dissabte, 5 de novembre de 2016

"Terminator" és la personificació ideal de l'"homo economicus" (German Huici).



Después del libro de ensayos Entre miradas (Editorial Elba, 2013) y la novela La espera (Ediciones Xorki, 2014), el escritor Germán Huici publica El Dios ausente (Editorial Elba), un ensayo que examina la anatomía del pensamiento capitalista. En un momento especialmente intenso de este fascinante libro, se nos recuerda que el dinero y el comportamiento comercial que rigen nuestra época no son elementos consustanciales a la naturaleza humana sino construcciones culturales y por lo tanto proclives a cambiar. Pero por algún motivo el orden establecido en la actualidad parece inalterable. Huici llega a una conclusión contundente: el capitalismo opera en nosotros como una religión. Y nuestra fe es extraordinariamente firme. Cada vez que compramos o trabajamos le estamos rindiendo culto a ese Dios ausente. En algunos aspectos, este ensayo establece un diálogo con el texto breve de 1921 de Walter Benjamin, El capitalismo como religión. A través de un amplio recorrido por nuestras costumbres, mitologías, relatos e iconografía capitalistas, Huici expande la idea de Benjamin, realiza un retrato incisivo de la dimensión religiosa de nuestro modo de vida y nos ofrece nuevas maneras de pensar sobre los problemas que nos aquejan.

Me gustaría empezar preguntándote por la relación entre tu libro y el texto de Walter Benjamin. 

Pues aunque es la referencia principal del texto, la forma en la que llegué a El capitalismo como religión fue posterior a la concepción inicial del libro.

¿De dónde surge la idea del libro? 

El libro parte del impacto que causó en mí la mal llamada crisis del 2008. Empecé a valorar escribir un libro en el que hiciese un análisis personal del capitalismo actual. Mi principal preocupación era entender por qué no cambiamos el sistema. Quiero decir, encuentro que en nuestro sistema ideológico muchos de los que vivimos acorde con sus ideales, al mismo tiempo lo detestamos o lo consideramos moralmente perverso. Eso me llevó a valorar la idea de que este sistema depende más de la sumisión que de la seducción. Esto no es lo que normalmente se piensa del capitalismo. Se supone normalmente que funciona fomentando el egoísmo individualista, pero yo veo que a menudo la gente que acata sus principios (casi todos los occidentales en mayor o menor medida) lo hacen por pura sumisión. Esto me llevó a relacionarlo con la idea de sumisión ante una ley divina incuestionable propia de las religiones.

O sea que llegaste a la misma idea del capitalismo como religión antes de leer el texto de Benjamin…

Sí, investigando en esta línea vi una entrevista con Zizek, otra de mis influencias principales, y él citaba el texto. Es un texto corto y no muy conocido. Me hice con él rápidamente y descubrí que expresaba casi a la perfección lo que yo pretendía formular, como sólo consta de tres hojas pude ampliar lo que en él se dice y convertirlo en un libro.

Me parece que estás de acuerdo con Benjamin cuando dice que la fuerza del capitalismo reside en culto, pero tú matizas la idea de que el capitalismo es una religión solo de culto, sin dogmas.

Sí, ese es uno de los pocos errores que comete Benjamin en su breve análisis. En el capitalismo sí que hay dogmas, pero se disfrazan de pensamiento racional/científico y se venden como un materialismo prosaico, por eso Benjamin y la mayoría de las personas interpretan que el mundo contemporáneo es relativista, sin dogmas y sin grandes referentes.

Tú vas en contra de esa idea. ¿Podrías mencionar algunos ejemplos de dogmas capitalistas?

Los dogmas capitalistas existen: el darwinismo es un ejemplo fantástico de ello. Con esto no vengo a dudar del valor del trabajo de Darwin como científico, pero tras Darwin vino Herbert Spencer y otros “darwinistas sociales” y las teorías que Darwin aplicaba al mundo animal y vegetal se aplicaron a la sociedad humana. La expresión “supervivencia del más apto” no es de Darwin, si no de Spencer. Así que el ideal de que compitiendo entre individuos sin cooperación se consiguen los resultados económico-sociales, no sólo óptimos, si no “naturales”, se ha impuesto como dogma, y se interpreta que la cooperación puede ser moralmente bella, pero que es altruismo poco práctico. Todo un dogma. De hecho, los miembros de las clases pudientes tienden a ayudarse entre sí dejando que sean los humildes los que compitan y rompiendo con el darwinismo social que pregonan. Pero hay muchos más dogmas de nuestro tiempo, ideas que amparadas por una justificación científica se toman como verdades inamovibles, cuando son ideas culturales y ninguna realidad cultural humana se puede justificar con matemáticas… El comportamiento comercial como inherente en el ser humano sería otro dogma de nuestro tiempo, por ejemplo.

¿De dónde vienen estos dogmas que se han establecido?

Es una buena pregunta, compleja. Una respuesta simplista y errónea sería que los crean las clases dirigentes para mantener su “status quo”. Pero yo no creo que sea así. Las ideologías, religiosas o laicas (yo en mi libro analizo la parte que tiene de religiosa la ideología capitalista) se desarrollan con ese devenir cultural que Hegel llamaba zeitgeist o espíritu de la época. Algunas surgen de personalidades concretas, otras de intereses económicos, un poco del devenir de una era.

Hablabas antes de cómo las ideas se amparan en la justificación científica y se presentan como verdades inamovibles. En tu libro pones como ejemplo la ciencia económica.

La justificación científica racional de las grandes ideas centrales de nuestro tiempo las vuelve dogmas innegables. Somos mucho menos relativistas de lo que pensamos, el ejemplo central de esta manera de construir ideología es la “ciencia económica”. La economía es una ciencia social, no exacta, pero se presenta como una ciencia exacta, regida por la infalibilidad matemática. Así puede sentar cátedra, construir dogmas. Así el zeitgeist se presenta como una realidad física innegable e invariable, y nos quedamos sin herramientas para construir un tiempo nuevo.

En su libro Nostalgia del absoluto, George Steiner afirma que toda mitología surge de una visión profética que se funda en una serie de textos canónicos. Me da la impresión de que en el pensamiento capitalista estos textos, si los hubiera, se mantienen bastante camuflados. ¿Dirías tú que hay textos canónicos del pensamiento capitalista?

Yo no estoy totalmente de acuerdo con Steiner. Lo que él dice es válido para algunas religiones, para muchas, pero no para todas.

¿No crees que haya libros que en cierta medida funcionen como textos canónicos?

En el capitalismo esto sería más complejo. Pensemos que es una religión que surge en un mundo con imprenta y con un caudal de textos arrollador, no hay libros concretos de referencia tan claros, pero sí me gustaría destacar el papel de los textos económicos. Hay ideas de la historia económica como la de homo economicus o el modelo de competencia perfecta que, con todos mis respetos a los economistas, rozan el absurdo pero se siguen aceptando a lo largo de siglos. La economía es una disciplina muy conservadora, respeta mucho sus principios, tarda en adaptarse a sus errores. Es muy dogmática y es la disciplina teórica más influyente de nuestro tiempo. Sus textos cumplen, con matices, un poco la función de textos sagrados. Con matices, insisto.

¿Crees que la sociedad interiorizó el modelo de sujeto elaborado por los economistas?

Sí, esto es central en el libro. Y es un modelo desastroso. El modelo de ser humano que plantean los primeros teóricos del liberalismo económico como Stuart Mill o Adam Smith se resume en un modelo de ser humano que la economía aún utiliza, el homo economicus.

¿De dónde viene el término “homo economicus”? 

El propio término surge con un matiz despectivo en textos críticos con la obra de Mill porque lo que éste plantea es que para la teoría económica el ser humano sólo actúa movido por el deseo de riqueza, sólo se conciben en él las acciones egoístas. En el siglo XIX, la dureza de lo que exponían ciertos economistas, motivó que se empezase a llamar a la economía “la ciencia lúgubre”.

¿Crees que ese planteamiento sigue vigente?

Esa idea de que esencialmente el ser humano es un ser movido por motivos egoístas aún domina el pensamiento económico. Esto es un problema, porque las personas somos seres culturales y las disciplinas culturales que dominan nuestro tiempo nos dan forma, si asumimos que los seres humanos somos exclusivamente egoístas lo acabaremos siendo. Pero además, ese egoísmo se plantea como un egoísmo muy concreto con un único objetivo: el dinero. Entonces, si alguien controla el dinero, controla los deseos supuestamente egoístas de esos homos economicus y puede transformar su egoísmo en sumisión. Lo que quiero decir es que cuando nos creemos egoístas buscando el dinero, en realidad jugamos el papel que se nos supone como homos economicus, no nuestra verdadera felicidad, placer o beneficio de otro tipo. Hoy en día sólo hay que darle dinero a alguien, y a cambio de eso hará la actividad que más infeliz le haga del mundo, es un tipo de egoísmo paradójico.

Algunos filósofos o investigadores como Byung Chul Han o Pierre Dardot y Christian Laval se refieren a este modelo de sujeto como sujeto de rendimiento u hombre empresarial. ¿Por qué te decantas por designarlo como homo economicus?

Lo llamo homo economicus porque es como lo llama la teoría económica que es la que verdaderamente ha teorizado el concepto desde su inicio y ha conseguido que nos vayamos convirtiendo en ello. En este caso la teoría va antes que la realidad cultural, utilizo el término tal y como lo usaban quienes lo crearon.

En tu ensayo sugieres que Terminator sería su personificación ideal. ¿Es ser un robot eficaz el sueño del homo economicus.

Sí, algo así. La teoría del homo economicus dice que es un ser que tiene necesidades concretas (la teoría económica acostumbra a utilizar la palabra necesidad tanto para hablar de necesidades como de deseos), necesidades que satisface tomando decisiones racionales en el ámbito de las relaciones económicas comerciales.

Pero el ser humano no siempre se conduce de forma racional.

El matiz de que la satisfacción de esos deseos se conduce siempre de forma racional es algo realmente absurdo. No se me ocurre ninguna otra ideología tan relevante de otra época que no asuma lo a menudo que el ser humano se comporta de forma irracional o ilógica. Por eso se aspira a ser como un robot, siempre en una línea de acción matematizada (reducida a precios, que son números) y constantemente racional. Se aspira a ser como el Terminator, pero como el Terminator que es una máquina ideal. Esto es importante.

En tu libro dices que nos exigimos una eficiencia intachable que idealmente asumimos que poseen las máquinas.

No queremos ser como una máquina real, las máquinas fallan mucho más que el modelo ideal del homo economicus, pero nos gustaría que fuesen perfectas, infalibles, como se supone que tiene que ser la razón que las ha creado. Todo está lleno de ausencia de sentido común y de inevitable frustración ante los fallos del sistema. No somos racionales, fallamos, nuestras máquinas fallan, el sistema falla, y ni siquiera conseguir ser como la idea que tenemos de un androide nos haría felices. Es una degradación de la naturaleza humana que no sólo consigue infelicidad, también nos reduce a meras piezas dentro de un sistema inmenso y nos hace sentir que el orden social es inalterable, o que somos demasiado pequeños para alterarlo. Esta visión de la persona como el muñequito de un videojuego, de capacidades limitadas dentro de un sistema cerrado, nos hace muy anti-subversivos. El Terminator nunca desobedece, no sabe desobedecer.

De ahí la idea del Dios ausente. ¿En qué sentido piensas que el capitalismo es una religión donde Dios está oculto?

En primer lugar lo pienso porque lo dice Benjamin que casi siempre tiene razón. Pero en segundo lugar, todo este modelo ideológico tiene sus raíces en el calvinismo determinista, y en la ética del trabajo del protestantismo en general y del puritanismo anglosajón en concreto, como tan bien analizó Max Weber. Pero falta un ingrediente, ¿de dónde sale la autoridad que nos hace asumir todos estos dogmas? Basándome en la herencia monoteísta de la cultura Occidental, yo utilizo una metáfora, que es la del Dios ausente.

¿Cómo llegaste a la idea del Dios ausente?

Veo en mi entorno, fuera de los análisis de los textos, en la ausencia de revueltas ante las injusticias sociales, en la disciplina con la que la gente acepta su rol en la sociedad, incluso en la figura del trabajador rico y triunfador pero adicto a su trabajo que claramente no le hace feliz, veo sumisión casi religiosa a un sistema ideológico que hoy en día muchísimos entienden que es terrible y peligroso. ¿Por qué obedecemos? ¿por qué damos por ciertos sus principios aunque no sean ni razonables ni racionales muchos de ellos? Para resolver esta incógnita genero la propuesta de que obedecemos a un principio de autoridad que es ese Dios ausente, un Dios que está ahí, que crea el mundo, nuestra realidad cultural, pero que no hablamos de él. Lo que lo convierte en un ídolo mucho más difícil de derribar. Probablemente el ser humano necesite de ciertas creencias para vivir y no pueda ser del todo racional, pero a veces tiene que haber cambios en la creencia. Todas la religiones evolucionan, pero si los dogmas se toman por herramientas científicas prácticas o por hechos de la realidad física, y Dios permanece ausente, ¿cómo vamos a renovar esto? Se trata de un dogmatismo disfrazado de relativismo.

Pensando en el capitalismo como religión, es impresionante la similitud entre dos imágenes que incluyes en tu libro. En una se ve a una multitud de musulmanes yendo hacia la Meca; y en la otra, casi idéntica, a una multitud haciendo cola para entrar a una tienda Apple en Shanghái.

No me gusta nada la imagen de marca que creo Steve Jobs, pero me resulta útil para ilustrar mis ideas porque es muy claramente religiosa. Hay libros divulgativos que comparan a Jobs con un profeta. Desde los sonidos que utilizan sus aparatos, el misticismo en torno a la persona de su líder, el diseño de las tiendas. Antes, al principio de la sociedad de consumo, las campañas publicitarias tendían a basarse en justificaciones técnicas de las bondades de sus productos. Hoy no.

¿Qué ocurre hoy?

El consumismo está tan instalado en nuestras mentes que no tienen que disfrazarlo con motivos racionales. Lo que Apple vende es pura adhesión irracional a una idea abstracta. Vende Fe. ¿Por qué los fans de Apple son tan fans? Vi un vídeo en el que cogían un móvil de otro sistema y se lo enseñaban a fans del iPhone, les decían que era un nuevo iPhone y todos se maravillaban y repetían los mantras de la empresa. Está también la peregrinación a las tiendas, las colas de días para comprar una herramienta que podrían comprar por internet tres días después: Apple es religión pura. Lo que buscan los consumidores de Apple es la comunión con el Dios ausente.

Dijiste al principio de la entrevista que una de las motivaciones para escribir el libro fue la llamada crisis del 2008. Películas como El lobo de Wall Street o el documental Inside Job retratan lo que la sociedad suele señalar como criminales que se aprovecharon del sistema financiero. Pero tú rechazas la lectura de que Lloyd Blankfein o Jordan Belfort obraron de manera excepcionalmente perversa. Más bien argumentas que el problema radica en el sistema mismo. Me parece que tu idea se acerca a lo que Hannah Arendt definió como “la banalidad del mal”.

Sí, exactamente. Me encanta Arendt y su análisis del nazismo. Creo que tenemos que enfrentarnos al problema de que cuando una aberración se normaliza socialmente, se banaliza y deja de ser una aberración. Yo sí creo que Belfort era un perverso, pero no es representativo.

¿Y Lloyd Blankfein?

Blankfein, el CEO de Goldman Sachs, sí es el modelo de persona central de Wall Street, y si analizas lo que hizo, él sólo estaba “haciendo funcionar la economía”, ¿cómo? Obrando como un homo economicus, siguiendo decisiones racionales para ganar más dinero. Adam Smith llegó a decir que cuando uno es económicamente egoísta al final hay como una “mano invisible” que transforma el egoísmo del comerciante en beneficio común. Esto es una moral, una moral que choca con otra moral, la de raíz judeocristiana y humanista que aún está presente en nuestro tiempo. Claramente hay un conflicto entre dos morales, la de la teoría económica personificada por el homo economicus y la humanista. Pero también está claro cuál se está imponiendo y cuál rige principalmente la vida de Blankfein. Esto no es nuevo, en todas las culturas conviven morales diferentes, pero a menudo esto conlleva una guerra ideológica.

Y tu libro contraviene la moral de Blankfein…

Yo en ese sentido me posiciono, prefiero la moral humanista y con este libro intento hacer un poco de guerra ideológica. Blankfein no es un perverso que transgrede la moral, es una persona con otra moral, lo que lo convierte en un rival ideológico.

Uno de los rasgos que creo que caracterizan tu pensamiento, es que tampoco crees que la solución radique en políticas rutinarias de izquierda. No parece que seas de los que sienten ningún tipo de nostalgia por el comunismo.

No, aunque utilizo a Marx en algunos puntos del libro también utilizo a otros pensadores con los que no comulgo. Pero yo desconfío de la estatalización radical. Si pensamos en el hombre ideal comunista no es tan diferente al homo economicus. Aplico al comunismo la misma crítica que hace Zizek al capitalismo liberal. Siempre que fracasa el capitalismo liberal se dice que ha fracasado por no ser suficientemente liberal, en vez de admitir sus errores de base.

¿Qué pasa con los regímenes comunistas?

Con los regímenes comunistas pasa lo mismo, el autoritarismo en el que derivan una y otra vez se intenta exculpar. Sus defensores aluden a que se debe a que no se les ha dejado desarrollarse del todo, o a la simple mala suerte, pero yo creo que tras tantos experimentos, el marxismo ha demostrado tener una raigambre autoritaria y una visión del hombre en algunos sentidos parecida a la del capitalismo. Una visión en la que se ve a las personas como peones. Tiendo más a reivindicar un mundo en el que los individuos se empoderen y supongo que hacen falta nuevas ideologías que den cuerpo a esta nueva manera. El libro acaba abriéndose a esa posibilidad. Creo que mi trabajo seguirá por ahí. ¡Pensar en nuevas soluciones ideológicas no es fácil!

Al principio del libro mencionas que tu objetivo era no sólo llegar a conclusiones concretas sino estimular nuevas formas de pensar. Una de las alternativas que propones atraviesa por la idea de Giorgio Agamben de profanación, y hablas de la experiencia comunitaria del 15-m como ejemplo de profanación.

Sí, esto es importante. Si no somos seres estrictamente racionales, que no lo somos, mi apuesta es que nos es imposible generar alternativas ideológicas o míticas al capitalismo hoy, porque estamos demasiado inmersos en él a nivel experiencial.

¿En qué sentido?

Pensemos que todo se consigue con dinero hoy en día, no hay apenas autoconsumo, que fue el motor económico principal de todas las sociedades pre-capitalistas, por encima del comercio con dinero. Usar el dinero constantemente es como un rito, forja nuestra fe. Es difícil concebir un mundo en el que el dinero tal y como lo conocemos deje de ser un elemento tan central, si experiencialmente utilizamos el dinero constantemente. Por eso creo que, para empezar, podemos hacer esfuerzos experienciales antes que filosóficos: ser más generosos y altruistas, regalar, no consumir, recuperar los espacios públicos, cambiar hábitos. Esto no sólo es positivo a un simple nivel ético, esto nos ayuda a romper con un modelo impuesto. Un modelo que parte de principios ideológicos pero que se ha impuesto como nuestra realidad cultural, como nuestra vida. Creo que ir viviendo de otra manera nos ayudará a pensar de otra manera. Y así, viviendo y pensando, siendo consecuentes, tal vez consigamos cambiar algo. Es importante intentarlo porque si no puede que el colapso ecológico y demográfico irrumpa en nuestras construcciones culturales como una bofetada de realidad, y eso podría tener soluciones incluso más complicadas.

Laury Leite, entrevista a Germán Huici: "Apple vende fe", Revista de Letras 28/10/2016