considera decisiva en el político, pues si la pasión por una causa ha de venir disciplinada por la responsabilidad, ello requiere en el político mesura o sentido de la medida (Augenmass). Weber se refiere con ello al buen juicio para calibrar las circunstancias y ver las cosas en la adecuada perspectiva. Pero no la describe solo como una virtud intelectual, sino como el hábito de saber guardar las distancias, sin perder la tranquilidad a pesar de las múltiples presiones de la realidad y de los hombres. En español podríamos hablar del temple que distingue al político de vocación del diletante.

Las virtudes que traza ponen en evidencia los defectos de los políticos al uso. Su exposición de esos vicios profesionales confirma el argumento sobre el nexo necesario entre convicción, responsabilidad y mesura. El más común de esos defectos es naturalmente la vanidad, que Weber considera enemiga mortal de toda entrega a una causa y también de la mesura, en este caso con respecto a uno mismo. En no pocos casos, además, vienen a coincidir la carencia de convicciones y la falta de responsabilidad. Weber se fija en el demagogo que tiene que medir siempre el efecto que causa, lo que le lleva a comportarse como un actor vanidoso, más pendiente de la impresión que produce que de las consecuencias de sus actos. Cuando el afán de poder que caracteriza al político no está al servicio de una causa, cuando se convierte en un profesional del poder sin convicciones, ahí ve Weber el pecado mayor contra la política. Así los duros pasajes que dedica a los políticos de poder, detrás de cuyas formas ostentosas detecta la perfecta vacuidad de quien carece de fines y proyectos más grandes que su propia carrera. Como afirma, siempre tiene que haber una fe; sin ella los éxitos aparentemente más sólidos llevan consigo la “maldición de la inanidad”.

En el ensayo El sentido de la neutralidad axiológica de las ciencias sociales y económicas de 1917 anticipa esta misma condena rotunda de la Realpolitik. En este trabajo está claramente delineada por primera vez la ética de la convicción, aunque no use esa denominación aún. Como dice, la gente en política y fuera de ella tiende con demasiada frecuencia a adaptar sus convicciones a lo que tiene éxito o promete tenerlo, y eso es lo que se glorifica como realismo político. La política en un cierto sentido es el arte de lo posible, pero no ha sido esa “ética del éxito” la que ha conformado la cultura pública que apreciamos. Y añade: “Personalmente por nada del mundo quisiera que la nación se apartase del reconocimiento de que los actos no solo tienen ‘valor por su éxito’ (o resultados), sino que también son valiosos por la convicción que encarnan.” Cuando usa el ejemplo de un sindicalista convencido para describir lo que llamará después “ética de la convicción”, pone una nota importante al observar que ni siquiera en términos puramente lógicos tiene sentido criticar una conducta que se guía por el “valor de la intención” contraponiéndola sin más al valor de los resultados.

El trabajo de 1917 deja claro el valor de las convicciones y nos previene contra todo intento de entender la ética de la responsabilidad como adaptación pragmática a lo posible o mera búsqueda del éxito en política. Incluso adelanta la máxima fundamental de la ética de la convicción, cuyo mejor ejemplo es el Sermón de la Montaña, con la frase “el cristiano obra bien y deja el resultado en las manos de Dios”. Y, sobre todo, ofrece las claves para entender adecuadamente la relación de las dos éticas en su conferencia. La primera es que Weber es un pluralista axiológico que contempla el conflicto de valores como la urdimbre fundamental de la experiencia humana. Como dice, “la vida no conoce sino esa eterna lucha entre dioses”, y es imposible unificar los puntos de vista que pueden tenerse sobre la vida. El choque entre las dos orientaciones de valor que representan la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción es una manifestación más de ese pluralismo agónico trasladado a la vida política.

¿Quién puede juzgar cuándo un fin bueno justifica medios moralmente dudosos o efectos colaterales indeseables? ¿O cuándo el valor ejemplar justifica un acto a pesar de que la probabilidad de éxito sea mínima? Nadie puede responder de una vez por todas a preguntas así. Por eso no podemos prescribir cuándo obrar según una u otra ética. Pero su conferencia se dirige a estudiantes, pacifistas o revolucionarios, que creen obrar movidos por sus ideales. Y pone ante sus ojos verdades incómodas: que la política es lucha por el poder; que quien aspira al poder debe contar con los hombres como son, satisfaciendo pasiones e intereses poco nobles; o la irracionalidad ética del mundo, porque del bien no siempre se sigue el bien y el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Lejos de juzgar inferior una ética de la convicción, lo que hace Weber es dudar de la solidez y consistencia de muchos de los que dicen seguirla. En cambio, le parece admirable quien, llegado a un cierto punto, sintiendo la responsabilidad por las consecuencias, dice como Lutero: “no puedo hacer otra cosa, aquí me detengo”. Entonces la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción deben contemplarse en realidad “como elementos complementarios que han de concurrir para formar al hombre auténtico, al hombre que puede tener vocación política”. Una conclusión bien lejos del cliché. 

Manuel Toscano, Max Weber: la convicción y la responsabilidad, Letras Libres 15/01/2017

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