Enganxats a la negativitat.

Seguro que no soy el único. De joven me tiraban las melodías melancólicas de tendencia suicida, The Cure, The Stanglers, Joy Division. Cosas que ahora no soporto en absoluto. Porque en los últimos tiempos, cuando escucho música, no bajo, lo confieso, de los Housemartins; lo que, traducido en términos locales, viene a ser como haber pasado de Antonio Vega a Los Nikis. Es para avergonzarse, y de hecho a ratos llega a avergonzarme, aunque por lo general me siento bastante satisfecho.

Me doy cuenta de que cuando era adolescente (lo que en nuestra época quiere decir hasta los 30 años) tenía unas tendencias depresivas muy marcadas. Y lo que es peor: estaba enganchado a la negatividad. Para que alguien me gustara tenía que ser como mínimo un suicida potencial, y buscaba emularlo pensando que en el fondo de la desesperación iba a encontrar algún tipo de revelación.

Varias crisis de ansiedad después he descubierto que allí no se encuentra absolutamente nada. Eso -que no hay luz en la negrura de un pozo- tendría que ser una evidencia. Pero hete aquí que todo, en nuestra cultura impregnada hasta la médula de romanticismo, nos lleva a concluir lo contrario. Fijémonos en los artistas que ensalzan nuestros educadores. ¿Quién no se ha topado con un girasol de Vincent van Gogh en una escuela infantil? ¿Quién no ha tenido a un profesor de Filosofía entusiasmado con Schopenhauer o a uno de Literstura con Leopardi o con Larra?

El ensalzamiento de tanta negrura romántica sería risible si no fuera patético.¿Se imagina uno a un pueblo valorado históricamente como uno de los más sanos y vigorosos intelectualmente, como los griegos, considerando a Edipo, no un pobre desgraciado, sino un ser superior porque ha matado a su padre y se ha acostado con su madre? Pues en eso, por ridículo que parezca, andamos.

José Ángel Mañas, ¿Es esta una sociedad deprimida?, Smoda. El País, 24/12/2011

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