Cohesió civil i independència.


En el fondo, la verdadera pregunta a la que habría que dar respuesta es a qué llamamos "cohesión social" y qué tipo de "unidad civil" es razonable esperar de una sociedad compleja y avanzada como la catalana. Es decir, cuáles deben ser los vínculos que necesita una sociedad fundada sobre sucesivos movimientos migratorios y desarrollada sobre la base de una radical tolerancia a la diversidad, hasta el límite de la pérdida de casi todo atributo identificador que no sea el de la lengua propia y el de una experiencia de convivencia pacífica dentro de un territorio con una gran historia de progreso social y político. En cualquier caso, lo que está claro es que la unidad civil catalana ya no es ni puede aspirar a ser de carácter étnico ni identitario, si es que se entiende la "identidad" en el sentido antiguo de una cierta homogeneidad cultural de origen. Otra cosa es que los estados nacionales construyan –inventen– supuestas etnicidades para naturalizar su razón de ser,
como si existiera algo sustantivo y esencial como la "españolidad", la britishness o esa "identidad francesa" que recientemente ha estado buscando Sarkozy. No voy a discutir ahora las características del artificio de la españolidad, tan bien reinventada recientemente en las hazañas de una selección nacional de fútbol, y tema
interesantísimo de estudio para cualquier sociólogo o politólogo. Pero sí creo poder decir que la "catalanidad", quizás más por necesidad que por convicción, y de manera progresiva a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del actual, ha aprendido a redefinirse con argumentos modernos de ciudadanía cívica. Por cierto, un modelo muy parecido al de la sociedad norteamericana, aunque con el handicap de la debilidad de su propuesta de nación política a la que integrar a sus ciudadanos.

Según mi opinión, puede afirmarse rotundamente que el objetivo político de la independencia en Catalunya también ha perdido su dimensión étnica. No digo que no pueda quedar algo de ella en algunos grupúsculos de discurso antiguo y residual, pero ciertamente no es el caso de la mayoría de este 47% de catalanes que aspiran a autodeterminarse políticamente. Y, en consecuencia, la independencia ya no debería ser el causante teórico de ninguna ruptura social, sino que podría llegar a conseguir justo lo contrario: la verdadera posibilidad de vertebrar civilmente a una sociedad a la que treinta años de autonomismo no han sido capaces de unir, según sostienen los que nos amenazan con supuestas divisiones sociales. Dicho de otro modo: la independencia de Catalunya podría ser –debería ser– el gran factor de cohesión civil política no basado en ninguna esencialidad que nos remita al pasado, sino que nos proyecte hacia el futuro.

Salvador Cardús i Ros, La unidad civil de los catalanes, La Vanguardia, 21/07/2010
http://www.lavanguardia.es/lv24h/20100721/53967242548.html

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