Simbologia i poder.




Nuestras sociedades son cerradamente prácticas y ya no conocen símbolos que no pertenezcan al pasado. No solo carecemos de símbolos sino que nos es difícil entender su arcana función. Como observa Miguel Ángel Aguilar, la Unión Europea ni siquiera tiene "una compañía de soldados para que presenten armas a los dignatarios que visitan sus sedes institucionales".

Las palabras arriba mencionadas figuran en el prólogo del soberbio catálogo editado con motivo de la exposición La Orden del Toisón de Oro y sus soberanos que tiene lugar en la Fundación Carlos de Amberes. Allí se puede seguir la historia de una de las empresas simbólicas más singulares de la historia europea. Nuestra actual ignorancia de la simbología nos impide entender la función que tuvo aquel enorme aparato de signos, objetos, términos, uniformes, empresas y representaciones. Buena ocasión para reparar tanta inopia.

Para entrar en el Toisón hay que imaginar un mundo en el que la casi totalidad de la población es analfabeta, incluida la clase dirigente, y en la que dar una explicación asequible de los juegos de poder, los ejes políticos, las alianzas, no es cosa sencilla. Dado que la palabra llegaba a muy pocos, la imagen era el soporte más fácil de trasladar. De hecho, cree Gombrich que esa es la causa de las alegorías omnipresentes en monedas griegas y romanas.

La Orden es un invento propio del "otoño de la edad media" y tuvo su origen en uno de los estados que más dolorosamente vivirían la transformación renacentista: el ducado de Borgoña. Era la corte más potente de Europa cuando la Orden se crea en 1430 y el duque Philippe le Bon se tenía por superior al rey de Francia, así que el Toisón nace para mostrar al mundo entero cuál era el poder de Borgoña, real o supuesto.
La simbología, el ritual, la ceremonia, usados como instrumento político tenían un sentido inmediato cuando estaban unidos al cuerpo del soberano. Decía Pascal que la justicia inglesa desaparecería si los jueces dejaran de usar sus pelucas de tirabuzones. Para cuando se funda la Orden todavía el cuerpo del magnate y sus objetos personales están cargados de un fluido mágico origen divino. Las coronas, las espadas, las armaduras, las joyas de los soberanos son tan sagrados como ellos mismos. Cuando Philippe le Bon instaura el Toisón está construyendo un monumento simbólico para los más grandes caballeros de su tiempo, a imagen de la caballería medieval. Es un gesto nostálgico que pertenece a la poética previa al "mundo desencantado" que Max Weber sitúa en el inicio de la edad moderna.

El signo más conocido de la Orden es el collar del que cuelga el toisón, la piel del carnero, pero su sentido no es simple. Cada vez que un caballero entraba en la Orden y recibía el pesado collar de oro, se convertía en una estatua viviente que encarnaba altas empresas guerreras de las que se consideraba heredero. La gesta fundacional había sido la del héroe griego Jasón, el cual, junto a los Argonautas, partió en expedición a Asia para recuperar la piel del vellocino de oro.

Elegir una historia tan oscura nos indica que la Orden obedecía a un mundo de ideas en absoluto simple. Comparada con su contrincante inglesa, la Orden de la Jarretera, en cuyo origen está la liga que perdió bailando la Princesa de Gales (oh yes!) ante Eduardo III, la del Toisón es de una exuberancia espectacular. Los expertos se afanan por explicar el misterio: quizás el vellocino se deba a que la mayor riqueza de Borgoña era el mercado de la lana de Brujas. Quizás se deba a que Philippe vivió de niño rodeado de tapices con la historia de los argonautas. ¿No sería por su mujer, Isabel de Portugal y las grandes navegaciones lusitanas? Creo que el misterio del símbolo es imposible de desentrañar, pues sin él desaparece. Es como el velo de Maya, el cual, si se levanta, solo muestra la ausencia.

El collar es otra incógnita: está unido por eslabones en forma de B (por Borgoña) que a su vez traban pedernales chispeantes, lo que los franceses llaman "un fusil" (de donde viene el nombre del arma) y que es el mecanismo que al chocar contra el pedernal provoca la chispa que dispara la carga. Hay pues una presencia del fuego en la orden y así lo interpreta Arcimboldo en su fabulosa alegoría del Toisón que le fuera encargada por Maximiliano II, lo que acaba por remitir a Prometeo, otro laberinto dentro del laberinto.

El Toisón pertenecía a un mundo caballeresco y fabuloso que estaba a punto de desaparecer. Los príncipes italianos preferían ya las artes figurativas como arma política. En la pintura las ideas aparecen traducidas por el entendimiento, pero en la Borgoña del Toisón no: allí prevalecían las piedras preciosas, los tapices, los yelmos y espadas, el mundo arcaico de la alquimia y la magia simpática. Una vez más los expertos buscarán una explicación funcional: ¿era Philippe alquimista? ¿Acaso no lo sugiere al elegir a Jasón, cuya empresa habría sido imposible sin la ayuda de la maga Medea? El laberinto se multiplica.

Los azares guerreros y dinásticos harían que la Orden borgoñona pasara muy pronto a un monarca español, Carlos V, y ya nunca se separaría de la corona de España. El actual soberano de la Orden es el rey Juan Carlos y luego lo será su hijo. La historia del Toisón es la historia de la corona española. En el impresionante conjunto reunido en la Fundación Carlos de Amberes figuran los retratos que Goya, Pantoja, Velázquez, Moro, Sánchez Coello y tantos otros hicieron a miembros de la Orden y que son difíciles de ver, sea por pertenecer a coleccionistas, sea por venir de lejanos museos.

La gente de mi generación aún tuvo ocasión de constatar cómo operaba la potencia simbólica de un imperio, cuál era su fuerza y de qué modo actuaba sobre millones de analfabetos. El aparato simbólico soviético aún ahora asombra a quienes se acercan a las exposiciones de la Juan March o de la Casa Encendida. Tengo para mí que la hoz y el martillo es la última gran creación simbólica de ámbito universal y su fuerza ha sido temible.

Quizás en la actualidad esas invenciones sean ya incomprensibles dada la saturación de signos que nos asfixia, pero cabe sospechar, como sugería Aguilar, que Europa no alcanzará a ser nada mientras carezca de símbolos propios.

Félix de Azúa, Caballería de chispa y pedernal, El País, 21/12/2011

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