dijous, 1 de desembre de 2016

La política de la postveritat.

<p>Caricatura de Donald Trump.</p>
by Luis Grañena

“El súbdito ideal del reino totalitario”, escribía Hannah Arendt, “no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino el hombre para el que ya no existe la distinción entre hecho y ficción, ni entre verdadero y falso”. Es una magnífica definición del candidato Donald Trump, que el 9 de noviembre se convirtió en el 45º presidente de Estados Unidos. Nunca un hombre político había borrado hasta tal punto la frontera entre verdadero y falso, entre realidad y ficción. Para Donald Trump, que ha hecho campaña durante 16 meses multiplicando las mentiras, las habladurías y las calumnias, es la capacidad de producir adhesión, de seducir, de engañar lo que confiere validez a la palabra pública. Es el índice de audiencia lo que decide entre lo verdadero y lo falso, entre lo que es real y lo que es ficticio.

“Ha mentido de forma estratégica”, ha declarado Tony Schwartz, el escritor en la sombra de Trump. “No le crea ningún escrúpulo de conciencia”. A muchas personas “la verdad se les queda estrecha”, y la indiferencia de Trump hacia la verdad “ha representado, sorprendentemente, una ventaja para él”. Por mucho que los medios de comunicación se esforzaran en contraponer la verificación de los hechos a sus mentiras, la realpolitik a sus quimeras aislacionistas, la moral a sus desvaríos sexistas y racistas, la Trumpesfera actuaba como un agujero negro que absorbía las críticas y las llamadas al orden. Ya pueden los medios de información tacharle de fascista, de neofascista, o compararle con el mismo Hitler, “a la gente le da igual”, replica él con arrogancia. Una actitud típica de los fascistas. Y vuelve a alimentar con más fuerza la provocación con una nueva observación racista contra los musulmanes, los hispanos, las mujeres y los homosexuales, inflamando una vez más a los medios de comunicación escandalizados.

“En Donald Trump”, escribía Roger Cohen en The New York Times, “hay realmente un candidato fuera de cualquier esquema: es uno que miente en continuación, que insulta, que utiliza un lenguaje impensable hasta ahora. Si se dice: ‘Hay alguien que quiere ser presidente de Estados Unidos y miente constantemente’, y millones de personas dicen: ‘De acuerdo, sí, quizá es algo que no se debe hacer, pero en cualquier caso le voy a votar’, creo que es necesario hacer un análisis profundo”. 

Es evidente que podemos echarle la culpa a la credulidad de los votantes o a la complicidad de los canales televisivos todo noticias –Fox News, MSNBC y CNN-- que gracias a Trump han conseguido récords de audiencia e ingresos publicitarios estimados en varios miles de millones de dólares. ¿Pero cómo romper la espiral que vincula las provocaciones de Trump con los récords de audiencia de las televisiones, y estos récords con el consenso electoral? Las explicaciones no faltan.

En Estados Unidos se ha acuñado incluso un neologismo para designar esta nueva era de mentira política, la “política de la posverdad”. La confluencia entre movimientos populistas y redes sociales habría creado un nuevo contexto y un nuevo régimen de verdad caracterizado por la aparición de burbujas informativas independientes entre ellas, torres de información inmunes a los pesos y contrapesos tradicionales que funcionaban como árbitros en el espacio público. Ahora las personas pueden elegir su fuente de información de acuerdo con sus propias opiniones y sus propios prejuicios, en una suerte de inviolabilidad ideológica que es también una forma de autismo informativo. Esto puede explicar una cierta fragmentación de las opiniones públicas, pero no la continua realimentación verbal, o el histerismo alcanzado en el debate público que hemos constatado en esta campaña. 

En un artículo de The New York Times publicado algunos días antes de las elecciones presidenciales de 2004, Ron Suskind, editorialista de The Wall Street Journal de 1993 a 2000 y, posteriormente, autor de diversos sondeos sobre la comunicación de la Casa Blanca, reveló el contenido de una conversación que había mantenido en el verano de 2002 con un asesor de George W. Bush. 

Dicho asesor, molesto por un artículo que Suskind acababa de publicar en la revista Esquire sobre la exdirectora de comunicación de Bush, Karen Hughes, le agredió inesperadamente: “Me dijo que las personas como yo formaban parte ‘de lo que llamamos comunidad basada en la realidad (o reality-based community): vosotros creéis que las soluciones surgen de vuestro juicioso análisis de la realidad observable’. Yo asentí y murmuré algo sobre los principios de la Ilustración y del empirismo, pero él me interrumpió: “En realidad, el mundo ya no funciona así. Nosotros somos ahora un imperio y cuando actuamos creamos nuestra realidad. Y mientras vosotros estudiáis esa realidad, con la sensatez que tanto os gusta, nosotros volvemos a actuar y creamos otras realidades nuevas, que podréis estudiar a su vez, y es así como funcionan las cosas. Nosotros somos los actores de la historia. […] Y a vosotros, a todos vosotros, no os queda nada más que estudiar lo que nosotros hacemos”.

Estas declaraciones, pronunciadas por un responsable político estadounidense de alto nivel (quizá Karl Rove) pocos meses antes de la guerra en Irak, no son solo cínicas, dignas de un Maquiavelo comunicólogo, sino que parecen más propias de un escenario teatral que de un despacho de la Casa Blanca. Y no solo plantean un problema político o diplomático, sino que hacen patente una nueva concepción de la relación entre política y realidad: los mandatarios de la primera potencia mundial se alejan no solo de la realpolitik, sino también del simple realismo, para convertirse en creadores de su realidad, en dueños de las apariencias, reivindicando lo que podríamos definir como una realpolitik de la ficción.

El artículo de Suskind tuvo un gran impacto. Los editorialistas y los blogueros se adueñaron de la expresión “comunidad basada en la realidad”, que se difundió a través de la red.

“Durante estos últimos tres años”, explica Jay Rosen, profesor de periodismo en la Universidad de Nueva York, “es más, desde el comienzo de la aventura en Irak, los estadounidenses han asistido a clamorosos fracasos de los servicios de inteligencia, a fiascos espectaculares en la prensa, a un descalabro asombroso de los dispositivos públicos de control de la acción del Gobierno, como la desaparición de la vigilancia sobre el Congreso y el cortocircuito del Consejo Nacional de Seguridad, que habían sido instituidos precisamente para evitar esas circunstancias. Al hablar de “derrota del empirismo”, Suskind evidencia la esencia de este proceso, consistente en restringir la deliberación, el control, la indagación de los hechos, la investigación sobre el terreno”.

Ron Suskind observaba que estas prácticas constituían una ruptura con una “larga y venerable tradición” de la prensa independiente y del periodismo de investigación. Denunciaba una campaña “poderosa y diversificada, coordinada a nivel nacional”, cuyo objetivo era el descrédito de la prensa. A un periodista que le preguntaba si pensaba que estos ataques estaban dirigidos a eliminar el periodismo de investigación, Suskind le respondió: ¡Claro que sí! Este es precisamente el objetivo, la desaparición de la comunidad de periodistas honrados en Estados Unidos, ya sean republicanos o demócratas, o miembros de grandes periódicos. […] De esta forma ya no nos quedará nada más que una cultura y un debate público basados en la afirmación en vez de en la verdad, en las opiniones en vez de en los hechos”. 

Roosevelt fue el primer presidente que utilizó la radio para comunicar con los norteamericanos. Kennedy inauguró la era de la televisión. Cuando Roosevelt pronunciaba un discurso en la radio, “la gente tenía tiempo suficiente para reflexionar, podía compaginar emoción y hechos”, explica el neurocientífico António Damásio. “Hoy, con Internet y la televisión por cable que difunden informaciones las 24 horas del día, estás inmerso en un contexto en el que ya no tienes tiempo para reflexionar. Los electores están guiados por sentimientos puros de simpatía o de aversión, de armonía o de desasosiego que les inspiran los candidatos a los que conocen a través de su relato”. En sociedades hipermediatizadas, atravesadas por flujos de información continuos, la capacidad de estructurar una visión política no con argumentos racionales sino mediante el relato de historias, se ha convertido en la clave de la conquista y del ejercicio del poder. Ya no es la pertinencia lo que da a la palabra pública su eficacia, sino la plausibilidad, la capacidad de movilizar a su favor grandes corrientes de público y de adhesión…

La elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos es el punto culminante de esta evolución. Con él, lo que entra en la Casa Blanca es el universo de los programas de telerrealidad (o reality). Más que de construir la realidad, se trata de producir una telerrealidad permanente, un universo disgregado en el que la libertad de expresión se manifiesta constantemente mediante la transgresión. La telerrealidad trumpista es un telecarnaval en el que se escenifica sin descanso la subversión de lo alto y lo bajo, de lo noble y lo trivial, de lo refinado y lo vulgar, así como el rechazo de las normas y de las jerarquías constituidas y la rabia contra la élite. Trump es una representación de la bazofia del lujo que triunfa bajo la enseña de lo vulgar, lo escatológico y la mofa. Es el vencedor con la semblanza del perdedor. “He maquillado a un cerdo con una barra de labios”, según las palabras de su escritor en la sombra Tony Schwartz.

A los blancos desclasados, que han representado el meollo de su electorado, les propone una revancha simbólica, la restauración de una superioridad blanca turbada por el avance de las minorías en una sociedad cada vez más multicultural, espejo de los medios de comunicación y de los intelectuales. Es contra este espejo contra el que Trump ha encauzado la rabia hacia la élite, desacreditando a los unos para volver a dar crédito a los otros a costa de decir todo tipo de mentiras. Y lo ha hecho utilizando las recetas de los programas de telerrealidad, que satisfacen esta necesidad de representación, muy conocida clínicamente, y que se nutre de la impotencia del vivir. Lo que Trump ha logrado captar y transformar en capital político es esta necesidad de representación. “Yo fomento las fantasías de la gente. […] La gente quiere creer que una determinada cosa es la más grande, la más excepcional, la más espectacular. Yo llamo a esto hipérbole real. Es una forma inocente de exageración y una forma eficacísima de promoción”. Palabras extraídas de su autobiografía Trump: el arte de la negociación. 

Christian Salmon, Posverdad, la palabra de la era Trump, Ctxt 30/11/2016

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Este texto está publicado en La Repubblica. Traducción de Valentina Valverde. 

Christian Salmon es escritor y miembro del Centre de Recherches sur les Arts et le Langage, CNRS. Es autor, entre otras obras, del ensayo Storytelling, la machine à fabriquer des histoires et à formater les esprits [Storytelling: la máquina de fabricar historias y formatear las mentes, Península, Barcelona, 2008]