divendres, 4 de novembre de 2016

El sorteig en política i el model del flautista mediocre.


Resultat d'imatges de el modelo del flautista mediocre

Protágoras es un diálogo donde Sócrates y Protágoras polemizan sobre qué es el conocimiento político y si puede o no transmitirse. El lector rápidamente comprende que ambos no hablan de lo mismo. Protágoras piensa en una virtud política igualmente repartida entre todos los hombres mientras que Sócrates piensa en un saber especializado. Protágoras propone una transmisión de las competencias por la práctica y asume que siempre será imperfecta –entre otras razones porque los individuos tienen talentos diferentes–; también porque no tenemos un conocimiento claro de qué es la virtud política: en términos absolutos la virtud política no existe. Sócrates, por el contrario, valora la virtud política como algo unitario y, en ese sentido, susceptible de administrarse análogamente a las técnicas.

Así, Sócrates propone una política que funciona como una ciencia del especialista en la selección de especialistas. Platón defendió que los individuos no pueden realizar varias actividades: el filósofo no las conocerá todas, pero será capaz de asignarles a cada una un lugar en la ciudad. Desde tal perspectiva el sorteo es un absurdo, pero también la elección: la democracia entera es una enorme confusión epistémica. Todos no disponen de idénticos talentos, por lo tanto, el buen gobierno deberá descubrirlos y promocionarlos de manera diferenciada. En suma, la división técnica del trabajo es una de las claves del buen gobierno.

Protágoras niega que podamos pensar la virtud política a partir de este modelo, al que sí le concede crédito en el caso de los saberes técnicos. Me parece que aquí se encuentra la clave del debate: qué tipo de conocimiento se necesita, si el modelo técnico es apropiado para definirlo y cómo asegurar su transmisión –por medio de impartición de doctrina o por medio de un aprendizaje práctico, sobre el terreno–. Si el saber político exige conocimiento técnico y enseñanza especializada, el sorteo resulta un absurdo; no si el saber político utiliza conocimiento no técnico que puede adquirirse en la práctica. Pero, es otra posibilidad, existe un lugar para el sorteo si pensamos en una enseñanza técnica sobre el terreno (llamaré a esto el «modelo del flautista mediocre», defendido por Protágoras).

La idea de una democracia, definida por Aristóteles como el régimen donde se aprende a ser gobernado gobernando (Política, 1277b), se acompasa bien con un saber no técnico susceptible de administración pragmática. Mas ¿qué sucede con los saberes técnicos? ¿Sólo pueden administrarse escolarmente? La idea de Protágoras es muy interesante. Imaginemos que una ciudad no puede subsistir sin flautistas y que enseñamos tal destreza en la escuela y la recompensamos en la vida cotidiana. ¿Se tendrá éxito? Depende, cree Protágoras, del objetivo que persigamos. Si perseguimos flautistas sobresalientes, no: aprender o no a tocar muy bien depende de capacidades innatas desiguales –no capacidades, como las políticas, repartidas a todos los hombres por igual–. Producir el flautista sobresaliente es incontrolable. Ahora bien: podemos estar seguros de que produciremos gente que algo sabrá de flauta, más que quien nunca aprendió nada (Protágoras, 327-328).

La cuestión no es tanto si la política supone conocimiento técnico, sino hasta dónde podemos adquirirlo y cuántos pueden hacerlo cuando lo que perseguimos no son especialistas de élite. Esta tesis, la del valor del flautista mediocre, me parece utilísima para justificar epistemológicamente el sorteo. Sobre todo si la combinamos con la otra tesis, también de Protágoras, de que la virtud política no es susceptible de ser formalizada en un modelo único que valga más allá de cualquier circunstancia.

Primera ganancia sobre la cuestión del conocimiento: sólo si éste es técnico, no susceptible de adquirirse sobre el terreno y requiere educación ultraespecializada, el sorteo es un obstáculo para su consecución ya que exigiría costes de transmisión insoportables. ¿Para qué incorporar ciudadanos a las instituciones de gobierno, esperar que se entrenen, si tenemos personas con competencias probadas? Si creemos que un gobernante debe saber lo mismo que un doctor en Ciencias Políticas (o que un filósofo platónico), el sorteo no sirve para seleccionarlo: debe hacerlo un aparato escolar. Pero fuera de esa posibilidad, el sorteo puede ser un instrumento de primer orden para transmitir saberes –especializados o no– susceptibles de aprenderse masivamente y de permitir a los ciudadanos adquirir competencias políticas. Cuidarse de la arrogancia de los sobresalientes fue una inquietud central en el imaginario democrático antiguo. El sorteo, que presupone la igualdad de competencias políticas –o la posibilidad de adquirirlas en la práctica–, permite enfrentarse a un peligro: personas muy competentes y motivadísimas pero moralmente perniciosas.

José Luis Moreno Pestaña, Democracia y sorteo, La Maleta de Portbou nº20, noviembre-diciembre 2016