Tzvetan Todorov: "La democràcia incompleix el seu esperit".
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| Tzvetan Todorov |
Pregunta. Dice que nuestro tiempo se caracteriza por el
proceso de civilización, pero ilustra un estado de embrutecimiento. ¿Cuál era su
estado de ánimo al escribir este libro?
Respuesta. Creo que mi estado de ánimo era diferente del que
tuve al escribir mis libros anteriores sobre temática política. En esos otros
libros mi postura siempre fue la de defender la democracia contra sus enemigos.
Como provengo de una parte del mundo que se oponía a la democracia y yo
consideraba eso el mal, desde que vivo en Francia siempre preferí la democracia.
Sin embargo, ya llevo dos tercios de mi vida aquí y me he dado cuenta de que,
con el tiempo, me he vuelto cada vez más crítico con la democracia. No porque
esté en contra de sus principios, sino porque creo que esos principios están
pervertidos y que no vivimos verdaderamente en una democracia. Por eso me sentí
identificado con las palabras que gritaban los indignados en España:
“¡Democracia real ya!”. Estuve en Santander, en los cursos
de verano, y entonces hubo muchas manifestaciones y me chocó. Me di cuenta de lo
diferente que era Europa cuando emigré y ahora. Antes lo que gritaba la gente
joven era: “¡Revolución ya!”. Y años más tarde lo que piden es: “Democracia ya”.
Esto es muy significativo. Quiere decir que la democracia ya no está presente.
Es aún un ideal por el que se tiene que luchar.
P. Y eso marca su pensamiento.
R. Lo que sentí al escribir este libro era que tenía que
azuzar a mis contemporáneos. A pesar de que no es un ataque a la democracia (ni
soy comunista ni un terrorista islámico), sentía la necesidad de decirles que la
democracia no cumple con sus promesas. Intenté demostrar que la democracia en la
que vivimos hoy día es contraria al espíritu real de la democracia.
P. Usted dice que los indignados siguen buscando una
fórmula. ¿Usted realmente cree que hay un remedio? ¿Cuál es la enfermedad?
R. Creo que hay muchas enfermedades, pero no hablo de todas.
Como ciudadano individual soy más sensible a unas que a otras. Algunas ni
siquiera tienen que ver con la vida diaria, sino con la situación geopolítica.
Esto es lo que me enfurece más. España por lo menos es más moderada en sus
posturas internacionales…, ¡pero Francia! Estamos viviendo un momento de la
historia en que nos creemos que somos la encarnación perfecta de la democracia.
Consideramos legítimo trasladarnos a otros países e imponer democracia a la
fuerza. Goya, en Los desastres de la guerra, no solo ataca a los invasores
franceses, sino que demuestra las consecuencias de la guerra. La guerra es más
poderosa que las razones por las que se va a la guerra. Hoy casi todas las
guerras que lidera Occidente se presentan como si fueran humanitarias. Sentimos
que se debe llevar la democracia allí donde sentimos su falta.
P. Lo que hizo Napoleón.
R. Es para mí muy importante insistir en que esta actitud es
la continuación del convencimiento francés de que, creyéndose la mejor
civilización, podía invadir España, Alemania, Italia, Egipto… Y lo mismo sirve
para los demás países europeos que han invadido África y Asia. Eso es lo que yo
llamo mesianismo político. Es una perversión muy peligrosa de la democracia.
Decimos que es en nombre de la democracia, pero resulta que al final acabamos
creando situaciones como Abu Graib o Guantánamo, levantando fronteras aquí y
allá. Esta es una de las mayores perversiones existentes en la geopolítica
actual. Pero en mi libro menciono dos enfermedades importantes de la democracia.
La otra es la dominación neoliberal que destruye el frágil equilibrio de los
fundamentos de la democracia, que son la libertad individual y la preocupación
por el bien común. En la última década se ha desarrollado una ideología nueva
que rompe con eso. Pretendemos que el único rol del Estado es desmantelar todas
las legislaciones que protegen a los trabajadores para darles lo que se les
antoja a los reyes de la economía. El poder no tiene límite. Sin embargo, una de
las fórmulas de la democracia la dio Montesquieu: ningún poder ilimitado puede
ser legítimo.
P. Ahora el poder económico es el que importa.
R. Y si el poder político se pone a las órdenes del poder
económico estamos perdidos. Nos estamos volviendo igual de radicales que el
totalitarismo comunista, ese en el que todo está dominado por el interés
colectivo y no queda nada para la iniciativa personal. Nuestro sistema es igual
de radical, pero al revés. Está dominado por el interés personal y ninguna
intervención del Estado trabaja en nombre del interés colectivo. Eso que
llamamos el Estado de bienestar. Pero los gurús dicen que aquello es mejor para
la economía. Como si las personas no importaran.
P. Ha pasado en Italia y en Grecia: el poder político está
en manos de exbanqueros que no han sido elegidos democráticamente. ¿Cómo puede
ocurrir esto en Europa?
R. Efectivamente, ¿cómo? Y esto nos lleva a hablar del tema
de los remedios que hay que administrar a las enfermedades íntimas de la
democracia. En Grecia, el Gobierno elegido democráticamente fue reemplazado por
un banquero. Lo mismo ocurrió con Monti en Italia, que vino de trabajar para los
grandes bancos de Nueva York. En España, aunque hemos asistido a un cambio de la
izquierda a la derecha, el primer ministro ha obedecido enseguida las normas que
le ha impuesto el FMI. Etcétera. De hecho, las economías europeas están
“hiperpenetrándose” y el único cambio que puede venir es de la Unión Europea.
Aunque esto será difícil porque hoy día la UE está dirigida por los Gobiernos
más poderosos de la Unión y no por un parlamento elegido.
P. Europa ya no es la mejor idea.
R. A mi gran pesar, la Unión Europea no es una entidad
democrática ni política. Hace falta una crisis aún mayor para que obliguemos a
la Unión Europea a ser mejor. ¿Qué podemos hacer? Primero, debemos ganar la
batalla de la opinión pública. Mi libro va encaminado hacia ello y espero que
haya más aportaciones. Hay que concienciar a la gente de que hay que cambiar,
que hay mejores formas de resistencia a los poderes del mercado. ¿Por qué
creemos ciegamente en gente que solo piensa en sus intereses personales? ¿Por
qué creemos que ellos tienen la mejor solución?
P. Parece que ahora, para encontrar soluciones, es
preferible ir a los mercados que al Parlamento.
R. Pero si pensamos eso, estamos fuera de la democracia. El
poder político controla los demás. Hay que dar poder a las personas. Ese es el
significado de la democracia. En lugar de que el poder esté en manos de la
comunidad, y a favor de ella, es la tiranía de unos cuantos. Mire lo que ocurrió
en Estados Unidos, donde el presidente no pudo imponer ni una reforma sanitaria
porque las aseguradoras se organizaron y crearon tal resistencia que pudieron
acabar con la iniciativa. Ya no existe la regla básica de la democracia, que
ningún poder absoluto debe ser legítimo. Pero las corporaciones tienen el poder
absoluto. Pueden comprarle la elección a un senador. Y esto es muy peligroso
porque se convierte en plutocracia.
P. En sus reflexiones sobre las guerras que impone
Occidente, usted se detiene en la aberración de la tortura, presentada por
Estados Unidos, por ejemplo, como una posibilidad de atajar el mal.
R. Es increíble. La tortura es algo tan vergonzoso, pero es
aún peor si se convierte en la política oficial de una democracia. Es una
contradicción y es inaceptable. Los franceses torturaron a sus enemigos en la
guerra de Argelia. El Gobierno argentino torturó a sus enemigos. Pero nunca lo
aceptaron públicamente.
P. Usted reproduce las indicaciones oficiales para que la
tortura fuera más eficaz. En Abu Graib, por ejemplo, para imponer la democracia.
El mal que surge del bien, dice usted.
R. La palabra libertad es tan atractiva que todo el mundo la
utiliza. Los tiranos, cuando suben al poder, dicen que a partir de entonces la
población será libre. Sin embargo, yo, que me crie en un régimen que
explícitamente limitaba la libertad individual, me impresionaba que los partidos
de la más extrema derecha europea usaran la palabra libertad en los títulos de
sus discursos. Al poner esa palabra ahí se sentían con el derecho a pasar de las
leyes y sus limitaciones. Pasaban del respeto a la vida y atacaban a sus
enemigos de la manera más viciosa que existe. Lo mismo ocurre hoy con el
liberalismo. Es una ideología que pretende que no haya más valor que la libertad
individual, y no creo que eso sea verdad. Me gusta citar a un cura francés del
siglo XIX (Henri Lacordaire) que dijo que tanto los ricos como los pobres, los
poderosos y los que no tienen poder, son protegidos por la ley, pero la libertad
los aprisiona. Creo que él logra condensar esta verdad en una sola frase. No es
la libertad la que libera, sino la ley.
P. ¿Usted se siente solo o casi solo en esta apreciación de
las amenazas que tiene la democracia en su propio seno?
R. No. Eso sería demasiado pretencioso por mi parte. Las
guerras humanitarias o preventivas y sus componentes antidemocráticos han sido
discutidas por una minoría de escritores, y existen libros que denuncian “el
imperialismo humanitario”. El neoliberalismo y sus efectos también tiene muchos
enemigos. Y el populismo también. Lo que he intentado hacer es dar una imagen
global de esas amenazas de las que la democracia debe defenderse. Creo que el
rol de los intelectuales no es seguir la corriente, sino perseguir la libertad,
preguntarse por ella, y transmitir los resultados de su pesquisa. Y no tener
miedo.
Juan Cruz, Entrevista a Tzvetan Todorov, El País, 29/04/2012

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