L´abandonament de l´educació..

Uf! He vuelto a pasarme una semana, como hago habitualmente en todas las elecciones al Parlament, estudiando la parte de los programas electorales que los partidos políticos con posibilidades de obtener escaños dedican a la educación. Y, como siempre, el resultado ha sido decepcionante, casi me atrevería a decir que desolador. Catalunya tiene competencias plenas en esta materia y, por tanto, es uno de los pocos ámbitos en los que, realmente, aquello que se pretende hacer no tiene más excusas que la voluntad de hacerlo. Por otra parte, no hace falta invocar los abrumadores resultados comparativos de nuestro sistema para saber, con todo detalle, que tenemos un problema grave, muy grave. Con regularidad intermitente, cada vez que se da a conocer un estudio, una encuesta o un análisis, realizado desde aquí o fiscalizado desde instancias externas, se alzan voces de alarma que ocupan, por unos días, incluso las portadas de los diarios. Nada de todo ello, sin embargo, hace que los partidos políticos consideren que la educación deba ocupar el centro del debate político. Bastaría dar un vistazo a los programas para reconocer la excentricidad que la educación ocupa en todos los programas. (...)

Me considero una persona compulsivamente optimista, casi enfermizamente optimista, pero, a la vista de la oferta programática de los partidos políticos en el ámbito educativo, no puedo albergar ni la más remota esperanza. Para los próximos cuatro años, y duele decirlo, seguiremos en el desierto. Todos los índices internacionales, desde la educación primaria hasta la universidad, sitúan la educación del país en los peores puestos del escalafón. Y en casi todos los índices: en inversión, en fracaso escolar, en calidad educativa, en formación docente, en racionalidad de los horarios, en métodos de enseñanza, en implicación familiar, en formación de adultos, en integración de las nuevas tecnologías, en aprendizaje de lenguas extranjeras. A la vista de lo que se nos ofrece, falta, por una parte, un muy claro posicionamiento teórico y estratégico que otorgue a la educación la centralidad que debiera tener en una sociedad que se pretende del conocimiento. Y, por otra parte, falta la oferta de medidas concretas que permitan, al menos en algunos de los ámbitos, orientaciones pragmáticas y realistas para abordar la salida del estancamiento. Y, sin embargo, en ambos frentes, ningún programa resiste la más superficial prueba del algodón.

"Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada". Así empezaba Jakob von Gunten el demoledor relato que escribió Robert Walser a principios de siglo XX, antes de acabar sus días en el manicomio de Herisau, en Suiza. Esta especie de Buscón moderno ilustra de forma cruel cómo la educación, que desde la Ilustración se ha pensado como una herramienta emancipatoria y liberadora, puede ser, llegado el caso, un depravado instrumento de consolidación de las desigualdades y la mejor garantía para ir enviando generaciones enteras al pozo sin salida de la ineptitud, la ineficacia y el servilismo.

Estos días, curiosamente, acaba de publicarse un libro, con título bien elocuente, de la siempre digna de atención Martha C. Nussbaum: Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (Katz). Sus primeras palabras son tremendas: "Estamos en medio de una crisis de proporciones gigantescas y de enorme gravedad a nivel mundial. No, no me refiero a la crisis económica global –puntualiza–, me refiero a una crisis que pasa prácticamente inadvertida, como un cáncer. Me refiero a una crisis que, con el tiempo, puede llegar a ser mucho más perjudicial para el futuro de la democracia: la crisis mundial en materia de educación". El análisis de Nussbaum es de gran calado y se concentra en el abandono, incluso en EE.UU., de la educación basada en la enseñanza de las artes y de las humanidades, en beneficio de una formación más técnica, instrumental y operativa, pero que prescinde de la formación integral de los estudiantes como ciudadanos capaces de vivir en una sociedad democrática y, por tanto, compleja, diversa, impredecible y multiétnica. Aquí, mientras tanto, continúa sonando la charanga.

Xavier Antich. ¿Y eso de la educación?, La Vanguardia, 15/11/2010
http://www.lavanguardia.es/lv24h/20101115/54069642244.html

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