En busca del secret del mecanisme de l'obediència (Simone Weil).


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Los marxistas no han facilitado una visión clara del problema al elegir la economía como clave del enigma social. Si se considera a una sociedad como un ser colectivo, entonces ese gran animal, como todos los animales, se define principalmente por la manera en que se asegura el alimento, el sueño, la protección de la intemperie, en pocas palabras, la vida. Pero la sociedad considerada en su relación con el individuo no puede definirse simplemente por los modos de producción. Por más que se recurra a todo género de sutilezas para hacer de la guerra un fenómeno esencialmente económico, es patente y manifiesto que la guerra es destrucción y no producción. La obediencia y el mandato son también fenómenos que las condiciones de producción no bastan para justificar. Cuando un viejo obrero sin trabajo y sin ayuda perece silenciosamente en la calle o en un cuchitril, esta sumisión que se extiende hasta la muerte no se puede explicar por el juego de las necesidades vitales. La destrucción masiva del trigo o el café durante las crisis es un ejemplo no menos claro. La noción de fuerza, y no la de necesidad, constituye la clave que permite leer los fenómenos sociales. 

El estudio del mecanismo social está obstaculizado por pasiones que se encuentran en todos y en cada uno. No hay casi nadie que no desee, bien cambiar, bien conservar las actuales relaciones de dominio y sumisión. Uno y otro deseo ponen una niebla ante la mirada de la inteligencia e impiden percibir las lecciones de la historia, que muestra en todas partes a las masas bajo el yugo y a unos pocos levantando el látigo. 

Unos, del lado de las masas, quieren mostrar que esta situación no es solamente inicua, sino también imposible, al menos para un futuro próximo o lejano. Los otros, del lado que desea conservar el orden y los privilegios, quieren mostrar que el yugo pesa poco, o incluso que es consentido. Desde los dos lados se lanza un velo sobre el absurdo radical del mecanismo social, en lugar de considerar cara a cara este absurdo aparente y analizarlo para encontrar ahí el secreto de la máquina. En cualquier materia no existe otro método de reflexión. El asombro es la fuente de la sabiduría, decía Platón.

Simone Weil, Meditación sobre la obediencia y la libertad (1937), Escritos históricos y políticos, Editorial Trotta, Madrid 2007

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