La sacralització dels fets.

Ernest Bloch
Todo el mundo tiene el derecho de tener su propia ideología: lo que parece excesivo es este empeño de sacralizar esa ideología identificándola con la realidad misma, de tal modo que cualquier intento de disentimiento sea arrojado al círculo infernal de las utopías fantasiosas. Una de las características de esta confusa posmodernidad que estamos viviendo consiste precisamente en esta sacralización de los hechos, que amenaza con sofocar cualquier capacidad de crítica. Los hechos podrán gustarnos o no -se dice- pero no podemos escoger entre aceptarlos o rechazarlos, se imponen tozudamente y exigen que se los acate independientemente de nuestras preferencias. Nada más sensato, por tanto, que apoyar nuestras decisiones sobre la sólida base de los hechos, abandonando, si es necesario, nuestros gustos, deseos e ideas personales. Y abandonando también, por supuesto, toda intrusión de la ética. Es sabido que la realidad no es buena ni mala, simplemente "es". Mientras que la ética pretende introducir un criterio valorativo que sólo puede encontrar fundamento en ese mundo de los deseos estériles que mencionaba antes. Es decir, puesto que la realidad se impone, ahorrémonos el trabajo de calificarla, y puesto que no podemos escogerla según nuestros deseos, dediquémonos a aprovecharla según nuestros gustos. (...)

Resulta sintomático, dicho sea de paso, que estos apóstoles de la realidad solamente exhorten al acatamiento de lo real cuando esa realidad coincide con su propia ideología. La llamada "muerte de las ideologías" sólo se refiere a las ideologías ajenas: la propia goza de tan buena salud que en adelante se identifica con la verdad misma, de tal modo que cualquier disentimiento se convierte en delirio. (...)

Suponer que esta realidad es irreversible y debe ser acatada para asegurar el progreso social y económico implica una profunda desconfianza en las posibilidades de la condición humana y una visión determinista de la historia, cuyo economicismo sobresaltaría al mismo Marx. Si en los tiempos de la Revolución Francesa se hubiera aplicado la ley histórica del "acatamiento" probablemente seguiríamos en el Antiguo Régimen, gobernados por los absolutismos de turno. Pero el modelo imperante de globalización está generando un absolutismo de nuevo cuño, menos explícito en la medida en que es anónimo: si en el siglo XVIII la cabeza de Luis XVI representaba de algún modo el poder, hoy este poder se distribuye entre compañías transnacionales, brokers y lobbies de rostro desconocido, cuyo dominio se apoya precisamente en ese anonimato. Suponer que este modelo guarda alguna relación con la democracia, que por definición se supone un sistema público y en el cual el ciudadano de a pie goza de cierta participación, es llevar el fundamentalismo ideológico demasiado lejos.

"Lo que es, no es verdadero", decía Bloch. La realidad no son los "hechos", cuya misma etimología prueba su inexistencia: nada está terminado, acabado y completo. Sólo pagando el precio de una formidable abstracción podemos confundir la realidad con la situación que nos ha tocado vivir. Si la historia humana se distingue de la historia natural es precisamente por su carácter cambiante e imprevisible, donde cada momento está preparando realidades nuevas y donde el ser humano goza de un privilegio del que carecen los animales: el derecho a disentir. El fin de la historia que nos han anunciado algunos profetas del fundamentalismo liberal es lo más parecido al fin de la especie humana.

Augusto Klappenbach, Lo que es, no es verdadero, El País, 17/02/2001
http://www.elpais.com/articulo/opinion/verdadero/elpepiopi/20010217elpepiopi_10/Tes?print=1

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